Domingo, 02 Enero 2022 08:39

Martín Guzmán la tiene complicada acá y en el Fondo Monetario - Por Alcadio Oña

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Ya en tiempo de descuento, los directores fuertes del Fondo le exigen más ajuste fiscal, definiciones cambiarias y un plan económico de verdad. Acá, la pérdida de reservas anticipa nuevos aprietes al torniquete y la inflación pinta para más 

Cuesta entender qué quiere decir o, mejor, adónde apunta Martín Guzmán cuando afirma lo que afirmó sobre el estado de las negociaciones con el Fondo Monetario, en una entrevista con el diario El País de España. Parece un relato kirchnerista típico, o lo que él llamaría sarasa. 

La declaración del ministro de Economía plantea que “con el staff ha habido entendimientos profundos” y que con los accionistas del FMI “la comprensión no se ha dado a la velocidad que sería deseable para tener ya un acuerdo”. Raro: según Guzmán, el acuerdo está a tiro y si no se ha firmado aún y se dilata es por culpa de algunos directores que representan a países que pisan fuerte en el Fondo.

El globo es también un intento, bien pretencioso, por cierto, de salir del foco en que lo está colocando el creciente temblor cambiario y un dólar blue cómodamente instalado en zona de récords y al doble de lo que cotiza el oficial. Luce inevitable, además, que los costos de la turbulencia vayan a su cuenta o a la del Gobierno, no a la de directores del FMI que ni siquiera ha identificado.

Un dato: en el directorio del Fondo, que finalmente manda en las decisiones, los más duros son los representantes de Alemania y de Holanda. Y sus reclamos anclan, justamente, en un ajuste fiscal que pueda ser considerado verdaderamente sólido y ser, entre otras igualmente fuertes, una garantía de repago de la deuda de US$ 45.000 millones que la Argentina mantiene con el organismo. Obvio, uno mayor al que pretende Guzmán.

Otro dato, ahora asociado al comentario sobre el staff del FMI. Este lunes 3 de enero asumirá Ilan Goldfjn, el nuevo, poderoso director para el Hemisferio Occidental que maneja la relación con los países de América. Y como está a cargo del caso argentino, se supone que si no ha participado de los entendimientos profundos que menta Guzmán al menos los conoce. ¿O es suponer demasiado?

Más para el mismo boletín, esta vez en boca de alguien al tanto de cómo marcha la movida. Dice: “Las negociaciones pintan más difíciles de lo que el Gobierno esperaba. Todavía no hay nada concreto y manda la idea de firmar en febrero, porque no existe manera de pagarle los 2.873 millones de dólares que vencen en marzo y quedó descartada de plano hasta la más mínima posibilidad de un default. Están viendo hasta dónde acepta ceder el Fondo”.

Sigue: “Aunque parezca extraño a esta altura, Guzmán no tiene plan económico ni tampoco un esquema macro armado sino algo semejante a un sendero general sobre el que se busca arreglar”. Nada extraño, al fin, tratándose de un gobierno donde conviven ideas y propuestas tan contradictorias que bloquean la posibilidad de convenir un plan articulado, como el que el país necesita. Con FMI y sin FMI.

En tren de sumar episodios a esta historia de enredos, tenemos otro par de casos. Uno es el programa plurianual que, según promesas oficiales, se le iba a entregar a la oposición antes de fin de año para precisamente apuntalar las negociaciones. Ni noticias ni aclaraciones.

De un corte semejante, el episodio siguiente fue el intento de aprobar un Presupuesto Nacional 2022 lleno de inconsistencias, comenzando por proyectar una insólita inflación del 33%. Imaginado como una muestra de armonía política y un mensaje al FMI, el ensayo capotó en el mismo Congreso y terminó en un fiasco que sembró dudas sobre la capacidad de maniobra del Gobierno.

