Miércoles, 09 Diciembre 2020 12:40

¡Emergencia, votemos menos! - Por Pablo Mendelevich

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Casi ningún comentarista se quedó con ganas de decir que el velorio de Maradona fue una metáfora de la Argentina. La idea de que los tropiezos públicos, los escándalos, la ineficacia, son metáforas nacionales, está en boga.

 

Hasta Máximo Kirchner, necesitado de artillería verbal para alimentar la guerra que su madre organiza para aniquilar a Horacio Rodríguez Larreta ha dicho que beneficiar a la ciudad más rica es una metáfora del macrismo. No faltarán mañana, al cumplirse el primer año de su gobierno, quienes expliquen que Alberto Fernández es una metáfora del peronismo contemporáneo.

No arrimará salidas el país metaforizado, pero por lo menos enriquece el discurso público. Enrula el habitual léxico lacio de los políticos.

Para intentar encuadrar la discusión sobre las PASO, a las que una parte del oficialismo quiere suspender en la trastienda del debate sobre el aborto, vamos a huir, pues, de la tentación de decir que es una metáfora, sin por ello negar que en esta absurda discusión destellan los principales vicios de la política argentina. A saber: visión cortoplacista, oportunismo, subordinación de las reglas a la política y no de la política a las reglas, uso de la pandemia para lo que haga falta, reducción de la tarea legislativa a las urgencias partidarias de la mayoría de turno, incapacidad para aprender de la experiencia, desconexión entre el mundo real y el mundo institucional, renovación del supuesto de que al lado de las cuestiones de género nada merece mucha atención. En definitiva, imposibilidad de resolver los problemas recurrentes con sentido práctico y en forma sustentable.         

Hay que recordar que las internas partidarias fueron estatizadas hace 11 años, pero las marchas y contramarchas sobre el tema son bastante más antiguas. Hubo una considerable cantidad de leyes, por cierto, contradictorias entre sí, que patrocinaron una colección electoral (paralela a la colección impositiva) del clásico argento "por única vez".

Así como les puede generar tensiones a los psicoanalistas ir a terapia o a los cirujanos tener que operarse, a los políticos, que son quienes se dedican a conducirnos y a reglamentarnos la vida, les cuesta un esfuerzo descomunal fijarse y acatar sus propias normas de competencia. Que el asunto les es traumático lo dejaron dicho de manera caricaturesca en 1994 al final de la asamblea constituyente, cuando "se les perdió" uno de los 129 artículos de la nueva Constitución, casualmente el que creaba una mayoría especial para cualquier modificación al régimen electoral y de los partidos políticos. ¡Justo ese!

¿Cómo se pierde un artículo? Nadie sabe, pero en la Constitución jurada y publicada no estaba. Hubo que injertarlo como segundo párrafo en el artículo 77° mediante una ley (24.430), la única ley de rescate de un artículo constitucional extraviado que se conoce en el mundo entero (los saltos de páginas del Presupuesto Nacional 2021 que el mes pasado obligaron a devolver esa ley a Diputados, se ve, no eran para escandalizarse tanto).

Precisamente aquel injerto ("los proyectos de ley que modifiquen el régimen electoral y de partidos políticos deberán ser aprobados por mayoría absoluta del total de los miembros de las Cámaras") es el que regulará la eventual ley de suspensión de las PASO 2021. Es una mayoría especial difícil de juntar a la vuelta de la esquina. Mucho menos en cinco minutos.

Repiten las usinas oficialistas que la faena hay que apurarla antes de que se termine el año porque no se puede modificar legislación electoral en años electorales. Es falso. No existe ninguna norma que lo prohíba. Desde ya que es una mala práctica cambiar las reglas electorales en años electorales, pero eso es lo que vinieron haciendo sin sonrojarse los sucesivos gobiernos, de modo que el celo repentino por usos y costumbres hasta ahora despreciados suena algo forzado. Néstor Kirchner adelantó cuatro meses los comicios legislativos de 2009 ese mismo año. Macri promulgó la ley de financiamiento de los partidos el año pasado, semanas antes de que empezara el proceso electoral. Primera cuestión: la prisa se apoya en una mentira. Suspender las PASO con un trámite "exprés" en diciembre en el mismo Congreso que está discutiendo el aborto conspira contra la tranquilidad, análisis y amplitud que el tema requiere. Pero además la corrida malversa el principio de previsión que dice honrar, porque lo que las buenas prácticas recomiendan es, en esencia, no alterar reglas electorales de apuro ni mediante imposiciones sino en forma reflexiva y por consenso.

