El presidente de EE UU, Donald Trump, recibe a su homólogo ruso, Vladímir Putin, en una base aérea en Achorage, Alaska, en agosto de 2025.
Vladímir Putin se halla en dificultad. La guerra en Ucrania no le va bien, las bajas son una hemorragia impresionante, el malestar de la sociedad rusa crece en medio de serias dificultades económicas, la perplejidad de la corte del Kremlin ante la ineficacia del líder se intensifica.
Su respuesta, de momento, está siendo la de siempre: una escalada. Contra Ucrania, con más misiles; contra su ciudadanía, con más represión; y contra la UE, con ataques, amenazas y provocaciones de distinto tipo ―sabotajes, ciber, incursiones―, cada vez más atrevidos y peligrosos.
Esta última veta tiene distintas motivaciones. Una es debilitar en Europa el consenso al respaldo a Ucrania, fomentando una sensación de riesgo, el sentimiento de que es mejor no meterse en líos. Retirada la ayuda de EE UU, es la UE la que sostiene la defensa de Kiev, y para Putin es fundamental quebrar ese pilar.
Otra motivación es sembrar la discordia y el caos en el seno de las sociedades europeas, para que sean litigiosas e ineficaces. Otra más, generar división dentro de la UE, para que no proceda en el camino de integración, que es su mayor fuerza. Putin percibe que puede escalar porque los europeos no tienen una clara opción de respuesta.
La inquietud por esta deriva de escalada rusa es palpable en las declaraciones públicas de dirigentes y diplomáticos de algunos países europeos ―y aún más en algunas conversaciones privadas―.
Sería una enorme ingenuidad infravalorar estos riesgos. Putin es, antes que nada, un agente del KGB, y tiene una propensión natural a desarrollar estas tácticas. Pero el error realmente existencial es no conectar esta amenaza con las otras dos procedentes de las superpotencias mundiales: Estados Unidos y China. Ellos también, con distintos matices, desean desintegrar o debilitar a la UE, y actúan, con distintas tácticas, para destruirla o degradarla.
Recibe Apuntes de geopolítica, las claves de la actualidad internacional de la mano de Andrea Rizzi
En el caso de Estados Unidos, el asunto es explícito. La nueva estrategia nacional de seguridad de Washington expresa sin rodeos la intención de “cultivar la resistencia” a la UE, descrita sustancialmente como un adversario.
En este caso, la acción procede por la vía de intentos de apoyo político y tecnológico a formaciones nacionalistas europeas que son eurófobas. La toxicidad de Trump ha complicado la operación. El rechazo que provoca en Europa es de tanta amplitud que muchos ultranacionalistas prefieren guardar las distancias. Pero hay margen para jugadas de apoyo, y el terreno de X sigue bien inclinado a su favor.
No es ninguna casualidad que J. D. Vance, en su célebre discurso de la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025, sostuviera que el mayor peligro para Europa no son los cohetes de Putin, sino la presunta censura de la libertad de expresión ―es decir, la acción para frenar las manipulaciones de las derechas extremas y de quienes inclinan el terreno en su favor―.
No es tampoco ninguna casualidad que, en estos días, la Administración de Trump se quiera personar para apoyar a Musk en un juicio ante tribunales europeos por una multa contra X. Tampoco lo es que, mientras estudia retirar tropas de Europa ―castigando a ciertos países―, anuncie posibles nuevos despliegues pactados con dirigentes amigos ―el presidente, que no el primer ministro, de Polonia―.
Lo que quieren Trump, los trumpistas y los tecnomagnates es reventar la UE, que representa una fuerza normativa y sancionatoria de contención, y que mantiene vivo ―aun con grandísimos defectos― un ideal de democracia y multilateralismo que ellos aborrecen, prefiriendo la ley de la fuerza que les favorece.
En el caso de China, el asunto es mucho más implícito. Pekín celebra cumbres periódicas con la UE y manifiesta un interés en cooperar con ella. No desea que sufra una depresión económica, al tratarse de un cliente fundamental para sus exportaciones. Le interesa que los europeos se alejen de EE UU, y para ello un cierto grado de coordinación intraeuropea es oportuno.
Pero solo los ingenuos o los malintencionados no ven que Pekín no desea una UE unida y fuerte, porque esta podría plantarle cara con mucha eficacia en su estrategia de dominación industrial mundial; que prefiere dividirnos y debilitarnos. Lo hace de muchas maneras.
Es evidente la habilidad con la cual ha jugado a tratar con nosotros de uno en uno; ha dado balones de oxígeno a quienes se oponen al proyecto común ―como con las impresionantes inversiones en la Hungría de Orbán―; ha aprovechado ángulos ciegos de la relación comercial para bombear su músculo industrial y destrozar nuestro tejido a base de su talento y esfuerzo, pero también de subsidios monstruosos, dumping, cesiones forzosas o directamente robo de propiedad intelectual.
En altas esferas de la política europea no falta quien cree que, entre muchos otros motivos, el apoyo de China a Rusia en su invasión de Ucrania también se debe al deseo de desgastar a la UE, obligándola a emplearse en esa defensa de emergencia en vez de poderse concentrar, en paz, en desarrollar su competitividad.
Pensar que las tres acciones responden a un marco común coordinado sería un exceso conspiranoico. No fijarse en su contemporaneidad, en el efecto multiplicador de la coincidencia, y en la dulzura con la que Trump trata a Xi mientras invita a Putin al G-20 es una estupidez suicida.
También lo es no considerar bien lo que ello supone en el calendario electoral de vértigo que se acerca en Europa. Los ciudadanos dirán. Lo que está claro es que esos tres líderes ―Putin, Trump y Xi― estarán encantados si ganan las ultraderechas que obstaculizan la integración de la UE.
Fuente: https://elpais.com/internacional/2026-09-27/como-putin-trump-y-xi-buscan-que-la-ue-fracase.html


