Domingo, 25 Julio 2021 09:32

Martín Guzmán vende confianza, pero la presión no baja y el dólar resiste - Por Alcadio Oña

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“Tranquilos, al dólar lo tenemos bajo control”, dijo el ministro delante de Cristina y Máximo Kirchner y de Kicillof. Evidente: el mercado no compra ese discurso y el blue sube y sube. Y las ventas del campo, que sostuvieron las reservas, están en retirada.

Ya no se le puede pedir mucho más a la bendita soja por este año, dicen los números y las conclusiones que manejan especialistas y grandes operadores del sector. Instalado hace meses en las alturas de los 500 dólares la tonelada o los 500 largos, el precio del cereal ha subido 45% desde mediados del año pasado y 50% desde que el kirchnerismo volvió al poder. Recuerdos del yuyito que cuando andaba por los 600 dólares, hacia el 2012, alimentó el pregón de la década ganada.

Para empezar a contar, de esa trepada han salido exportaciones que en el primer semestre de 2021 ascendieron a US$ 11.551 millones, esto es, US$ 4.100 millones más que en el mismo período del año pasado y el 33% o un tercio redondo de las ventas totales al exterior. Sin un incremento considerable en las cantidades, el fenómeno es casi todo efecto precio.

Con la soja y sus derivados de lejos a la cabeza, lo que sigue revela la lluvia de divisas que entre enero y junio liquidó el llamado complejo oleaginoso-cerealero. Según cifras de las cámaras que agrupan a industriales y exportadores, sumaron impresionantes US$ 16.600 millones, un récord histórico que superó en 80% al registro del año pasado.

Estamos hablando de la soja dependencia, del trigo, de maíz y girasol y, para mayor abundancia, de un paquete de exportaciones que también comparado con 2020 significó un extra de US$ 7.353 millones y un fenomenal tanque de oxígeno para las necesidades del Gobierno. Por si no se entiende, se trata de una montaña de plata más grande que el ya robusto superávit comercial de US$ 6.740 millones del primer semestre de este año, que es como decir el saldo completo y unos 600 millones de dólares adicionales.

Todo muy estimulante, salvo por un detalle: la mayor parte de esta película del campo ya pasó y lo que viene anuncia menos dólares o bastantes dólares menos. Los informes de las cámaras empresarias cuentan que la evolución de las ventas muestra, ya claramente, que el volumen de soja en poder de los productores está desinflándose y que crece la opción defensiva.

Dicen que en apenas seis semanas y todavía en plena cosecha, habían vendido unas 6 millones de toneladas, casi récord, y que después del raid han reducido significativamente la oferta. Así, lo que en ciertos momentos fue 1,5 millón de toneladas por semana devino en 500 mil toneladas por semana.

Evidente, algo apuró la decisión de los productores o los indujo a retener en lugar de vender. ¿Algo como qué?, sería la pregunta. Y la respuesta, algo como el temor a un nuevo aumento de las retenciones, a un cepo sobre las exportaciones semejante al de la carne o a cualquiera de las restricciones del viejo manual kirchnerista. Temor, también, a la visible perspectiva de que el tipo de cambio oficial siga retrasándose frente a la inflación y que convenga mantenerse en soja.

Está claro que no todos los dólares que hubo dando vueltas se quedaron en el Banco Central, pero la temporada de cosecha le dejó un buen rédito: reservas netas, digamos efectivamente disponibles, por alrededor de US$ 7.500 millones según cálculos de consultoras. “Alcanzarían para tirar hasta las elecciones, aunque a duras penas”, agregan los analistas en plan enfriar operaciones kirchneristas sobre la caja del BCRA.

El punto es que la desconfianza, la incertidumbre por lo que puede pasar hasta a corto plazo, los bandazos económicos y la política aconsejan aplicar el antiguo pero eficaz dicho popular de curarse en salud. Luego, ya no pasa día sin que el blue pegue un salto o un saltito y que la brecha con el dólar oficial haya desbordado el 90%.

