La nueva e importante enseñanza del papa León XIV sobre salvaguardar la humanidad en la era de la inteligencia artificial es un documento con visión de futuro, que llega al borde de lo que muchos consideran una nueva era tecnológica que remodelará la vida humana de manera profunda.
Magnifica Humanitas, o “magnífica humanidad”, es la primera encíclica del Papa estadounidense, un documento que se considera una de las enseñanzas papales más significativas.
León firmó Magnifica Humanitas en el 135 aniversario de Rerum Novarum, conocida como “Sobre la situación de los obreros”. Esa encíclica, sobre el trabajo en el contexto de la Revolución Industrial, fue escrita por el papa León XIII, quien inspiró el nombre papal de León XIV. Al igual que su predecesor del siglo XIX, el papa actual aborda conscientemente lo que se espera que sea uno de los problemas más acuciantes a los que se enfrente la humanidad a lo largo de su papado.
La carta abierta de 42.300 palabras dirigida a los 1400 millones de católicos del mundo abarca mucho terreno. He aquí algunos de los temas y argumentos destacados de León.
La IA es fundamentalmente no humana
Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad.
León describe el campo de la inteligencia artificial como un área en rápida evolución, y con una promesa real como una “ayuda valiosa”. Sin embargo, a lo largo del texto, subraya que, en un nivel profundo, la inteligencia artificial no es humana, por mucho que se aproxime a la mente humana e incluso a su alma.
Este punto de vista marca una clara diferencia entre máquinas y humanos. Contrarresta directamente el punto de vista de algunos investigadores y pensadores de la IA, incluidos algunos de los presentes en la sala, que recientemente han planteado cuestiones sobre si los sistemas de IA pueden realmente sentir o expresar emociones humanas.
Las prácticas laborales humanas y los salarios justos siguen siendo esenciales
Las diversas formas de precariedad, la fragmentación de las trayectorias profesionales y la automatización no pueden evaluarse únicamente en términos de eficiencia, sino partiendo de la dignidad del trabajador, del derecho a una remuneración suficiente y de la posibilidad efectiva de participar en la vida social.
La IA ya ha desplazado muchos empleos de nivel básico, y aunque el alcance final de su eventual impacto aún no está nada claro, es probable que la automatización masiva tanto del trabajo administrativo como del trabajo manual reconfigure significativamente la mayoría de los sectores del mercado laboral.
Haciéndose eco de muchos de sus predecesores, incluido el Papa Juan Pablo II, León reconoce que los sistemas económicos y tecnológicos pueden sufrir trastornos radicales a lo largo de la historia, pero insiste en que la dignidad esencial del trabajador —que incluye unos salarios justos— debe permanecer en el centro de cualquier nuevo orden.
En otro apartado, condena las “nuevas formas de esclavitud” relacionadas con la economía digital, incluidos los jóvenes que trabajan por un salario mínimo en empleos como el etiquetado de datos y la moderación de contenidos, y los aún más jóvenes que trabajan en condiciones peligrosas al extraer los materiales de tierras raras que requiere la industria: “Cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa”.
Ninguna tecnología puede arrebatar la dignidad de los seres humanos comunes y corrientes
Estamos viviendo una rápida fase de transición, un “cambio de época” en el que —mientras algunos se disputan el futuro de las nuevas tecnologías y otros se dedican a reflexionar sobre ellas— la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien.
El Vaticano invitó el lunes a personas de Silicon Valley a la presentación formal de la encíclica, entre ellas, en particular, Christopher Olah, cofundador de Anthropic, quien participó en la presentación.
Pero la propia encíclica recuerda a los lectores que los aspirantes a protagonistas de la historia que se encuentran en la sala no son los únicos que tienen valor. La mayor parte de la población mundial simplemente tendrá que vivir con las consecuencias de cómo esos líderes dirijan esta revolución tecnológica. Magnifica Humanitas insiste en que cada una de esas personas que “observa desde lejos” importa.
“El valor de la persona no depende de lo que realiza o produce”, escribe León en otra parte del texto. “Existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas”. El documento utiliza la palabra “dignidad” 100 veces.
Cuidado con la tentación de erigir una nueva torre de Babel
Con ánimo de pastor y de padre, pido a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar.
La historia bíblica de la torre de Babel se repite como piedra de toque. El relato aparece en el Libro del Génesis, y describe un mundo en el que una población humana unificada que habla solo una lengua decide construir una torre “cuya cúspide llegue al cielo” para ejercer su propio poder y dominación.
En respuesta, Dios dispersa a la gente por la tierra, en lo que sirve como relato del origen de la existencia de diferentes lenguas y culturas.
León utiliza la torre de Babel como ilustración de los escollos de perseguir la uniformidad y la estandarización, y de los límites de las empresas ambiciosas que parecen capaces de competir con las pretensiones de la religión. A medida que muchos aspectos de la cultura global se homogeneizan, y la tecnología se convierte en una especie de lenguaje universal, el llamado de León a la humildad y la diversidad contrasta. También es un recordatorio de que muchos de los retos éticos y sociales aparentemente nuevos que plantea la IA tienen raíces antiguas.
El Papa cita investigaciones y hace recomendaciones concretas
En los últimos años, la literatura psicológica y psiquiátrica ha documentado con creciente insistencia cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos digitales y a las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, a la atención, a la regulación emocional y a las relaciones, especialmente en las edades más vulnerables, con consecuencias a veces dramáticas.
A pesar de toda su arrolladora fuerza moral, Magnifica Humanitas es también un documento práctico, que muestra cómo León se enfoca en el cuidado pastoral de los cientos de millones de familias de la Iglesia. Analiza la investigación sobre el impacto de la tecnología en el desarrollo infantil, incluido cómo el acceso temprano y sin supervisión a los teléfonos móviles deja a los niños vulnerables a la adicción, el acoso y la explotación sexual. Otros temas son la regulación de la propiedad de los datos y el uso de armas relacionadas con la IA en la guerra.
La vida (humana) es bella
Por eso la humanidad —magnífica y herida— no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor.
El título de Magnifica Humanitas lo dice todo: al final, a León le interesa menos la tecnología que la humanidad. Los humanos somos defectuosos, vulnerables y finitos, escribe el papa. Somos cada vez más inferiores a la tecnología que hemos creado, si la medimos solo en fríos términos de rendimiento. Pero el papa escribe con gran afecto por los humanos. El texto termina con un deseo de que “podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios”.


