Domingo, 25 Octubre 2020 11:21

La cronoterapia mágica no arregla la macro argentina - Por Enrique Szewach

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Para los hacedores de política económica en la Argentina de hoy, el transcurso del tiempo parece ser la solución

Se dice por ahí que el tiempo es un artificio para evitar que todo pase simultáneamente. También se dice que el tiempo todo lo cura.

La física, por su parte, nos dice que el tiempo es relativo. Transcurre de diferente manera dependiendo del lugar y movimiento del observador.

Lo cierto es que, para los hacedores de política económica en la Argentina de hoy, el transcurso del tiempo parece ser la solución. Estamos inmersos en un tratamiento de cronoterapia mágica.

Me explico. Tanto el Presidente de la Nación, como las principales autoridades económicas, sugieren que, habiendo renegociado “exitosamente” la deuda externa con los acreedores privados, presentado el Presupuesto 2021, y con un FMI predispuesto a apoyar a la Argentina, están dadas las condiciones para que el país, post pandemia, se “tranquilice”, retome el crecimiento, y recupere la senda de prosperidad abandonada hace casi una década. Y que las actuales tensiones que se reflejan en las brechas entre el dólar oficial y el resto de los dólares no responden a la realidad, sino a una mala interpretación de dicha realidad por parte “del mercado” y que, con el paso del tiempo, las cosas se irán acomodando solas. De ahí la cronoterapia, el paso del tiempo que todo lo cura).

Permítanme, ahora, explayarme sobre el aspecto “mágico” de este razonamiento.

Repasando, el gobierno del presidente Macri decepcionó a sus votantes cuando, después de ganadas las elecciones de medio término del 2017, en lugar de intentar encarar el cambio para el que había sido elegido en el 2015 y ratificado dos años después, decidió postergar, nuevamente, la instrumentación de ese cambio, para después de las elecciones presidenciales del 2019 y, mientras tanto, seguir viviendo del financiamiento externo. La señal clave y el “coordinador de expectativas” de esta postergación fue el presupuesto 018 y la modificación de las metas de inflación; modificación necesaria para financiar, con más inflación, dicho presupuesto. Con esas señales, el financiamiento externo privado voluntario se cortó.

Cuando un país se queda sin financiamiento, tiene que ajustar su economía a “vivir con lo suyo”, ello implica bajar el gasto público y bajar el gasto privado. En la Argentina, el gasto público corriente sólo se baja desindexando jubilaciones y salarios, con licuación inflacionaria, y con otros impuestos “transitorios”; léase más aporte privado. Y el gasto en intereses de la deuda solo se baja con… default y renegociación. Por su parte, el gasto privado se baja devaluando, es decir reduciendo el poder de compra de los salarios, medidos en dólares, para que caiga el consumo y con ello las importaciones, y “alcancen” los dólares de las exportaciones para financiar las importaciones que quedan. El gobierno del presidente Macri intentó eludir esta ley inexorable del ajuste, apelando a la “magia” y los dólares del FMI. Sin entender que el FMI, para poner plata, “exige” el ajuste antes descripto y que a su burocracia hace rato que se le acabó la magia, si alguna vez la tuvo, para ayudar a diseñar un programa compatible con la condición de economía dolarizada que tiene la Argentina. El programa con el Fondo, por lo tanto, logró su cometido en materia de ajuste, pero fue el “huevo de la serpiente” de la derrota electoral. Ningún gobierno gana elecciones en medio de un ajuste, salvo que la oposición esté muy atomizada. Finalmente, el resultado de las PASO aceleró la dolarización de los argentinos, previendo, con razón, lo que se venía.

Contrariamente a lo que argumenta, Alberto Fernández heredó una economía con una parte importante del trabajo sucio fiscal, cambiario y monetario ya hecho. Había sí que reordenar el tema tarifario, y renegociar la deuda con privados y el FMI. Pero vino la pandemia y la “solución” confinamiento. Solución que, dadas las condiciones de la economía argentina, no estaba disponible, al menos con la duración que tuvo. Y digo que no estaba disponible, porque un confinamiento estricto y prolongado obligaba, en materia económica, a una emisión de pesos extrema. Emisión de pesos que, dada la política de tasa de interés, la reputación de la administración kirchnerista, y la subestimación mostrada por los funcionarios respecto del desorden macro que estaban generando, terminó, al final del día, en más demanda de dólares. A partir de ese momento, comenzó la etapa “mágica”. Primero fue el acuerdo por la deuda: después del acuerdo todo se arregla. Luego fue la presentación del presupuesto: con el presupuesto presentado tenemos la “hoja de ruta” 2021, y todo se arregla. Y ahora es la negociación con el FMI: pasada la negociación con el FMI, todo se arregla. Mientras tanto, se complementó la magia, con la “policía”. Más restricciones a la demanda de dólares oficiales, más impuestos, llamados “amistosos” a los operadores para calmar el mercado de dólares alternativos y venta de bonos en poder de organismos públicos -venta de bonos es aumento de la deuda, porque pasan de manos públicas a manos privadas-, subas homeopáticas de la tasa de interés, etc. Todo esto acompañado de más emisión -no menos- y vagas referencias a la estabilidad fiscal y a la indexación de las tarifas públicas -congelando el retraso-. Mensaje claro: otra vez, el nuevo ajuste será privado y la única forma de “eludirlo” es comprar dólares.

El paso del tiempo puede influir muy poco para cambiar este panorama, más allá del rebote natural post confinamientos.

La Argentina está atrapada en un “mal equilibrio”. Y es un mal equilibrio porque, insistiendo por este camino, será difícil convencer a los inversores argentinos y extranjeros de “hundir” demasiados dólares en la Argentina. Salvo que les den un gran regalo -capitalismo de amigos que le dicen-, o sean lo suficientemente competitivos como para lidiar con esta realidad coyuntural, que se suma a la negativa realidad estructural: pobre marco institucional, mala justicia, pésimos y costosos bienes públicos, falta de moneda, contingencias laborales, amenazas de expropiaciones directas -Vicentin- o indirectas -intervención en el mercado de las comunicaciones-, etcétera.

En este contexto, se presenta el típico razonamiento “Error Tipo 1” o “Error tipo 2”. ¿Con qué pierdo más? ¿apostando al dólar y equivocándome, o apostando al peso y equivocándome?

Alguna vez se dijo de la anterior conducción kirchnerista “no fue magia”. Y tenían razón. Ahora tampoco lo será.

Enrique Szewach

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