Sumido en un internismo a cielo abierto que erosiona su gestión, dilapida oportunidades para mostrarse y brillar frente a una oposición que no muestra figuras de recambio capaces de movilizar a la sociedad.
Las peleas intestinas han resultado una constante entre los libertarios, incluso, antes de llegar al poder. Lo puede atestiguar Carlos Kikuchi, referente insoslayable de la campaña de 2023 que llevó a Milei a la Casa Rosada, pero que cayó en el ostracismo a manos de la hermana del presidente y secretaria general de la Presidencia, Karina Milei —a quien apodan “la hermanísima”—, y del estratego Santiago Caputo, su principal asesor. O también puede confirmarlo la vicepresidenta de Argentina, Victoria Villarruel, a la que el propio Milei pasó de ensalzar a señalar como “traidora”.
La diferencia ahora es que esas disputas se desarrollan a la luz del día, incluso a través de redes sociales. El conflicto deja de ser lateral para instalarse en el centro del poder, con cruces explícitos entre sectores alineados con Caputo y otros referenciados en Karina Milei, incluido el entorno del presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem.
Caputo y Karina pujan, en la práctica, por el control de algunos de los organismos más sensibles del Estado, incluyendo los tres que más información confidencial acumulan sobre los argentinos: la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA), la unidad antilavado (UIF) y la Secretaría de Inteligencia (SIDE).
Allí no se agotan, sin embargo, las disputas entre ambos y los bandos que lideran. También pujan por las “cajas” y los “ravioles”, en la jerga política criolla: las primeras son áreas del Estado con presupuestos de decenas o cientos de miles de millones de pesos; los segundos, organismos donde los responsables pueden designar a decenas o cientos de empleados. En suma, pelean por poder.
Como era de esperar, claro, si los que mandan se arañan, las tropas se destripan. Y así es como la diputada Lilia Lemoine acusó a Daniel Parisini —un tuitero muy cercano a Caputo, conocido como el “Gordo Dan”— de respaldar a otras figuras del espacio libertario caídas en desgracia —como Victoria Villarruel y Marcela Pagano— y de, con ese apoyo, contribuir a dividir o “dejar caer” al Gobierno. ¿La respuesta? Desde ironías a descalificaciones personales, burlas incluidas sobre su coeficiente intelectual.
Estas disputas llegaron a otro nivel, sin embargo, esta semana. El Presidente intentó apaciguar los ánimos entre los suyos y terminó metido en un problema mayor. Afirmó que Santiago Caputo era como un “hermano” para él, pero que la cuenta anónima en X que su asesor le endilgaba a Martín Menem no era tal. Pero le salió al cruce el “Gordo Dan”. Sostuvo que “le mintieron al presidente” porque le dieron información falsa sobre el caso de la cuenta de X atribuida a Menem.
Así las cosas, Milei quedó en una encerrona. Se muestra incapaz de terminar con la interna que paraliza a su Gobierno o siquiera de apaciguarla, mientras que sus propios acólitos sostienen que colaboradores le pasan datos falsos al mismísimo jefe de Estado. Es decir, que lo engañan, trasladando a la arena pública las tensiones y comentarios que antes corrían de manera reservada.
El mensaje que recibe la sociedad es, así, preocupante. Porque la economía no termina de encarrilarse, el salario no alcanza, el desempleo y la desigualdad golpean en los grandes centros urbanos, pero observa al Gobierno mirándose al espejo y, peor, con indicios de que los propios le mienten al mismísimo Presidente. Y la sociedad es paciente… hasta que se agota, como ya lo demostró en ciclos políticos anteriores.
Todo esto ocurre, en parte, porque el Presidente carece de un esquema de coordinación política consolidado que ordene la gestión y discipline a los funcionarios. Milei desgastó a sus primeros dos jefes de Gabinete, Nicolás Posse y Guillermo Francos, hasta que ambos se marcharon, y el actual, Manuel Adorni, protagoniza un escándalo de presunta corrupción que le impide hasta dar una conferencia de prensa.
Las disputas libertarias se dan, además, en momentos en que los libertarios están solos arriba del ring. No emergen líderes que articulen una opción atractiva y resulten “presidenciables” en la campaña de 2027. O para seguir con el box, ante la ausencia de un rival en el ring, el Gobierno lanza golpes a sparrings propios.
Ese yermo es malo por vía doble. Por un lado, porque todavía no aparece una opción opositora que aproveche los traspiés oficialistas para ofrecerle una opción atractiva a la sociedad; por el otro, sin un contrapeso externo claro, el poder tiende a fragmentarse y replegarse sobre sí mismo.
Por supuesto, este no es el primer Gobierno afectado por las disputas internas. La presidencia de Alberto Fernández encarnó el paradigma de todo lo que está mal al respecto, desde el inicio de la gestión, con Cristina Fernández de Kirchner como vicepresidenta y poder en las sombras. La diferencia es que el conflicto ahora no es entre socios de una alianza, sino dentro del propio núcleo del poder.
Falta más de un año para las elecciones presidenciales en la Argentina. Pero es ahora cuando el Gobierno —y la oposición— construyen o dilapidan las opciones con que llegarán a las urnas, con una sociedad cada vez menos dispuesta a tolerar que la energía del poder se consuma en disputas propias de un conventillo. O, si se agravan, de caníbales.
Fuente: https://elpais.com/argentina/2026-05-22/el-gobierno-de-milei-amenaza-con-devorarse-a-si-mismo.html

Las peleas internas a cielo abierto de La Libertad Avanza suponen un problema para el presidente argentino, incapaz de ponerles fin. El mayor enemigo del Gobierno de Javier Milei en la Argentina es, hoy, el Gobierno de Javier Milei.