La discusión es la forma que tendrá la recuperación. ¿Será una V que en unos meses nos pondría nuevamente en actividad plena? ¿una U, más lenta que la V, pero recuperación al fin? ¿formatos intermedios, como la W, la Z o la J? ¿o la temida L, de un largo estancamiento en niveles más o menos semejantes a los actuales?
En nuestra visión, la salida no incluirá ninguna de esas letras. Más bien, seguirá una dinámica del tipo ABC. La A es donde estamos ahora, en el valle de la recesión. La segunda fase, la B, es consecuencia directa del levantamiento completo de las restricciones a la movilidad, especialmente en la industria y el comercio. Debido a que muchos sectores prácticamente no están haciendo uso de su capacidad instalada, la forma que adquirirá la recuperación en esta etapa será en V, reflejando la reacción inmediata de los que vuelven a funcionar. Esta fase se ubicaría entre junio y julio, dependiendo de las decisiones sanitarias que se adopten.
La tercera etapa, nuestra C, es la más compleja e incierta de todas. Supone un tránsito lento y difícil hasta alcanzar la actividad pre-Covid-19. Hay fuertes indicios de que el camino estará plagado de dificultades, aun eliminada gran parte de las restricciones a la circulación.
Hay cuatro razones principales para este duro camino. En primer lugar, las variables que adelantan el comportamiento de la demanda (como la recaudación del IVA-DGI) están cayendo más rápido que los indicadores de oferta (como la demanda de energía). Esto habla de que las empresas están acumulando stocks, lo que proyecta un menor ritmo de producción industrial en los próximos 12 meses. En otras palabras, aun recuperando la demanda, antes que reactivar inmediatamente la producción, las empresas decidirán reducir sus inventarios. La producción pospandemia crecerá, obviamente, pero menos de lo esperado por este efecto en los stocks.
Segundo, la deuda de las familias viene creciendo a niveles preocupantes. Cerca del 80% de ellas tiene algún tipo de deuda bancaria, con tarjetas de crédito, con servicios públicos, con servicios privados, como medicina prepaga o colegios, o con el propio estado al no pagar impuestos. Por lo tanto, es previsible esperar que el comportamiento de los consumidores pospandemia sea muy "frugal", precavido, atento a los riesgos asociados al desempleo y a la pérdida de los ingresos reales.
Si se suma lo que se observa en Asia en estas semanas, en especial la reversión de varias medidas de liberación por el rebrote del virus es previsible imaginar una convivencia larga en una economía hecha de interrupciones e intermitencias que afectará cualquier decisión de gasto y por supuesto de inversión. Dicho de otro modo, el consumo no está en condiciones de recuperar dinámica en lo que resta de 2020, dificultando el tránsito de B a C.
En tercer lugar, la "nueva normalidad" estará signada por lo que se denomina "la economía del bajo contacto". Las medidas de distanciamiento social obligatorio llegaron para quedarse e implican pérdidas de eficiencia y destrucción de valor en varios sectores y exceso de capacidad instalada en otros. Restaurantes, bares, turismo, transporte aéreo y terrestre, servicios diversos, requerirán un largo tiempo de readecuación, si logran subsistir, generando pérdidas de todo tipo.
Por último, y no menor, el poder de fuego del Gobierno es muy limitado. Incluso si el canje de deuda concluye favorablemente, lo que facilitaría evitar un descontrol nominal de las variables, queda pendiente un nuevo acuerdo con el FMI, que siempre involucra acumulación de reservas internacionales.
Es obvio que acumular reservas supone, incluso sin las usuales condicionalidades fiscales, que el tipo de cambio real no se aprecie. Pero sin apreciar, o en otras palabras, sin que crezcan los salarios en dólares, es difícil reactivar el consumo en el corto plazo. El ministro Guzmán siempre se mostró abierto a defender un tipo de cambio competitivo, por lo que es probable nuevos deslizamientos cambiarios para recuperar parte de la competitividad perdida; máxime teniendo en cuenta el escaso ritmo de liquidación de exportaciones agropecuarias observado desde abril y las devaluaciones competitivas de los principales socios comerciales argentinos, como Brasil.
El efecto conjunto de estas cuatro restricciones principales lleva a imaginar una pesada carga para la recuperación completa de la actividad económica. El PBI caerá entre 8 y 8.5% promedio este año, con una contracción de 13% en este trimestre (A), y crecimientos de +8% en el tercero (B) y de +2% en el cuarto, todavía sin alcanzar el punto C.
Es evidente que lo que se juega en estas semanas con el canje de deuda es clave para la dinámica pospandemia. En un mundo que no será amigable para sustentar el crecimiento por la vía de las exportaciones, debido a una menor demanda de nuestros principales socios comerciales y una "desglobalización" creciente, la Argentina tendrá que apostar a tomar impulso, en lo inmediato, desde el castigado mercado interno. Un default de la deuda no sólo dejará sin financiamiento a apuestas estratégicas como Vaca Muerta sino además impedirá que los ingresos reales crezcan y dinamicen el consumo. De esa manera, recuperar lo perdido por el virus llevará demasiado tiempo.
Ricardo Delgado
Economista y socio y director de Analytica Consultora


Los indicadores adelantados de demanda de energía eléctrica y de movilidad estarían mostrando que en mayo la actividad económica podría tocar fondo y que, desde junio, en función de la secuencia de liberalización de sectores autorizada por el gobierno nacional en función de los parámetros sanitarios, el PBI comenzaría a recuperarse. 