Domingo, 27 Septiembre 2020 11:33

Las cifras de la semana muestran que la economía se derrumba, pero el Gobierno mira otro canal - Por Alcadio Oña

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Según surge de los datos que el INDEC acaba de difundir, el PBI y el consumo están en niveles pre 2006 y la inversión no llega ni a los de 2004. Lo mismo pasa con la industria, la construcción y varias actividades más.

 

Hay frases desconcertantes que Alberto Fernández suele pronunciar muy suelto de cuerpo, aunque mejor sería decir que son cada vez más las frases desconcertantes que Alberto Fernández pronuncia muy suelto de cuerpo. Suenan semejantes a comentarios de plateístas si no son, definitivamente, el modo en que pedalea definiciones alguien que no es un plateísta sino el Presidente y protagonista central de una crisis económica y social sin precedentes cercanos. 

Un ejemplo de estos días fue afirmar, mientras las grandes variables económicas, sociales y laborales se hundían hasta profundidades pocas veces vistas: "Para volver a levantarnos necesitamos recuperar la producción, el trabajo y el consumo. No bajemos los brazos, que la Argentina depende de todos nosotros". Una obviedad redomada, solo que la clave y el sentido de la frase apuntan a diluir las cargas en un momento visiblemente complicado, sin comprometer responsabilidades concretas.

Para que se entienda mejor de qué estamos hablando, en el ordenamiento de Fernández recuperar la producción implicaría remontar una caída del PBI que en el segundo trimestre de este año alcanzó el récord histórico del 19,1%, después del 5,4% que había anotado entre enero y marzo. Si se prefieren bajones más específicos, las cuentas del INDEC marcan rojos del 52% en la construcción, del 21% en la industria, 18% para la minería y 17% en el comercio mayorista y minorista.

Efecto directo del sacudón recesivo, lo que sigue en la serie dice desempleo del 13,1%, aumento del 30% en apenas tres meses y un registro que, aun cuando resulta el más alto en 14 años, no expresa por completo la magnitud del deterioro que acumula la estructura laboral. Es que añadido va que de 3,5 a cerca de 4,5 millones de personas perdieron sus puestos de trabajo, temporal o definitivamente, entre abril y junio y, además, que la gran mayoría de ellos lleva años orbitando en los márgenes del sistema y en las peores condiciones: son ocupados en negro, cuentapropistas y pequeños comerciantes.

El tercer eslabón de la cadena presidencial es el consumo privado, que genera alrededor del 70% del PBI y que también anda de tumbo en tumbo. Luego de retroceder a lo largo de todo 2019 y de caer 6,6% durante el primer trimestre, derrapó nada menos que un 22,3% en el segundo. Ninguna novedad: mezcla directa de apretones laborales y pérdida de ingresos salariales en continuado.

Las estadísticas de estos días han tenido la virtud, si se puede considerar virtud, de poner sobre la mesa algunos rasgos fuertes de la impresionante y ostensible decadencia argentina. Como que, medidas en valores comparables, la producción de bienes y servicios de 2020 resulta incluso menor a la de 2006, lo mismo que la potencia del consumo privado. Y si el punto es la inversión productiva, quedamos detrás de 2004.

Los números de la producción industrial cantan 4% por debajo de los de hace 16 años y un 30% los de la construcción. Un detalle que es bastante más que un detalle empeora el panorama: en 2004 la Argentina tenía 7,2 millones de habitantes menos que ahora y 6,4 millones menos en 2006. Y un punto deja abierta una duda: las últimas estadísticas del INDEC arrancan en 2004 y, por lo tanto, pueden existir retrocesos en la economía aún mayores a estos.

Cosas de una especie al menos similar explican que hasta el monumental, inédito superávit comercial de US$ 10.984 millones de los primeros ocho meses del año no se hubiese logrado por las mejores razones sino, digamos, por las peores.