Así, ante un panorama que va camino a dejar de ser lo que hace bien poco fue, la presión cambiaria reapareció bastante antes de lo que el ministro Martín Guzmán la esperaba. O peor, Guzmán enfrenta un temblor que no figuraba en sus planes ni siquiera entrado noviembre, aunque ahora repiquetee con la cantinela: “Tranquilos, al dólar lo tenemos bajo control”.

Previsible para todo el mundo, el Banco Central pierde divisas hasta las elecciones. Llega con reservas netas que, en cálculos de la Fundación Capital, andarían entonces en los alrededores de US$ 3.700 millones y con un superávit comercial total que, ya sin las grandes liquidaciones del agro, en el segundo semestre se achicaría a US$ 4.000 millones, o sea, 2.700 millones menos que en el primero.

La cuenta agrega vencimientos de la deuda con organismos internacionales y privados que la consultora estima próximos a US$ 9.000 millones, entre ellos 4.200 millones con el FMI que caen de septiembre a noviembre; más los que el BCRA gaste en evitar que la brecha del blue y el dólar oficial pinte descontrolada.

Conclusión: un cuadro bien apretado, así pese la compensación de 4.350 millones que, entre otros países, la Argentina recibirá del Fondo por el auxilio destinado a paliar los efectos de la pandemia.

“Como quiera que sea, enfrentaremos un segundo semestre con mayor riesgo cambiario, en el que las distorsiones se acumulan y hacen prever un reacomodamiento de variables después de las elecciones de noviembre”, dice un enigmático comentario de la Fundación que dirige Martín Redrado.

Menos dólares, menos presión cambiaria y menos Banco Central, de otra Argentina y de una Argentina bien diferente habla un informe del INDEC que se conoció estos días. Medio oculto en el tumulto, dice que entre el cuarto trimestre de 2019 y el primero de 2021 se perdieron 727.000 puestos de trabajo. Esto es, coronavirus y cuarentena interminable juntos.

Dice más, todavía. Como que 491.000 de esos puestos, nada menos que el 67%, se cayeron en el muy precario mundo de los llamados asalariados no registrados o en negro; sin demasiadas vueltas, allí donde no corren los aportes a la jubilación, ni la cobertura del riesgo laboral, ni las obras sociales ni tampoco el seguro por desempleo a cargo del Estado en vez de la indemnización.

En el nuevo universo existen ahora, según la última estadística del INDEC, 4.644.000 trabajadores que cobran sueldos entre 30 y 40% más bajos que aquellos regularizados y en general amparados por las normas laborales; casi 5 millones ajenos a las negociaciones paritarias y sometidos al riesgo permanente de quedarse sin empleo, como acaba de comprobarse. Tampoco cuentan o cuentan muy poco en las demandas de los dirigentes gremiales, sea porque no aportan al sindicato o, directamente, por una cuestión de plata.

Otro dato del informe cuenta que, como parte del sacudón combinado de pandemia más cuarentena, a estos asalariados se les cayeron, en promedio, el 5,3% de las horas trabajadas. En cualquier medición, mucha plata para un universo así de precario y así de inestable.

Falta agregar que entre los asalariados registrados, en blanco, los puestos de trabajo perdidos sumaron 184.000 y que, en cambio, aumentaron en 52.000 dentro del circuito de los no asalariados, los cuentapropistas y otras variantes nada envidiables ubicadas en la frontera del sistema laboral, incluso pasando la frontera.

Pero se los llame como se los quiera llamar, existen otros mundos además del mundo atado a las penurias de la economía real.

Notoriamente, existe el mundo de las apuestas financieras de siempre, el de la decena de dólares en danza, del oficial, el blue, el contado con liquidación, del muy reciente Senebi y los paralelos de los paralelos. Y otro de la misma especie, donde conviven bonos del Estado y del Banco Central para todos los gustos: desde los indexados por el tipo de cambio oficial o por el temible índice de precios hasta las Leliq que, antes de asumir, Alberto Fernández prometió “dejar de pagarle a los usureros” y que hoy acumulan un stock que pasó de largo los dos billones de pesos.

Esto también es kirchnerismo real, a la vista y sin disfraces.

Alcadio Oña

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