Está claro que cualesquiera sean los modelos que se imaginen y discutan, el corazón siempre será la sustentabilidad del arreglo, o sea, un conjunto de compromisos que bajo el formato de metas cuantitativas garanticen el pago de la deuda. Ahi juega, definitivamente, la necesidad de asegurar un stock de reservas compatible con las obligaciones financieras, o sea, recuperar lo que se perdió y, de seguido, aplicar una política cambiaria consistente con los objetivos.

Implícita y no tan implícita, cruzando este cuadro aparece alguna fórmula de ajuste del dólar oficial. Esto es, la inquietante y zarandeada devaluación.

Los técnicos del FMI han estimado que la magnitud del problema pasa por un desfasaje del 18,5% entre la inflación y el tipo de cambio que regula el Banco Central. Alternativas: en principio, una devaluación directa y sin vueltas por el total o un ajuste prorrateado en cuatro o cinco meses.

Limpio de palabras y de hojarascas, el punto es que apretado por movimientos financieros que ni con los cepos sobre cepos puede controlar y ya entrando al tiempo de descuento, el Gobierno parece ahora sí decidido a enfilar el barco rumbo a un acuerdo con el Fondo Monetario. Y a cortarla con la estrategia del zigzag permanente, mas no con el relato permanente.

De eso tratan los aumentos anunciados para las tarifas de la electricidad y del gas y el guadañazo que caerá sobre los subsidios monumentales que, durante dos años, sostuvieron un congelamiento ya insostenible. En esta versión K, los energéticos acumulan el equivalente a unos US$ 15.700 millones.

Y de eso trata, también, el incremento de la presión impositiva que viene bajo el paraguas del llamado consenso fiscal con las provincias, una manera de compartir costos políticos que es, a la vez, un intento de licuar costos políticos. Allí entran Ingresos Brutos, patentes, los inmobiliarios y sellos; la Herencia, Bienes Personales y un toque a las retenciones que podría acompañar a la devaluación.

Son de esa clase de cosas que el kirchnerismo acostumbra llamar ajuste al modo FMI. Y si eso ha hecho todo el tiempo, no hay por qué salir a desmentirlo ahora: serán ajustes al modo FMI, según dice su propio diccionario.

Ajuste es, ya sin vueltas, el que las cuentas fiscales cantan para las jubilaciones, los salarios estatales y las asignaciones familiares.

El gasto previsional, que es igual a decir los haberes, ha corrido el año entero detrás de la inflación y a esta altura pierde por 14 puntos porcentuales. Los salarios estatales están sacando un empate a última hora, pero luego de quedarse atrás durante diez meses consecutivos, lo mismo que la muy sensible asignación por hijo. Bien medido, el saldo da que perdieron los dos.

Casi no hace falta decirlo, porque asoma por todas partes, la reina del ajuste sigue viva y coleando y, encima, con tendencia a colear aún más fuerte. Esto es, una inflación firme en el 50% y que, dependiendo de cuánto suban el dólar, las tarifas y otros precios clave, en 2022 puede acercarse al 60% e incluso desbordarlo. ¿Vamos para el quinto año consecutivo de caída en el salario real, el tercero con sello K?

Y mientras el acuerdo con el FMI se cocina a los tumbos y sin un camino definido, el mercado cambiario se mueve a su compás y al compás de la incertidumbre.

En ese escenario, la demanda de pesos cae por razones estacionales y crece la de dólares, justo cuando la negociación con el Fondo ingresa en la fase más dura; la pérdida de reservas del Banco Central potencia el avance sobre lo que le va quedando y el BCRA ajusta el torniquete buscando frenar la fuga, tal como cuenta el notorio desinfle de operaciones en el llamado Mercado Libre de Cambios: de más o menos habituales US$ 830 millones diarios han retrocedido a unos US$ 250 millones.

Vale insistir en un dato: los primeros contactos entre Guzmán y el staff de los “entendimientos profundos” fueron en febrero de 2020, esto es, de hace un año y diez meses. En el medio, mucho de Fernández versus Fernández y cuanto menos un poco de impericia.

Alcadio Oña

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