El ministro Guzmán anunció que iba en busca de menor déficit fiscal que el anunciado en el Presupuesto, presentó una fórmula “conservadora” de ajuste de las jubilaciones, y casi dio por terminada la pandemia en materia de gasto público, reduciendo los pagos del IFE y del ATP. También modificó la política financiera, abandonando la idea de “armar la curva de tasas de interés en pesos” y colocando deuda indexada a precios, o indexada a dólar oficial, (cambió la pesificación forzada al mercado, por la indexación forzada al Estado) y le puso un límite, hasta fin de año, a la emisión de pesos del Banco Central, en concepto de adelantos transitorios (esto último más como señal que otra cosa, dado que el Central siguió emitiendo por “distribución de utilidades”).
Por supuesto que no abandonó su costado “heterodoxo” (por ponerle un calificativo) interviniendo “a la Moreno” en los mercados de cambio, y vendiendo bonos en dólares en poder del Estado a precios de liquidación, consolidando una tasa implícita del 16% y colocando deuda en dólares a ese mismo precio, para aliviar la demanda de bonos en dólares en el mercado del dólar CCL y bajar su cotización.
Complementariamente, aceleró reuniones con el FMI, para la obtención de un acuerdo de facilidades extendidas, con metas plurianuales a ser “bendecidas” en el Congreso y, en ese marco, indicó que se descongelaban las tarifas de servicios públicos. Desde el punto de vista macro de muy corto plazo, la Guzmanomics logró alejarnos del abismo del descontrol nominal al que estábamos por tirarnos.
Sin embargo, como gran parte del daño del desequilibrio macro del año ya estaba hecho, no pudo impedir que la brecha se mantenga en valores incompatibles con un sector externo superavitario, ni evitar que la tasa de inflación se instale cómoda en el escalón del 3-4% mensual. Pero claro, como lo que abunda en la coalición peronista gobernante no es precisamente la coherencia, ni la coordinación, a poco de andar, y para que “el populismo sea nuestro, y el ajuste de ellos”, una vez lograda esta cierta calma, arrancó, de nuevo, la Cristinomics.
Primero, la fórmula de la movilidad jubilatoria propuesta por el Poder Ejecutivo se modificó en el Senado (¡con el “apoyo” del Presidente!). Después, se ampliaron los controles de precios, bajo la tutela de los intendentes peronistas del Conurbano (hay que empezar a recaudar para la campaña). Luego, sólo se autorizó un aumento muy exiguo de los precios de servicios regulados, entre ellos el de telecomunicaciones (que venían funcionando bastante bien y con una gran cobertura en la población de menores recursos, antes de ser declarados servicio público) y, finalmente, hasta acá, el Presidente postergó el comienzo del ajuste de los precios del gas y la electricidad, por tres meses, delegando el armado de la escala tarifaria en manos de entes reguladores, que hace rato que han dejado de ser profesionales e independientes, para ser políticos. Este escenario ratifica que toda empresa que tiene en su “activo” un contrato firmado por el Estado argentino, sea un bono de deuda o una concesión, o cualquier otro compromiso del sector público, tiene un activo de alto riesgo y poco valor (por algo, muchos quieren salir de estos contratos y sólo quieren entrar a los que piensan que van a conseguir “subirle el valor” por alguna relación particular con el poder).
Para ser justo, respecto de la ruptura de contratos, o la postergación de actualizaciones en los precios de los servicios públicos, también la administración Macri hizo de las suyas. De hecho, cualquier esquema que implicara la autorización de girar dólares al exterior (en los contratos de largo plazo de energía renovable, por ejemplo), se vio atacado por el control de cambios impuesto después de las PASO. Además de haberse mantenido el sistema de “precios cuidados” y la regulación sobre otros precios “libres”.
En síntesis, esta mezcla incompatible de Guzmanomics y Cristinomics, explica las dudas que todavía persisten sobre una recuperación fuerte de la economía argentina, más allá del rebote estadístico de la post pandemia.
Y, dicho sea de paso, la post pandemia depende de la vacuna y como a todo lo anterior se le suma la debilidad institucional, y el intento por empeorar aún más la Justicia, no resulta sencillo acordar con un laboratorio extranjero la provisión de dicha vacuna, porque esa combinación de mala reputación en el respeto de los contratos y una Justicia de dudosa independencia, mete miedo para aquéllos que analizan las contingencias que podrían sufrir, en unos años, sometidos a la discrecionalidad, arbitrariedad y morosidad de las instituciones argentinas. Por eso, sólo se puede acordar relativamente rápido con el Estado Ruso o el Estado Chino, cuyos análisis de riesgo contingente pasa por otros parámetros (o con algún laboratorio local “amigo” como intermediario, que asume el riesgo argentino).
En síntesis, la Guzmanomics de corto plazo, y la Cristinomics de fondo, se mezclan en dosis peligrosas (inclusive para un buen acuerdo con el FMI).
Siguiendo con la medicina, Paracelso, un médico-alquimista medieval, decía que, justamente, “la dosis es el veneno”. Y ese es nuestro problema, el potaje político y económico que hemos armado, nos mantiene bloqueados, estancados y aislados del mundo que importa, inclusive para conseguir una vacuna.
Enrique Szewach


La falta de consistencia entre las políticas implementadas por el Gobierno nacional explica las dudas que todavía persisten sobre una recuperación de la economía 