Un objetivo ético, como es el de superar la pobreza, deja de serlo si no se utilizan los medios adecuados para lograrlo. Se hace necesario, entonces, clarificar la aparente contradicción existente entre libertad y cristianismo. En este sentido, debe entenderse que la libertad es tan esencial en la ética cristiana como en la economía.
MODERNIZACIÓN Y EFICIENCIA
Resulta imprescindible iniciar en el país una etapa de modernización y de eficiencia, que asegure la estabilidad y el crecimiento con miras al bienestar general. Está claro el agotamiento del modelo estatista, distribucionista, facilista y monetarista que ha fracasado en contener la inflación y en impulsar el crecimiento.
Para ello, debe haber una profunda conversión filosófica del rol del Estado y la revalorización del capital privado, de la libre iniciativa, de la libertad económica y de la sana competencia. En aquellos países donde se han aplicado estos principios, no sólo han solucionado los problemas de la pobreza, sino que se han desarrollado y prosperado, y han reducido la brecha existente entre ricos y pobres.
Nuestro país ha heredado de su cultura hispánica y católica un criterio de economía estática y, por ello mismo, distribucionista. Perduran en nuestra sociedad arraigadas convicciones anticrecimiento y antidesarrollo. Persisten conductas que afianzaron un paternalismo de Estado distributivo y facilista, que no sólo impidió nuestro crecimiento, sino que dañó nuestro cuerpo social con consecuencias éticas, culturales, políticas y económicas que nos han llevado a un creciente estancamiento; situación que, lamentablemente, en años recientes se acentuó.
Si la religión es la clave de la cultura y la economía es un valor cultural, deben cambiarse las modalidades y pautas culturales de los argentinos y, por ende, la cultura económica del país. S.S. el Papa emérito Benedicto XVI, los Cardenales Hoffner y Casaroli, y otros altos dignatarios han analizado este tema, especialmente, en el Simposio Iglesia y Economía, ante S.S. el Papa San Juan Pablo II (Roma, 1985), señalando que "las leyes de mercado son la forma de economía que mejor responde a la Doctrina Social Católica".
En consecuencia, no se obedece a esa doctrina cuando se privilegia al Estado, al control de precios, a la fijación administrativa de salarios, a la actividad empresaria estatal y a todas las ideas retrógradas y empobrecedoras que la sostienen.
Debe revalorizarse, asimismo, el insustituible rol de las empresas y de los empresarios en la construcción, en el desarrollo y en el crecimiento de la sociedad, la libertad de asociación -en su sentido más amplio-, que incluye la libertad sindical, y la verdadera defensa de los derechos humanos, para todos y sin estar parcializada o teñida por una determinada circunstancia histórica, como ha venido sucediendo.
Estas libertades, como sostiene Maritain en Cristianismo y Democracia, y lo demuestra la experiencia mundial, llegaron a encarnarse en nuestra civilización temporal de la mano del liberalismo. En nuestro país, cuando imperaron las mismas, supimos ser una de las naciones de mayor crecimiento y desarrollo económico y cultural, se combatió el analfabetismo y se redujo sensiblemente la pobreza.
Lamentablemente, por diversos motivos, ese rumbo se perdió. Debemos reencauzar al país por esa senda, para volver a ser una nación pujante y, de este modo, poder combatir realmente la pobreza. Insistir en las políticas actuales sólo nos hará más pobres a todos.
(*) Los autores son dirigentes del Partido Demócrata Nacional.



