Sábado, 12 Septiembre 2026 00:35

Por qué da miedo Alemania (y no solo la de extrema derecha) – Por Massimo Nava

¿Crisis de la seguridad jurídica de Uruguay?

«Si se produjera una gran crisis económica, los demócratas serían los primeros en ser acusados». Así lo afirmó Simon Wiesenthal, el famoso cazador de criminales nazis.

Partamos de estas palabras premonitorias sobre la tragedia de una Europa a merced del Tercer Reich para preguntarnos si lo que debería hacernos reflexionar y infundirnos temor no es tanto el éxito electoral de la extrema derecha alemana como la profunda crisis social, económica y cultural de la Alemania actual, de la que la AfD es «solo» un síntoma.

 

Una crisis cuyos desarrollos y las medidas adoptadas hasta ahora por la clase dirigente pueden tener consecuencias de lo más imprevisibles y dramáticas, empezando por la tentación de la «colaboración» gubernamental.

Como es sabido, la sociedad alemana basa su cohesión en una serie de certezas: eficiencia, orden, planificación y seguridad. Y en la solidez de los principios democráticos que impregnan la cultura y la memoria de generaciones que se han enfrentado a la Historia. Cuando estos principios desaparecen o se debilitan, y ceden el paso a otras prioridades colectivas, todo es posible. Y ya ha ocurrido.

Un ejemplo emblemático es el sector del automóvil, pilar de la economía del país, también por los enormes sectores relacionados con él, como el de los proveedores, el de los componentes y el de la investigación. La crisis energética, la competencia china, el cierre del mercado ruso a causa de la guerra y la apuesta excesiva y fallida por la «electrificación total» han reducido drásticamente los beneficios y las ventas, y han sumido en el pánico a millones de trabajadores del sector.

La respuesta de los poderes políticos es, en la actualidad, la reconversión de la industria automovilística en industria militar, como paso decisivo en el gran plan de rearme acordado tras la invasión rusa de Ucrania e impulsado por el canciller Friedrich Merz, quien ha expresado su ambición de convertir a Alemania en la potencia militar más fuerte de Europa. Esto conlleva inversiones de cientos de miles de millones en defensa y en la reconversión de fábricas, no solo de automoción, e independientemente de la cooperación con otros países (en particular, Francia y Gran Bretaña) en el marco de los proyectos de defensa europea y de la OTAN. Estos también existen, pero Alemania está actuando por su cuenta en todos los frentes.

En los últimos días se ha conocido la noticia de que Volkswagen, tras anunciar la supresión de cien mil puestos de trabajo, intenta salvar lo que se pueda transformando una de sus plantas —la de Osnabrück, en Baja Sajonia— en una fábrica de equipos para la defensa aérea. El acuerdo prevé la entrada del fondo de inversión israelí Aurelius Capital, especializado en tecnologías de defensa, como accionista mayoritario de la filial de Volkswagen en Osnabrück. Hasta hace poco, de estos talleres salían algunos modelos de Porsche.

El caso de Volkswagen no es el único. Es muy probable que pronto veamos tanques y vehículos militares fabricados a partir de plataformas de coches de serie. Alemania prácticamente ha duplicado su presupuesto militar y se ha comprometido a modernizar el ejército, la Bundeswehr.

Los alcaldes y los gobiernos regionales han participado en las negociaciones sobre los programas y han aprobado los proyectos. El gasto militar garantiza, en esencia, desarrollo y puestos de trabajo. Schaeffler, uno de los principales fabricantes mundiales de componentes para automóviles (desde motores hasta rodamientos de bolas), se está reconvirtiendo a la producción de motores para drones.

Otro caso emblemático es el resurgimiento de Rheinmetall, una fábrica de armas que llevaba décadas en agonía y cuyo valor bursátil se ha multiplicado por diez en los últimos cuatro años, gracias al aumento exponencial de los pedidos.

Además, ha abierto nuevas plantas en varios países del Este, en una clara estrategia de integración con la Bundeswehr. Rheinmetall ya colabora activamente con Ucrania en lo que respecta al mantenimiento de algunos productos y a la fabricación de drones.

