Nunca nos había pasado nada semejante, pero es bien cierto aquello de que siempre hay una primera vez. De la declamada soberanía nacional, en este insólito capítulo, ni noticias.
Pero ocurre que el presidente de México tiene también algunas otras ideas que podría valer la pena analizar brevemente y, quizás, hasta tratar de imitar.
Como la de convocar a un referendo para que el pueblo mexicano decida si hay que juzgar, o no, a sus predecesores por el delito de corrupción.
Esto no sucede en México. A los ex presidentes tradicionalmente se los dejaba tranquilos, gozando de lo que, de pronto, podían haber obtenido fuera de la ley durante su pasada alta gestión, con frecuencia muy provechosa personalmente para ellos. Una suerte de perverso bonus, entonces.
El domingo 1 de agosto pasado, los mejicanos concurrieron a las urnas para, entre otras cosas, votar específicamente esa propuesta de referendo. La sorpresiva y excepcional iniciativa apuntada no despertó, al tiempo de ser implementada, entusiasmo entre los votantes.
Todavía a nuestro actual inusual presidente-testaferro no se lo ocurrió tratar de reproducirla en nuestro país. Lo que no es demasiado sorprendente, a la luz de las recientes revelaciones en relación con las curiosas asesoras de su pareja presidencial.
Ocurre que su objetivo central y hasta la razón misma de haber alcanzado la presidencia es totalmente opuesto: esto es, obtener, a cualquier precio que sea, la impunidad de su vicepresidente frente a la cual la llamada “Causa de los cuadernos” no deja dudas en el sentido de que su posición frente a las acusaciones de corrupción es, por lo menos, delicada. Y que, por ello, debiera aclarase.
No logró los votos
Pero, volvamos a México. Allí el referendo sobre la corrupción de los ex presidentes no logró los votos requeridos. No despertó, entonces, mayor interés en la gente.
La participación efectiva en la consulta fue pobre, apenas del 7,5%, muy por debajo del requerido 40% para que el proceso fuera válido.
De los pocos que votaron, entre los más de 93 millones de mexicanos autorizados para hacerlo, entre un sólido 89% y un 96% votaron por el sí. Lo que no alcanzó, queda visto.
La principal promesa electoral de López Obrador, precisamente la de erradicar la corrupción, ha quedado ahora trunca. No obtuvo respaldo popular en un pueblo sin entusiasmo, que no creyó en su necesidad. Todo un símbolo. Y un bastante inequívoco mensaje.
Ocurre que muchos creyeron que el referendo convocado apuntaba políticamente a otra cosa. A lastimar a Felipe Calderón y a Vicente Fox, dos ex presidentes mexicanos que hoy son muy críticos de la poco atractiva gestión del izquierdista presidente azteca, López Obrador.
México tiene nada menos que seis ex presidentes vivos. El mayor de ellos, Luis Echeverría, está ya al final de sus días.
Los plazos de prescripción para las acciones legales han corrido ya, en exceso. Para la oposición, el fracaso del referendo revela que los mexicanos han dejado de creer en un presidente que revuelve profundamente el pasado para así distraer, esto es disimular, el fracaso de su actual gestión, que está en marcha.
Cabe reflexionar si lo sucedido en México no confirma aquello, tantas veces repetido, de que la corrupción no es sólo una enfermedad propia de la “clase política”, sino que es mucho más que eso: por lo que debe reconocerse que es un mal que afecta a la sociedad toda, que llega a pensar que ella forma realmente parte de un “estilo de vida” y de una “forma de gobernar”, razón por la cual no la condena, como debiera. El Papa Francisco, en su libro Corrupción y Pecado, es contundente al señalar “la corrupción no es un acto sino un estado personal y social en el que uno se acostumbra a vivir”.
Está flotando en el escenario, en silencio, alimentando constantemente la incredulidad y las desconfianzas. Pero está allí, y con alguna frecuencia es visible. Enquistada entre nosotros, saturando todo. Empantanando los valores y desdibujando los ideales.
Aparece constantemente, como desafío mayor al que, sin embargo, siempre postergamos, mal que nos pese. La corrupción es, con frecuencia, la expresión cruda de un abuso de poder utilizado para beneficio propio.
López Obrador se refiere a ella constantemente. Cual obsesión, con la que alimenta una retórica irreemplazable.
Un fracaso
Pero está fracasando notoriamente cuando de tratar de convencer a su pueblo acerca de la necesidad de desprenderse quirúrgicamente de ella, con la urgencia que el mal requiere.
En cambio, como sucede también en la Argentina, la impunidad de alguna manera se tolera y hasta se privilegia. Por esto quizás, seis de cada diez mexicanos ya no creen en su presidente y lo expresan frente a los encuestadores.
Hay una gran falta de interés en dar un combate en el que no necesariamente creen. La clásica subordinación política y, además, la posibilidad real de recibir toda suerte de represalias por parte de los afectados contribuye al fracaso de los esfuerzos mexicanos por desterrarla.
Todo esto pese a que las encuestas también sugieren que los mexicanos creen que López Obrador ha hecho poco y nada para luchar efectivamente -y con algunas posibilidades de éxito- contra la corrupción que aqueja a casi toda nuestra lastimada región.
No obstante, para el 54% de los mexicanos, según sugieren las actuales encuestas de opinión, la corrupción es “el principal problema” que afecta a su país y anula sus posibilidades de crecimiento sano.
“Plus ça change, plus c’ést la meme chose”, queda visto.
(#) Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas



