Domingo, 24 Octubre 2021 10:17

Un show político para simular que se combate la inflación, con consecuencias sobre la economía - Por Enrique Szewach

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Sin plan económico, reservas ni acuerdo con el FMI, lo único que le quedaba al Gobierno era culpar de la inflación a un grupo de empresarios ambiciosos

Aclaremos de entrada, para que conste en actas, que los acuerdos de precios y salarios son un complemento transitorio de un buen programa antiinflacionario de shock, con dificultades de credibilidad. De la misma manera que un cinturón de seguridad y un airbag son el complemento necesario ante un frenazo brusco.

Ni el cinturón, ni el airbag frenan un auto, pero evitan las consecuencias negativas de ese frenazo sobre los pasajeros.

Queda especificado, entonces, que lo introducido en la semana qué pasó por el Secretario de Comercio no es un instrumento que responde a una definición técnica de un acuerdo de precios y salarios que pudiera ser transitoriamente exitoso. Primero, porque no incluye a todos los precios, y tampoco a los salarios; y segundo y principal, porque no está acompañado de un programa antiinflacionario de shock para frenar de golpe la tasa de inflación, al contrario, el auto sigue acelerando.

Cabe destacar que también ha fracasado el programa antiinflacionario “gradual” basado en fijar la evolución del precio del dólar oficial por debajo de la tasa de inflación pasada, congelar tarifas, y coordinar los acuerdos paritarios de los primeros meses del año en torno a la inflación esperada en el presupuesto nacional.

Fracasado el programa de “tranquilizar” de a poco los precios, por ausencia de un marco fiscal y monetario compatible, sin reservas en el Banco Central, y sin acuerdo con el FMI, lo único que le quedaba al Gobierno, como ya comenté desde esta columna, la semana pasada, era culpar a un grupo de empresarios ambiciosos de la inflación y montar un show en torno al control policial del congelamiento de un conjunto de precios para defender al pueblo y darle alguna alegría.

Por lo tanto, la eventual discusión entre ortodoxia y heterodoxia en la política económica, o la idea de introducir cierto pragmatismo heterodoxo en el combate a la “multicausal” inflación, no aplica en este caso.

Simplemente, estamos ante una típica medida política que no admite ningún análisis de factibilidad serio, desde la economía.

Pero, a pesar de ser exclusivamente una medida política tendrá consecuencias en la evolución de la economía de las próximas semanas o meses.

Lo primero que habría que saber es si, pasadas las elecciones del 14 de noviembre, el Gobierno insistirá con sostener este control de algunos precios hasta su fecha de vencimiento del 7 de enero de 2022.

Dado que es una medida electoralista, bien podría esperarse que, pasada la elección, y en caso de una derrota del oficialismo, el congelamiento mencionado se incluya dentro de los instrumentos que podrían descartarse, junto con la posible remoción de su cargo de sus autores.

Pero más allá de su efectiva duración, esta medida no reduce sustancialmente la inflación presente, mientras incrementa las expectativas de inflación de los próximos meses.

En efecto, dado que el “auto fiscal y monetario” sigue acelerando, y que las mencionadas anclas cambiarias y tarifarias no surten efecto, continúan aumentando las distorsiones de precios relativos. Y a mayores distorsiones, mayor necesidad de corregirlas, más temprano que tarde. Corrección que puede hacerse por las buenas, en el marco de un programa post electoral, o puede hacerse por las malas, en el contexto de tensiones insostenibles.

Resulta evidente, además, que mientras la amenaza de un ajuste desordenado no se disipe, no crecerá la inversión y mucho menos la demanda de empleo. Toda perspectiva de ajuste desordenado de precios relativos aumenta los riesgos y da lugar a comportamientos preventivos, tanto sobre los “stocks” como sobre los “flujos” de los ciudadanos y ciudadanas.

El segundo problema que introduce este programa político es cómo compatibilizarlo con la ineludible necesidad de un acuerdo con el FMI.

Otra vez, si el actual esquema se levanta el 15 de noviembre, y da lugar al armado de un plan macro más o menos prolijo, dentro de los límites del actual régimen económico, se podría esperar, insisto, un escenario que no empeore demasiado la realidad actual.

Pero cualquier intento por prolongar esta política, y el desorden macro que tiene detrás, aleja la probabilidad de un acuerdo con el FMI, al menos uno que sirva.

El tercer elemento por considerar es el marco internacional.

Una cosa es un primer semestre del año próximo con la “supersoja” y otra, muy distinta, es un contexto con un precio más bajo de nuestros productos de exportación y un viento de cola que podría empezar a virar, y volverse en contra, incluyendo los recientes acontecimientos en Brasil, en medio de su propia campaña electoral.

Finalmente, cabe incluir, de prolongarse esta combinación de congelamiento de algunos precios, y un programa fiscal y monetario expansivo, la discusión de estos días sobre el desabastecimiento de algunos productos.

En efecto, sumado a los problemas de oferta de insumos derivados de las restricciones impuestas a la demanda de dólares oficiales para importar y a las dificultades surgidas en el mundo, producto de la pandemia, la política energética, y las decisiones autocráticas del amigo Xi, y del amigo Putin, cuánto más se prolongue una fijación de precios que ignore la realidad, aumenta la probabilidad de desabastecimiento, mercados informales, etc.

A mayor duración del programa político que se suma a un muy mal programa económico, peores consecuencias y mayores escollos para “volver” de allí, sin traumas.

Me he cansado de citar mi diálogo de estudiante con mi gran profesor y uno de los padres del estructuralismo latinoamericano Julio H. G. Olivera, pero lo reitero porque viene a cuento.

Caminando por los pasillos de la facultad de Ciencias Económicas de la UBA, a principios de 1975, le pregunté qué opinaba del programa económico vigente. La respuesta de Olivera, desde la profundidad de su voz santiagueña fue, como siempre, lacónica y precisa: “La economía no se puede manejar con la policía”.

Cuarenta y seis años después, sospecho, con algún fundamento que, de repetirse esa escena, la respuesta sería la misma.

Enrique Szewach

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