Por una parte está sugiriendo a sus conciudadanos la necesidad de adoptar varias reformas constitucionales que propugna, las que deberían ser ratificadas por el voto popular. Por la otra, todo indica que sus propuestas forman parte de un esfuerzo en procura de permanecer en lo más alto del poder de su país más allá del 2024, fecha en que su actual mandato vencería, si nada ocurriera.
Entre las reformas constitucionales que impulsa se encuentra la proclamación concreta de la fe en Dios del pueblo ruso. Además, la prohibición expresa de cercenar, de cualquier manera, la integridad territorial de su país. Con lo antedicho, el presidente ruso procura fortalecer la posición de su país respecto de Ucrania, que fuera anexada por la fuerza en el 2014, así como de las islas Kuriles, cuya soberanía reclama también Japón desde la Segunda Guerra Mundial.
Algunos observadores sugieren que la reforma constitucional que propone Vladimir Putin es tan sólo una suerte de biombo que esconde la cruda realidad que es otra: que Vladimir Putin está preparando el terreno para continuar en lo más alto del poder de su país después del 2024.
La sospecha se alimenta, entre otras razones, con la sugerencia de crear un Consejo de Estado que en el futuro podría ser presidido por Vladimir Putin. Como cabía suponer, el paquete de reformas propuestas apunta a robustecer el poder de quien desempeñe la presidencia de la Federación Rusa. Las reformas sugeridas por Vladimir Putin serían sometidas a un referendo que –se dice- tendría lugar el próximo 22 de abril.
Vladimir Putin aprovecha la oportunidad para defender lo que denomina la “verdad histórica” con relación al esfuerzo que en su momento hiciera la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial en defensa del territorio ruso.
Lo cierto es que el sacrificio heroico del pueblo ruso durante la Segunda Guerra Mundial tuvo un enorme costo en vidas: nada menos que 27 millones de personas que entonces eran ciudadanos soviéticos. La historia del mérito ruso en la Segunda Guerra Mundial no puede ser ni banalizada, ni ignorada, y forma parte del clarísimo orgullo nacional de los ciudadanos rusos.
Cuando se analizan los actuales esfuerzos de Vladimir Putin por permanecer en el poder es necesario recordar que Vladimir Putin ya ha liderado a su país por espacio de dos décadas. Su prestigio –innegable- ha sido construido sobre la defensa de valores conservadores e incluye una alianza estratégica íntima con la Iglesia Ortodoxa rusa.
En su esfuerzo por reformular los límites del poder presidencial ruso Putin propone transferir algunas funciones del Ejecutivo al Parlamento. A mi modo de ver, eso es sólo para disimular su objetivo real, que es el de eternizarse en el poder. La Iglesia Ortodoxa rusa pareciera endosarlo sin reservas. A pesar de que el Estado ruso es secular, la influencia de la Iglesia es enorme.
Curiosamente, la actual Constitución rusa es de 1993, y se sancionó en tiempos del presidente Boris Yeltsin, que –cabe recordar- simpatizaba con las nociones del capitalismo y democracia prevalecientes en Occidente.
Algunos de los actuales postulados de Vladimir Putin generan, en muchos, reservas de peso. Entre ellos, la propuesta de prohibir “propaganda gay” entre la juventud de su país.
El programa reformista de Vladimir Putin ya está en marcha. Efectivamente, sus propuestas recibieron el apoyo de la Cámara Baja del Parlamento ruso, conocido como “Duma”. Vladimir Putin hoy controla sin mayores problemas ambas cámaras del Legislativo de su país.
Las propuestas de reforma que empuja Vladimir Putin deberán ser aprobadas por la Duma y por la llamada Corte Constitucional, antes del 22 de abril. La mayor parte de los observadores considera que obtener esas dos aprobaciones es apenas concretar formalidades, desde que Vladimir Putin no debiera tener dificultades en obtenerlas.
