Podemos tener diferentes opiniones de su política, de su forma de hacer política, de si nos cae bien o mal, pero el hecho es que el Presidente norteamericano Donald Trump se ha transformado en el líder de esta guerra que hay que dar contra este flagelo. Y esta lucha titánica no la ha comenzado recién ahora, en su segundo mandato.
Ya en su primera presidencia entre los años 2017 al 2021 se enfrentó a las epidemias mortales de la heroína, del fentanilo, de la cocaína, tratando también de reducir la gigantesca producción nacional de marihuana, la más grande del planeta. Hay que tener en cuenta que los EE.UU., de acuerdo a cifras de la UNIDOC, oficina especializada de las Naciones Unidas, es el mayor consumidor del mundo de opiáceos y cannabis, registrando anualmente la cifra de más de 100.000 muertes por sobredosis de alucinógenos.
Trump no pudo obtener en su primer mandato el éxito esperado debido a la poca colaboración de la oposición política; debido también a los poderosos intereses de la industria farmacéutica y de la banca nacional e internacional y a los contubernios del Deep State de su propio país, sin hablar de la nula colaboración de China, el gran productor de fentanilo, ni de su propio vecino México que está en manos del narcoterrorismo. Esto hace comprensible su impaciencia en lograr éxitos, incluyendo ahora a las fuerzas armadas en esta titánica lucha.
Con este trasfondo debemos entender la decidida guerra de la actual Administración Trump contra el narcoterrorismo internacional, una guerra frontal que debería interesarnos, y mucho, por el futuro de nuestras instituciones democráticas, por los derechos humanos y por el futuro de nuestros hijos. En estos días tenemos frente a nuestros ojos las horripilantes escenas de Rio de Janeiro, que nos muestran la realidad subyacente de un Estado fallido, en las garras del narcotráfico que se extenderá a todo el país si no se toman las drásticas medidas necesarias que un Lula nunca tomará.
Afortunadamente estamos asistiendo en nuestro continente a una brisa de recambio democrático y de sensatez política que nos auguraría un futuro mejor, y la actual Administración de Donald Trump, debemos reconocer, juega a nuestro favor en nuestra lucha contra el flagelo del narcotráfico y narcoterrorismo.
¿Y cómo se llegó a este enfrentamiento bélico contra el flagelo que representa el narcoterrorismo internacional y en el cual están íntimamente entrelazados, involucrados, los intereses de EE.UU. y los de Latinoamérica, EE.UU. siendo el gran consumidor y Latinoamérica el gran productor? Para explicarnos esta triste y peligrosa realidad tenemos necesariamente que remontarnos algunos decenios atrás, allá por los años 60 y 70, a la llamada “ bonanza marimbera”, principalmente en Colombia. “Marimbera” porque así se llamaba al cannabis en ese país y que coincidía con la época de oro de la cultura hippie en los EEUU.
Entonces en Colombia ya se comenzaba a sustituir el café por las plantas de canabis debido a la gran demanda norteamericana, que fue en gran parte estimulada por el envío de los llamados “Cuerpos de Paz”, jóvenes norteamericanos que llegaron al país en el marco de un programa de ayuda del Presidente J.F.Kennedy allá por el año 1961 y que debían implementar proyectos rurales en el país.
Estos jóvenes, muchos de ellos ya adictos al consumo de la marihuana, se dedicaron más bien a extender y mejorar el cultivo del cannabis, marcando nuevas rutas de envío a los EEUU, algunas veces en colaboración con mafias locales. Esta fue parte de la llamada “bonanza marimbera”. Aquellos jóvenes son hoy en día los llamados “baby boomers”.
Un popular gobernador de la zona del Valle del Cauca, Gustavo Alvarez Gardeazábal, definió a estos jóvenes del Peace Corps americano como “gringos pichicateros” que no trajeron nada bueno al país. A mediados de los años 70, cuando la bonanza marimbera llegaba a su fin, los dos gobiernos, el norteamericano y el colombiano, decidieron finalmente coordinar sus esfuerzos para enfrentarse al incipiente peligro del narcotráfico y narcoterrorismo llevando al entonces presidente Nixon a declarar la guerra contra las drogas y nombrar el consumo de estupefacientes como el enemigo público nr. 1 de los Estados Unidos.
Pasaron los años y ni las Administraciones norteamericanas ni las Administraciones de varios países latinoamericanos hicieron gran cosa para limitar la producción y el lucrativo negocio del narcotráfico, que trajo como consecuencia la formación de nuevos incipientes Narcoestados y de poderosos grupos mafiosos que entraron a dominar y corromper la política en varios países como lo son los casos de Brasil, Uruguay, Costa Rica y otros más.
Hace muy pocos días Brasil mostró al mundo horrorosas imágenes del poder ilimitado del narcoterrorismo internacional que domina no sólo la hermosa ciudad de Rio de Janeiro sino vastas zonas del país. La conjunción del narcoterrorismo con gobiernos corruptos, adeptos a la ideología del socialismo del siglo 21, es una bomba de tiempo para las democracias de nuestro hemisferio, lo vemos en Venezuela, lo vemos en México y otros países latinoamericanos.
En su primer mandato, Trump no logró el éxito esperado en su lucha contra los poderosos carteles internacionales del narcotráfico que tienen dentro de su propio país poderosos aliados agazapados en el Deep State norteamericano que se enriquecen a través de empresas, consorcios, bancos y que tienen en el maléfico y todopoderoso George Soros su figura más destacada.
Por todos estos factores, en su segundo mandato es comprensible su impaciencia por lograr éxitos en su lucha frontal contra el narcoterrorismo internacional, definiendo su accionar ahora como una guerra, movilizando a las fuerzas armadas de su país. Pete Hegseth, su Ministro de Defensa, que ahora pasó a llamarse Ministro de Guerra, expresa claramente la idea de Trump diciendo: “Esta misión defiende a nuestra patria, expulsa a los narcoterroristas de nuestro hemisferio y protege a nuestra patria de las drogas que están matando a nuestra gente. El hemisferio occidental es la vecindad de Estados Unidos y la protegeremos.”
El anuncio de estos días de implementar una operación llamada Operación Lanza del Sur, muestra la estrategia futura de Trump que abarcaría a todo el hemisferio y no sólo a Venezuela o Colombia. El mensaje es bien claro.
Es evidente el trasfondo geopolítico de este mensaje para nuestra América Latina y el involucramiento futuro de los Estados Unidos en nuestra cruenta guerra contra el narcoterrorismo que está destruyendo nuestro tejido social y nuestras libertades, asediados además por la nefasta influencia de regímenes totalitarios como lo son la China comunista y la Rusia totalitaria que están adquiriendo cada vez más peso en nuestra región.
Nada en contra de un apoyo, una ayuda del vecino del Norte en sacar al nefasto narcotráfico y narcoterrorismo de nuestros castigados países, puede ser beneficiosa porque Estados Unidos con todas sus contradicciones y problemas sigue siendo una democracia occidental a la que bien podemos acercarnos manteniendo, eso si, nuestra soberanía.
Subeditor de Internacionales de Tribuna de Periodistas

