La mayor tensión se observa en Venezuela y sus zonas aledañas, donde el régimen de Maduro ha decidido romper con el cerco establecido por los países con regímenes democráticos liberales encabezados por los Estados Unidos, y otros gobiernos de países vecinos, como Colombia y Brasil.
Los sucesos comenzaron a cobrar magnitud con dos hechos ocurridos hace diez días, pero que recién ahora están mostrando su alcance.
El primero de ellos fue la culminación, el cinco de febrero último, de la notable gira del presidente encargado de Venezuela, Juan Guaidó, por las principales capitales del mundo occidental, con un remate de película: su presentación ante el Capitolio de los Estados Unidos, de la mano del presidente Donald Trump, donde fue aplaudido por las dos bancadas (republicana y demócrata) de pie, durante largos minutos, como homenaje a su valiente defensa de la libertad y de la democracia en Venezuela.
Posteriormente fue recibido en la Casa Blanca, en reunión privada, de más de una hora de duración, por el presidente de los Estados Unidos, lo cual constituyó un espaldarazo notable a su investidura, como presidente encargado del país caribeño.
En forma casi simultánea, Maduro recibió en Caracas al canciller ruso, Sergei Lavrov, quien le prometió ayuda económica y militar rusa para poder sortear con mayor comodidad las duras horas de conflicto que se avecinaban.
Esto ocurrió entre el jueves 6 y el viernes 7 de febrero últimos.
Una clásica jugada del ajedrez geopolítico: si el Capitolio y Donald Trump apoyan con todo a Juan Guaidó, Rusia manda a Caracas a su canciller para apoyar enfáticamente a Maduro.
Pero aquí se cruzaron también otras razones: Rusia quiere recuperar todo lo que ha invertido en Venezuela, y Maduro no tiene una moneda, salvo aquellas que, en cuentagotas, le adelantan los rusos a cuenta de compras de petróleo pesado que luego deben refinar en la India. Algunos observadores calculan que las inversiones rusas en el país caribeño ascienden a unos 45.000 millones de dólares, de los cuales Maduro no les puede devolver nada.
Rusia también tiene interés en los yacimientos de oro y litio de Venezuela, pero también hay que invertir mucho para poder explotarlo, y la seguridad jurídica que ofrece el gobierno de Maduro en estos momentos es también prácticamente cero. Es un presidente elegido en elecciones completamente fraudulentas, con las manos manchadas con demasiada sangre de opositores políticos torturados y muertos, como lo atestiguan miles de informes en la Corte Internacional de la Haya y en las Naciones Unidas.
COMPROMISO
En realidad es muy posible que Putin quisiera obtener algún tipo de compromiso, con Donald Trump, para asegurarse el recupero total, o de parte de su inversión en Venezuela. A Rusia, en este momento, no le sobra demasiado capital como para seguir invirtiendo a fondo perdido en un país inviable económica y politicamente.
Si, en las condiciones actuales, Rusia no puede sostener la economía venezolana, mucho menos podrá enfrentar un ataque militar a Venezuela por parte de los Estados Unidos.
Pero la mesa de arena de este conflicto económico, militar y político que plantea Venezuela, muestra la aparición en escena de los dos líderes mundiales más poderosos de la actualidad: Putin y Donald Trump, y también su muy especial relación humana y política.
Analistas muy conocedores de la forma de actuar de ambos líderes anotan que, en la enorme catarata de twits firmados por Trump no hay uno solo donde se haya referido peyorativamente a Putin, jamás. Y Putin también guarda notablemente las formas cuando se refiere a Trump.
Aunque tienen grandes diferencias y son competidores en muchos lugares del mundo, casi siempre buscan aliarse en lugar de confrontar. Venezuela, en ese caso, no sería una excepción. Salvo que no llegara a ningún tipo de entendimiento con Trump, cosa que todavía está por verse.
LA CLAVE ES UCRANIA
Las mayores preocupaciones de Putin están claramente en Ucrania, donde tiene una tremenda disputa por la Península de Crimea y el puerto de Sebastopol, tradicionalmente, durante siglos, ocupados y administrados por el Imperio Ruso, cuando Ucrania todavía no era una república independiente.
En cambio, Venezuela, junto con Cuba y Nicaragua, si son una prioridad absoluta para Donald Trump, pues su manejo con estas dictaduras militares que responden al modelo del Socialismo del Siglo XXI, son fundamentales para mantener su prestigio político de cara a las elecciones de noviembre.
Su política, en este caso, ha consistido a asfixiar económica y militarmente a Venezuela (y de paso a Cuba) esperando que Maduro caiga por sí solo. Pero, el régimen chavista, tiene el problema de que sus fuerzas militares están entrando en descomposición, motivo por el cual ha perjeñado un plan ya utilizado por Hitler poco antes de su hecatombe final, mediante el reclutamiento forzado de civiles y militares (no sería extraño que aceptara a ex combatientes de las FARC, o del Ejército de Liberación Nacional colombiano, o voluntarios de Hezbollah, si viene al caso).
El experimento de Hitler, que fue manejado personalmente por Goebbels, terminó en un completo fracaso, salvo en la defensa de Bratislava y de Berlín, donde combatieron bastante bien, pero igualmente fueron derrotados.
La organización inicial de esta fuerza de combate, llamada Wolksstorm (Tormenta del Pueblo) constituída por milicianos, en su mayoría de origen civil, con muchos adolescentes (de menos de 16 años, inclusive) correspondió a Himmler, el organizador de los campos de concentración alemanes y de la solución final. Pero luego el mando recayó en Goebbels.
En el caso de Tormenta del Pueblo venezolana, por lo mostrado en videos, sirve mucho más como escudo humano que para otra cosa, dada su falta de equipo y, mucho peor aún, su muy deficiente instrucción militar.
Alea jact est, las cartas están echadas.
Maduro y Diosdado Cabello tienen la peregrina idea de que podrán disuadir a Trump con sus deficientes fuerzas armadas y sus patéticas milicias populares.
Rodolfo Oscar Enrique Gallo del Castillo



