Nuevamente, el Congreso se prepara para modificar la Carta Orgánica del Banco Central de la República Argentina (BCRA). Esta vez, el péndulo va en el sentido de ponerle límites más estrictos al financiamiento del Estado respecto a la emisión monetaria, una práctica que en la Argentina estuvo muchas veces asociada a fuertes presiones inflacionarias.
En línea con ese objetivo, el proyecto vuelve a establecer como mandato principal del BCRA preservar el valor de la moneda y busca reforzar la autonomía de sus autoridades. Pero el cambio más importante es otro: prohibir que el Banco Central financie con emisión los desequilibrios del sector público.
Para eso, la iniciativa elimina los adelantos transitorios, es decir, los préstamos que el BCRA puede hacer directamente al Tesoro, y también prohíbe la compra de títulos públicos en el mercado primario.
A su vez, busca cerrar otros mecanismos que en el pasado permitieron utilizar el patrimonio del Banco Central para financiar al Estado, como la distribución de ganancias generadas por movimientos del tipo de cambio o por la revaluación de activos.
La lógica es sencilla: si el Estado gasta más de lo que recauda, deberá conseguir financiamiento o corregir ese desequilibrio, pero ya no podrá cubrirlo recurriendo a la emisión monetaria.
Es un cambio institucional importante. Pero la historia argentina obliga a hacerse una pregunta adicional: ¿alcanza con cerrar la puerta de la emisión para garantizar la estabilidad?
Una reforma de los ´90
La inflación no era una particularidad argentina. Durante buena parte del siglo 20, fue un problema recurrente en América latina. Sin embargo, entre fines de los años '80 y comienzos de los '90, muchos países impulsaron reformas estructurales tendientes a estabilizar sus economías.
Dentro de ellas, un componente clave fue fortalecer la independencia de sus bancos centrales y concentrar su mandato en la estabilidad de precios.
El resultado es que países que habían convivido durante décadas con inflaciones muy elevadas consiguieron estabilizar sus monedas y sostener esa estabilidad.
Argentina también recorrió ese camino. La reforma de la Carta Orgánica de 1992 otorgó al Banco Central un alto grado de autonomía y restringió fuertemente la posibilidad de financiar al sector público. Durante los años siguientes, la inflación dejó de ser un problema.
Sin embargo, mientras otros países consolidaron las instituciones que respaldan la estabilidad monetaria, Argentina terminó desarmándolas. La diferencia no estuvo en el diseño del Banco Central. Las causas del fracaso hay que buscarlas en otros factores.
¿Qué falló en Argentina?
La Convertibilidad y la Carta Orgánica del Banco Central pusieron fuertes límites al financiamiento del Estado con emisión. Pero eso no garantizaba el equilibrio fiscal. Si el Estado gastaba más de lo que recaudaba, debía corregir el desequilibrio o buscar otra fuente de financiamiento.
Durante los años noventa, esa fuente fue principalmente la deuda. La Nación y, especialmente, varias provincias acumularon pasivos para sostener déficits persistentes. Mientras hubo crédito, las correcciones pudieron postergarse. Cuando el financiamiento comenzó a escasear, los desequilibrios quedaron expuestos y fueron uno de los factores centrales de la crisis de 2001-2002.
La lección es clara: restringir al Banco Central no fue el problema. Una regla monetaria no puede sostener indefinidamente la estabilidad sin disciplina fiscal. Y en un país federal esa disciplina no depende solo de la Nación, sino también de las provincias y los municipios.
Después de la crisis, Argentina tomó el camino inverso. Las restricciones al financiamiento monetario comenzaron a flexibilizarse y el Banco Central volvió a ganar protagonismo como fuente de recursos para el Estado. El proceso culminó con la reforma de 2012, que amplió sus objetivos y las posibilidades de asistencia al sector público.
Con un gasto público creciente y cada vez menos acceso al crédito, una parte mayor del déficit terminó financiándose con emisión. El desequilibrio fiscal se trasladó así al plano monetario y alimentó una inflación cada vez más alta y persistente.
Argentina pasó, entonces, de una crisis asociada al exceso de endeudamiento a otra marcada por el financiamiento monetario del déficit. En ambos casos, el problema de fondo fue el mismo: la dificultad para sostener cuentas públicas compatibles con la estabilidad.
¿Cómo evitar repetir la historia?
La reforma que ahora debate el Congreso implica volver, en buena medida, a los criterios incorporados en los años noventa: un Banco Central con un mandato claro, mayor autonomía y fuertes restricciones para financiar al Estado. Es un giro institucional relevante y un paso importante para consolidar la estabilidad.
Pero la experiencia argentina también muestra sus límites. Ninguna ley puede impedir que, en el futuro, esas restricciones vuelvan a modificarse. Por eso, blindar al Banco Central debe ser parte de un ordenamiento más amplio de las cuentas públicas.
Una pieza central de ese ordenamiento es una mayor coordinación entre la Nación y las provincias. Eliminar superposiciones de funciones permitiría reducir gastos y mejorar servicios. También se podría avanzar en la integración de impuestos –por ejemplo, mediante un Súper-IVA que absorba Ingresos Brutos y tasas municipales sobre las ventas– para reducir la carga de tributos distorsivos.
Lo mismo ocurre con el sistema previsional, uno de los principales focos de presión sobre las finanzas públicas. Las dificultades que enfrentan varias provincias, incluida Córdoba, para contener déficits previsionales crecientes muestran los límites de avanzar de manera aislada.
Es un error suponer que, una vez alcanzada la estabilidad, cada provincia podrá ordenar sus cuentas por separado. Para consolidarla y recuperar el crecimiento, también es necesario ordenar las finanzas provinciales. Y, por la propia naturaleza federal de la Argentina, hacerlo de manera sostenible requiere coordinación con la Nación.
Virginia Giordano
Economista, coordinadora de Idesa
Ilustración Eric Zampieri
Fuente: https://www.lavoz.com.ar/negocios/blindar-banco-central-alcanza-asegurar-estabilidad_0_6EhRBuInVB.html

La reforma que debate el Congreso busca impedir que el Banco Central financie al Estado con emisión, pero la experiencia argentina muestra que esa regla, por sí sola, no garantiza la estabilidad. El desafío de fondo sigue siendo ordenar las cuentas públicas y coordinar ese esfuerzo entre la Nación y las provincias. 