En la propuesta de reformas, Vladimir Putin trabajó con un grupo de trabajo particular compuesto por líderes sociales y culturales rusos, muy respetados por la mayoría de sus conciudadanos.
Vladimir Putin tiene ya 67 años y goza de un estado físico aparentemente impecable. Su objetivo de corto plazo es lograr aprobar las reformas que le permitan permanecer en el poder hasta 2036, cuando cumplirá 83 años. Esto es, gozar de dos mandatos adicionales, de 6 años cada uno.
En el pasado Vladimir Putin gambeteó las restricciones legales a su permanencia en el poder desempeñándose alternativamente como presidente y primer ministro (2008-2012). Lo hizo con la ayuda de su socio político Dimitry Medvedev, a quien ubicó en la presidencia de la Federación Rusa durante el período de 4 años mencionado más arriba, mientras él –por su parte- se desempeñaba como primer ministro.
Las propuestas de reforma constitucional que empuja Vladimir Putin alteraría sustancialmente el equilibrio de poderes en su país, fortaleciendo enormemente al Poder Ejecutivo.
Lo cierto es que Vladimir Putin está apostando inequívocamente a lograr un quinto mandato presidencial. Como fuera elegido por primera vez en el año 2000, si Vladimir Putin logra su objetivo, conseguirá mantenerse en lo más alto del poder de su país por espacio de más de 30 años: una eternidad. Quizás esa permanencia se extienda por el resto de la vida de Vladimir Putin. De alguna manera entraría en la historia por la misma puerta en la que en su momento entrara Pedro el Grande, que gobernó a Rusia, como imperio, por espacio de 43 largos años.
Los esfuerzos de Vladimir Putin son clásicos de quien lidera un gobierno autoritario. En este mismo momento, distintas propuestas de similar naturaleza están siendo empujadas en China por Xi Jinping, y en Turquía por Rezep Tayyip Erdogan, que comparten, en sus respectivos países, las ambiciones que parecieran estar motivando en Rusia, a Vladimir Putin.
Las propuestas de Putin se manejan con cautela y casi con algún disimulo, de modo de no generar resistencias, de ser posible. No obstante, su naturaleza es inequívoca: autoritaria. Putin insiste que ellas son esenciales para la “seguridad del Estado” y la “estabilidad interna” de su país.
En rigor, propone el que perfil autoritario de su gobierno se extienda y profundice. Si tiene éxito, continuará en el poder después del 2024. Sus esfuerzos no sorprendieron a nadie. Casi todos sospechaban –desde hace rato ya- que lo que está sucediendo era algo inevitable. En la promoción de sus iniciativas interviene activamente una mujer muy respetada en Rusia: Valentina Tereshkova, la primera mujer que flotó en el espacio, como astronauta, en la historia del mundo.
El camino que ha comenzado a transitar Vladimir Putin ha sido cuidadosamente planeado. No es espontáneo. Pero el objetivo perseguido es muy evidente: permanecer en el poder en un país en el que la historia da testimonio de largos períodos de autoritarismo.
Vladimir Putin lo promueve personalmente, enarbolando la bandera de la importancia que para la Federación Rusa tienen la “continuidad” y la “estabilidad”. Tras sus discursos, las distintas instituciones del gobierno central ruso reaccionan ordenadamente y de inmediato, como si todas ellas compartieran la importancia de aprobar los cambios que propone el agente de inteligencia y actual presidente de la Federación Rusa.
En su estrategia Vladimir Putin no menciona si tiene, o no, intención de volver a presentarse como candidato a la presidencia de su país. Pocos, sin embargo, suponen que no está en busca de posibles reelecciones.
Cuando Putin, al cerrar uno de sus últimos discursos públicos, dijo: “Estoy seguro que juntos haremos muchas más grandes cosas, al menos hasta el 2024. Después, veremos”, sintetiza discretamente y con pocas palabras sus intenciones antes comentadas.
Emilio Cárdenas



