Mañana comienza un capítulo histórico: el republicano Donald Trump entrará a la Casa Blanca y sacudirá el orden global. Ya anticipó el carácter de su liderazgo al anunciar que impondrá por decreto un arancel del 25% a todas las importaciones de México y Canadá a menos que frenen el flujo de migrantes y de drogas, y colocará un arancel adicional del 10% a China para que refuerce la lucha contra el tráfico de fentanilo, un opioide sintético que está haciendo estragos.
“Nadie ganará una guerra comercial o una guerra arancelaria”, le advirtió el vocero de la embajada de China, Liu Pengyu. La desconfianza crece entre los dos grandes socios comerciales.
“Estados Unidos y China están destinados a cooperar y condenados a competir”. Los dos países se venden bienes y servicios que son digitales y, por tanto, de doble uso: pueden ser tanto un arma como una herramienta. El periodista estadounidense y columnista de The New York Times, Thomas L. Friedman alerta: “Justo cuando la confianza se ha vuelto más importante que nunca entre Estados Unidos y China, también se ha vuelto más escasa que nunca”.
Este escenario que protagonizan los países más poderosos del planeta se completa con una baja de precios de las commodities (soja, maíz y sus derivados, entre otros) y la devaluación del real en Brasil. Del otro lado del Atlántico, el juego es distinto, con el avance del acuerdo Unión Europea-Mercosur, demorado por 25 años y acelerado ahora por el peso de la realidad: mejorar la calidad de vida de 700 millones de personas; potenciar las inversiones, especialmente en el sector energético; y facilitar el comercio internacional en un mundo que se va volviendo proteccionista.
Los factores internacionales se meten en la conversación y en las decisiones de las empresas argentinas, donde el clima local -algo extraordinario- presenta mejores condiciones.
Nos estamos preparando para un 2025 que terminará con unificación cambiaria y con el levantamiento progresivo del cepo, con un incipiente acceso a los mercados financieros internacionales, con buenas perspectivas desde el exterior ratificadas por la mejora en la calificación de firmas como Moody’s y por el contundente respaldo de la directora gerenta del FMI, Kristalina Georgieva, quien calificó al proceso económico argentino como “uno de los casos más impresionantes de la historia reciente”.
En este andar, el Gobierno dio una nueva señal, al definir que reducirá desde febrero al 1% mensual el ritmo de ajuste del dólar oficial, para apuntalar la baja de la inflación.
Salir de una depresión larga
La tarea de impulsar un modelo de crecimiento sustentable enfrenta los costos de lo que el economista Joseph Schumpeter denominó “destrucción creativa”. Innovar y transformar sectores productivos implica necesariamente desplazar prácticas y estructuras obsoletas, pero minimizar los costos de esta transición es fundamental para proteger el empleo y los ecosistemas empresariales.
En otras palabras, la recuperación de la productividad y el empleo son el factor que determinará el éxito de esta “destrucción creativa”. La tecnología impacta en todos lados: el sector no transable, de servicios en particular, será fundamental para conseguir mejoras de productividad, recomposición del salario real y generación de puestos de trabajo que puedan sostener a muchos de los trabajadores que migran de actividades que deben reconvertirse. La economía de plataformas nos lo muestra: la tecnología habilita atender una necesidad hasta el momento ignorada, conecta una demanda mayormente de sectores de clase media y media alta con trabajadores que prefieren una modalidad de trabajo diferente a lo tradicional. Cuando vemos los ingresos promedio por carga horaria y la libertad en la organización del trabajo, entendemos por qué en estos casos la desprestigiada “flexibilidad laboral” es más requerida que el esquema convencional.
Para llevar a cabo las transiciones en la estructura es fundamental el acceso al financiamiento: el crédito privado en Argentina como proporción del PIB es casi inexistente. Finalizó 2024 apenas encima del 7% y es significativamente inferior al de economías de la región como Chile, que está por encima del 80%, y Brasil, que supera el 70%. Para una pyme argentina, transformarse o cambiar de rubro, una práctica que es habitual en cualquier parte del mundo, es excesivamente dolorosa, ya que se carga en las espaldas de los socios, ante la ausencia del financiamiento.
El camino hacia una recuperación sostenida y estructuralmente sólida también requiere ampliar la frontera de posibilidades productivas y movilizar recursos ociosos. Iniciativas como el RIGI son útiles para atraer proyectos de gran escala en sectores estratégicos como la energía y la minería, pero será igualmente importante generar un entorno que favorezca la inversión en sectores de alta productividad y empleo intensivo.
El Gobierno está definiendo un camino que propone reformas económicas y políticas que realmente establecen un cambio de paradigma. Las transformaciones en curso perdurarán, lo que implica un quiebre en la manera tradicional de hacer negocios en Argentina. El fortalecimiento del capital humano, la mejora en la infraestructura y el rol de sectores como los servicios modernos serán fundamentales en el proceso.
En este nuevo entorno de negocios, el OPEX requiere reordenar estructuras de costos que estaban alejadas de esquemas de pricing en base a prácticas competitivas y con márgenes de rendimiento en función costo-beneficio, mientras hoy se plantea el momento del CAPEX que no tiene una sola dirección. Las estrategias son múltiples entre sectores e intrasector. La economía real tiene un alto costo de capital hundido que toda compañía quiere capitalizar, y por eso surgen nuevas agendas: alianzas y fusiones para ganar escala, inversiones hacia otros mercados no tan familiarizados con el core de las compañías, mayor especialización en ecosistemas muy competitivos, estrategias de internacionalización y de llegada a América Latina.
En este marco de cambios dinámicos, se concretan inversiones cruzadas que combinan expertise sectorial para acortar la curva de aprendizaje y aprovechar en el corto plazo las oportunidades que generan los sectores más dinámicos. Ejemplos de ello son las compañías de rubros de consumo masivo entrando en energía o las de movilidad, en minería. Hoy el ecosistema es más amplio, las fronteras se corrieron tanto como la interrelación de oferta y demanda entre sectores
Otro caso concreto son las autopartistas que, con sus clientes asegurados y acostumbradas a altos estándares de calidad, salen de la pecera con una nueva unidad de negocios, y otros productos que abren las puertas a nuevos mercados, lo cual permite diversificar el riesgo y buscar mayores ingresos y rentabilidad.
Se observan condiciones nuevas, diferentes, que nos permiten ser optimistas sobre un cambio estructural que hace mucho tiempo necesita nuestro país para volver a engancharse en el mundo que crece y se desarrolla. Esta transformación no es sencilla, la “destrucción creativa” indefectiblemente es el camino. Hay muchas certezas de qué nueva Argentina crear, pero la duda es cómo evitaremos que esa “destrucción” nos frustre.
Si una década atrás el Estado y la regulación siempre llegaban tarde, en este mundo hiper veloz y digital tiene aún menos chances Por eso la trascendencia de dar las señales y los incentivos correctos, y dejar al talento productivo y empresarial que avancen hacia el futuro.
Dante Sica
Economista. Fue ministro de Producción y Trabajo de La Nación (2018)
Es socio fundador y director de la consultora ABECEB
Director Asociado de Equipo Económico (España)


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