Para este esfuerzo militar, Alemania no ha dudado en romper las estrictas normas del presupuesto federal y poner en tela de juicio la tradición pacifista que ha marcado la cultura de la posguerra, a pesar de su sólido arraigo en la OTAN. Hasta ayer, los informes hablaban de un ejército alemán en condiciones precarias y de armamento en parte obsoleto. Hoy, gracias a la inversión de cientos de miles de millones de fondos públicos y con el apoyo de la gran industria, todo ha cambiado. Alemania ya es líder mundial en la producción de carros de combate, tecnologías de defensa aérea y artillería pesada. Además, la reconversión militar atrae capital de inversión procedente de Europa, Estados Unidos y los países árabes.

Si la producción militar se expande y se reorganiza, es necesario también que el mercado ofrezca respuestas y garantías a largo plazo. La prolongación de la guerra en Ucrania, el énfasis diario en las amenazas rusas y la ya consolidada ruptura de las relaciones con el Kremlin descartan, a corto plazo, un cambio de tendencia.

La carrera por el rearme no suscita un consenso especial entre los alemanes, más preocupados por otras cuestiones, como la inflación, la factura energética y las oleadas migratorias. Y la oposición al gasto militar también ha sido el eje central de la propaganda electoral de la extrema derecha de la AfD, un movimiento considerado, entre otras cosas, antucraniano y prorruso.

Pero los sentimientos que se reflejan en las urnas no son tan claros y las consecuencias pueden ser impredecibles, sobre todo si se rompe el dique de los partidos democráticos frente a la colaboración gubernamental con el fantasma negro. Hasta ayer, una perspectiva así estaba descartada y el debate giraba en torno a la posibilidad de ilegalizar a la AfD en virtud de las normas constitucionales. Pero hoy en día resulta impensable prohibir un partido que ya es el primero en muchas regiones y que pronto lo será en toda Alemania.

¿Alguien recuerda la marcha parlamentaria del nazismo, la primera coalición con el partido de Hitler y el hecho de que, pocos meses después, la democracia había sido desmantelada?

Todo ello tuvo lugar en medio de una terrible crisis económica y social, mientras que agitadores profesionales y la propaganda política señalaban a «enemigos del pueblo», chivos expiatorios, amenazas externas y peligros para la nación que justificaban la necesidad de defensa, rearme y renacimiento cultural.

Pero si un partido de extrema derecha, xenófobo y antidemocrático obtiene el 44 % de los votos, ¿qué sentido pueden tener hoy en día la salvaguarda de la democracia y la exclusión del juego político? ¿Sobre todo teniendo en cuenta que el éxito de la AfD ha sembrado entre las clases populares un sentimiento de exclusión y la convicción de que la democracia ya no funciona?

Por otra parte, la victoria de la extrema derecha en Alemania Oriental ha dado un nuevo impulso a los partidos de extrema derecha que esperan ganar las elecciones en otras partes de Europa.

La Constitución alemana de la posguerra cuenta con un sólido arsenal de instrumentos para combatir el extremismo. Pero si se margina a un partido, también sus votantes se sienten marginados. Ahora es probable que se intensifique también en Alemania una tendencia europea: la carrera de los partidos moderados y de la derecha democrática por recuperar al electorado, con una oferta política más acorde con los sentimientos generalizados, sobre todo en materia de seguridad e inmigración.

Pero existe el riesgo de que los votantes prefieran el original a las copias. («Como tantos otros en Europa, Merz creyó que podía derrotar a la extrema derecha en su propio terreno, adoptando una postura agresiva contra los migrantes, lo que de hecho supuso un golpe a uno de los grandes logros de Europa: el espacio sin fronteras de Schengen. No ha servido para nada, salvo para perjudicar a la UE y legitimar aún más a la AfD (como nos enseña el ejemplo de Austria)», ha escrito hoy, en un editorial, el corresponsal de "Avvenire" en Berlín).

Como escribió Stefan Zweig, refiriéndose a la catástrofe europea: «El nacionalsocialismo siempre se guardó mucho de proclamar todo el radicalismo de sus objetivos antes de haber acostumbrado al mundo a ellos. Este era su prudente método: una dosis seguida de una pequeña pausa, y luego otra dosis. Una pastilla y un momento de espera, para ver si no era demasiado fuerte, si la conciencia mundial toleraba esa dosis».

Después, las dosis se hicieron más fuertes.

Fuente: www.corriere.it  

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