Sábado, 22 Agosto 2020 21:00

Nadie sabe cómo frenar al dólar - Por Alcadio Oña

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El Gobierno no encuentra la fórmula para calmar el mercado cambiario y achicar la brecha. Especulaciones sobre el futuro del cepo. Impacto en el sistema productivo.

 

La directora de la AFIP, Mercedes Marcó del Pont; el presidente del Banco Central, Miguel Pesce; la vicejefa de Gabinete, Cecilia Todesca, y el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, tienen varias cosas en común, además, claro está, de la de ser piezas clave del equipo económico de Alberto Fernández.

Una de ellas es que ocuparon cargos en la primera línea del BCRA durante la segunda presidencia de Cristina Kirchner. Otra, que la mayoría se incorporó luego al Grupo Callao de Alberto F. y la tercera la cuenta alguien que los conoce y frecuentó.

Dice en tiempo presente y en lenguaje muy poco inclusivo: "Los cuatro comparten una misma manera de ver y entender la economía y una visible inclinación hacia las políticas intervencionistas. Enfrentados al zafarrancho cambiario, su camino pasa más por restringir la demanda y reforzar los controles que por ampliar la oferta. Es bien parecido a un camino directo, expeditivo y de una sola mano".

Un dato adicional que, visto desde hoy resulta bastante más que un detalle, dice que estuvieron en el Banco Central cuando se cocinó el cepo que arrancó en octubre de 2011 y siguió, de torniquete en torniquete, hasta el comienzo del mandato de Mauricio Macri. Fue un experimento que se consumió entero el swap equivalente a US$ 11.000 millones que China le había prestado a la Argentina y que, incluidos los pagos de la deuda externa, terminó con las reservas verdaderamente disponibles del BCRA en rojo.

Nadie afirma que ahora vayan a protagonizar la misma película o una película similar, pero en tren de recuerdos vale añadir que a ese elenco le falta un actor central: Guillermo Moreno, el secretario de Comercio todoterreno que de tanto utilizarlas hizo famosas a las DJAI entre empresarios de todos los colores, o sea, hizo famoso al instrumento con el que apretó importaciones y otras cosas semejantes y diferentes.

Quedaron, eso sí, el manual de procedimientos y el espíritu a menudo poco amigable o selectivo de Moreno. Ahí está, a tiro, aunque no se la aplique, la regla del 1 a 1; simplificada, autorizar un dólar de importaciones si existe uno de exportaciones, vengan de donde vengan y siempre que emparejen la cuenta y eviten perder divisas. También existe la posibilidad de autorizar DJAI a cambio de compromisos firmes asociados a los precios máximos o algún otro tipo de contraprestaciones. O hacer pasar ciertas compras, sobre todo las de los particulares, por el filtro de la AFIP y por el archivo de la AFIP.

Pero si el punto es cómo viene la mano para las importaciones, ya rige una restricción de este tiempo dictada por el Central el 28 de mayo. Solo autoriza a los bancos a vender divisas si el interesado asegura, bajo declaración jurada, que no tiene dólares a mano de inmediato, en billetes o en alguna cuenta local o extranjera. Obvio, la idea es no seguir perdiendo reservas cada vez más escasas.

El BCRA apeló a ese sistema después de cruzar el monto de las operaciones de comercio exterior que informa el INDEC, en base a datos que le da la Aduana, con el que surge de su balance de divisas y de comprobar, así, las fuertes diferencias que muestran los resultados de ambos relevamientos.

Para el primer semestre, los números del INDEC cantan un superávit de US$ 8.097 millones y los del Central uno de US$ 5.641 millones. Es probable que maniobras de los operadores o metodologías diferentes expliquen semejante agujero, pero hay algo seguro detrás del fenómeno: se llama brecha cambiaria o el 87% que separa al dólar blue del tipo de cambio oficial.

Harto conocido es que una brecha de ese porte difícilmente pueda ser sostenida durante mucho tiempo, lo cual suena igual a proclamar riesgo de devaluación. Por eso, los importadores se adelantan a traer bienes, arman stocks y cancelan deudas al dólar oficial "barato" y los exportadores hacen todo lo contrario: retienen divisas de sus ventas a la espera de que un ajuste levante el precio del dólar y aumente la ganancia. Final de este cruce: el BCRA se queda sin un paquete grande de reservas justo en el momento en que más las necesita.

Se sabe que nada garantiza nada cuando la inestabilidad y la nubosidad cerrada mandan en un mercado híper sensible, pero intramuros del Gobierno cuentan que el ministro de Economía está completamente jugado a evitar que nuevas y mayores distorsiones alrededor del cepo embarren los últimos tramos legales del acuerdo con los bonistas. El cierre definitivo será el 4 de septiembre y Martín Guzmán apuesta a que, a partir de entonces, un cambio en las expectativas frene la presión de los dólares alternativos.

Hay al menos un antecedente que no acompaña sus esperanzas: desde que se anunció el arreglo con los acreedores, el 4 de agosto, la brecha aumentó 10 puntos porcentuales y el blue un 8%. Que eso hubiese ocurrido en apenas doce días de operaciones habla de la velocidad a la que marchan las cosas.

Además, el mismo acoso de la realidad sobre las posiciones del Gobierno alimenta versiones de nuevas medidas que reforzarían el torniquete. Entre ellas, subir del 30 al 50% el impuesto que grava la compra de dólar ahorro o achicar el cupo de 200 mensuales por persona a 500 anuales y reimplantar los controles directos de la AFIP.

Bien concreto resulta, también, que si la demanda de los particulares corre al ritmo de julio estaríamos hablando de unos US$ 5.000 millones en el año. Demasiado para el limitado stock de divisas del Banco Central, y más que demasiado si a eso se le añade una fuga de capitales también creciente.

Con las cosas puestas tal cual están hoy y con reservas netas, disponibles, en torno de los 7.000 millones el pronóstico anticipa apriete a fondo. Poco cambia que sumando el oro los activos lleguen a 10.000 millones, pues no bien trascienda que el Central ha empezado a vender el oro tendremos tormenta de la grande.

La alternativa de seguir tirando de la cuerda de las importaciones tiene el problema de que, llevada al extremo, choca contra las necesidades de una economía que funciona con un 50% de bienes e insumos traídos de afuera. Esto es dependencia exterior, dependencia amasada durante años de inversiones productivas por el piso y definitivamente atraso.

¿Y cómo sería este cuadro en cifras del INDEC? Las últimas dicen que durante el primer semestre las compras al exterior ascendieron a US$ 19.291 millones contra, por ejemplo, US$ 36.000 millones del mismo período del 2013. Queda claro que aquí tenemos recesión tupida, desajustes encadenados y nada de producción extranjera sustituida por producción nacional.

¿Y cuál es el panorama visto a través de las reservas del BCRA? Muestra que aún en este universo opaco las divisas verdaderamente realizables apenas cubren dos meses y medio de importaciones, quizás menos de dos meses y medio.

Final a puro nervio con un episodio que, días atrás, protagonizaron un ejecutivo del Central y otro de un banco oficial. El problema era un movimiento en la cuenta de una empresa, que el Central había detectado y que el banco no había informado. Aclarado que no se trataba de una operación sospechosa, el caso fue resuelto rápidamente.

¿Y de cuántos millones estamos hablando? De ningún millón: eran 800 dólares.


Alcadio Oña

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