Sin vueltas, las mejores razones habrían sido un aumento fuerte de las exportaciones, pero cayeron 11,8%. Y las industriales, que en tren de pedir habrían figurado entre las mejores de la mejores, se desplomaron un 33,2%. Aquí se cruzan el bien conocido impacto de los altos costos de producción y la falta de competitividad internos con los coletazos del Covid-19 en el comercio mundial. 

 

¿Y dónde están las peores razones del superávit? En que se logró gracias a un bajón del 23,8% en las importaciones fogoneado por un combo imbatible: híper recesión más trabas a las compras externas dictadas por la fragilidad de las reservas.

Ahora a cargo del Ministerio de Trabajo, las estadísticas laborales alumbran otro costado del mismo cuadro: revelan que entre enero de 2012 y junio pasado, el empleo total creció apenas un 8% y que lo hizo, además, de una manera bien desparejo. Caída del 4% cuentan los números del sector privado y aumento del 26% los que se refieren al empleo estatal y del 18% en los monotributistas. La tarea de medir la productividad de cada uno queda a gusto del consumidor, pero no deja de ser llamativo el incremento del empleo público.

Está claro que el peso del coronavirus y el controvertido modo como el Gobierno lo enfrentó cayeron sobre una estructura económica y social desarticulada durante años. Pero debiera estar claro, también, que así la responsabilidad plena no sea del Gobierno nada se resuelve con generalidades del tipo "no bajemos los brazos" o "la Argentina depende de todos nosotros".

Puede pasar, y pasa, que en ese no resolver nada o resolver todo a puro subsidio se reafirme la impresión de que el kirchnerismo quedó metido en un brete del que no sabe cómo salir ni imaginó, de entrada, cómo se podía salir del que ya había. Y mientras el tiempo pasa, el brete sigue creciendo y la salida, complicándose.

Otra: ¿qué se soluciona diciendo "tenemos que acostumbrarnos a ahorrar en pesos y dejar los dólares para la producción", como ha afirmado Fernández? No se soluciona nada, obviamente, y si Fernández sabe que esto ocurre, como debiera saberlo, se entiende menos para qué lo plantea. El riesgo conocido de tanta palabra todo el tiempo es la pérdida de valor de las palabras y, agregado, el desperdicio de los mensajes.

Justamente de eso hablan los US$ 920 millones que el Banco Central vendió a los particulares en agosto, el mes del mentado y supuestamente sanador acuerdo con los bonistas. En septiembre los operadores calculan un monto parecido, con súper cepo y feriado cambiario de hecho incorporados.

Por si se ambas son consideradas pruebas insuficientes, se puede intentar con una más: desde el arreglo con los acreedores, la brecha entre el blue y el tipo de cambio saltó del 76 al 91%.

La nueva apuesta del kirchnerismo tardío a la distensión del mercado de cambios es, en realidad, una apuesta antigua: pone la mira en los dólares de la cosecha. Si es por el trigo, las fichas caerían en noviembre y en abril, si se trata de la soja. Y en tren barajar alternativas, una pariente directa de la inestabilidad sería que los productores retengan a la espera de que la situación fuerce un ajuste.

Hubo estos días, además, una frase de la ministra de Desarrollo Territorial y Hábitat que si el plan oficial apunta a tranquilizar no sonó muy tranquilizadora, por cierto. Dijo María Eugenia Bielsa: "Debemos empezar a pensar el metro cuadrado en pesos y no en dólares. El 100% de los materiales son locales y no hay ninguna explicación para que negocien las viviendas en dólares".

Así, Bielsa dejó picando la pelota de la pesificación del mercado inmobiliario en el peor momento, justo cuando la desconfianza y las dudas que siembra el Gobierno ya presionan sobre unas cuantas cosas. Más lo de siempre, a nueve meses de asumir: la ausencia de algo concreto que diga hacia dónde se quiere ir, cómo y para qué. Si es posible, desde luego.

Alcadio Oña

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