Es una mala práctica cambiar las reglas electorales en años electorales, pero eso es lo que vinieron haciendo sin sonrojarse los sucesivos gobiernos

La segunda cuestión es el fundamento. La pandemia. ¿Es un chiste? Sería curioso que el gobierno, después de haber embutido multitudes en la Casa Rosada velatoria, quiera cancelar una elección nacional prevista para agosto con el fin de frenar la circulación del Covid mientras a la vez flexibiliza las restricciones para que todo el mundo pueda disfrutar desde este diciembre veraniego de unas merecidas vacaciones, al mismo tiempo que le asegura a la población que muy pronto habrá como mínimo 13 millones de argentinos vacunados. Salvo que el mensaje esperanzador se interrumpa "por única vez" para poder habilitar la suspensión (sic) de las PASO.

También circula otra prevención: las escuelas que se utilizarán para vacunar son las mismas que se usarían en las PASO. Eso, dicen, no sería bueno. Quién sabe, a lo mejor en agosto de 2021 ya hay clases y todo.

¿Es por el costo? Caras las PASO son, claro, pero siempre se dijo que los que monetizaban los instrumentos de la democracia eran la hedionda antipolítica, necios que defienden el autoritarismo, los videlistas que no quieren que el pueblo vote.

Todo el mundo lo nota, hasta aquellos que se informan mirando agitadísimos paneles por televisión: los verdaderos fundamentos de quienes propician la suspensión y los de quienes quieren conservarlas, incluso de los que dudan, son especulativos. Nadie parece muy interesado en buscarle una respuesta a la pregunta de si las PASO sirvieron o no en 2011, 2013, 2015, 2017 y 2019 para aquello que fueron creadas en 2009 por la presidenta Cristina Kirchner y su ministro del Interior Florencio Randazzo, a la sazón los primeros en evadirlas. Sin embargo, existen estudios técnicos sobre el resultado obtenido, cuyas conclusiones son más bien complejas. Por un lado, está el tema de la selección de candidatos, beneficio muy poco utilizado a nivel legislativo en distritos como la ciudad de Buenos Aires, pero mejor aprovechado en algunas provincias. Si es por el nivel presidencial, el único hito de la serie fue la confrontación de los precandidatos de Cambiemos de la que salió la candidatura de Macri, una convalidación de la hipótesis de que las PASO, contra lo que se habría pensado en su origen, favorecen a la oposición no peronista.

Nadie parece muy interesado en buscarle una respuesta a la pregunta de si las PASO sirvieron o no en 2011, 2013, 2015, 2017 y 2019

Por el otro, las PASO cumplen una función depuradora de la oferta electoral, mecanismo que, según sus defensores, procesa la fragmentación y contribuye a la formación de alianzas.

¿No habría que determinar cuanto menos si son útiles o inútiles? Caso, este último, en el que obviamente no se las debería suspender sino derogar y, desde ya, suplantar por otro mecanismo. Pero de eso, del mecanismo de sustitución, no se habla. ¿No podrían los partidos hacer ninguna elección interna? ¿Sería entonces una reinstauración plena de la rosca?

Es cierto, no se trata solo de un tema técnico. Las reglas electorales nunca son neutrales. Pero una cosa es admitir que producen efectos políticos y otra cosa es apoderarse de ellas a cualquier precio al grito de emergencia para ganar una elección. O, peor aún, suponer que así se la gana. Porque también está la cuestión de la falibilidad de los pronósticos: muchas veces los políticos creen que una norma los va a favorecer, la impulsan contra viento y marea y después la norma los perjudica. O viceversa.

Tal vez hay, además, una manía por cambiar las reglas a cada rato, pulsión que no solo se verifica, claro, en este campo. Los creadores de las PASO fueron tan severos que pusieron la doble obligatoriedad, para partidos y para ciudadanos. Pero el sistema de partidos está cada vez más flaco, los votantes se quejan de fatiga electoral, el almanaque corre. Hora de patear el tablero. No abolamos, suspendamos.

Al que quiere abolir algo se le dice abolicionista. No hay un término para llamar al que solo quiere una suspensión y después vemos. Digamos, en todo caso, que los "suspensionistas", en primera fila los gobernadores, calculan dos cosas superpuestas: que por ser oficialistas van a ganar las elecciones (podrían sentirse inseguros a lo sumo los de Chubut y Mendoza) y que en general no necesitan PASO para imponer las listas que desean. Entre los "suspensionistas" hay por lo menos dos opositores, Gerardo Morales, de Jujuy, y Gustavo Valdés, de Corrientes, a contramano de lo que opina Juntos por el Cambio. Ambos son fondodependientes. Pero resulta que en el statu quo también forma La Cámpora, cuyo proyecto de conquistar intendencias (y concejalías) en el Conurbano cuenta con las PASO. De allí que el kirchnerismo, cuya líder maneja la lapicera más potente de cuantas arman listas, no apoya esta movida de los gobernadores y de Alberto Fernández. Bueno, del Alberto Fernández cotización del viernes pasado, al cierre.

Pablo Mendelevich

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