Sábado, 15 Agosto 2020 21:00

Mi Pandemia – Por Carlos Kreimer

No esperaba a los 87 años que acabo de cumplir, me tocara el encierro y el miedo por un lapso cercano a un año. Jamás pude imaginar ni en tortuosos sueños esta situación. 

Si bien decía Philip Roth: “La vejez no es una enfermedad. Es un desastre” no pudo ni pensar en la actual situación.

Pertenezco a una generación que vivió increíbles cambios culturales y experiencias políticas siendo hija de la Ilustración y de la creencia en la ciencia alejada de los milagros.

No conocí pandemias pero si muchas epidemias pero ninguna me tocó personalmente, ni me inquietó, ni me produjo limitación alguna a mi cotidianeidad. Cuando la epidemia de polio en 1957 era casi imposible que me tocara por razones etarias, además casi en simultáneo aparecieron las vacunas (Salk y Sabin).

El SIDA abarcaba a un grupo –homosexuales y quienes se pinchaban el cuerpo sin los cuidados terapéuticos por distintas razones- que no me comprendía. El mal de Chagas, el dengue, la malaria, la fiebre hemorrágica y otras enfermedades correspondían a determinadas condiciones de vida y habitacionales disociadas de mis lugares de existencia y de vivienda. El ébola era un problema de los africanos. Originariamente el COVID tenía su radicación en China y en países que imaginativamente me cuesta situarlos en el mapa, con poblaciones que comen animales que escapan no solo a mi dieta habitual sino a mi curiosidad de gourmet.

Así me sentí siempre no solo lejos de las epidemias sino, además, confortado por los avances de la ciencia, con sus recomendaciones higiénicas, con su capacidad de derrotar toda enfermedad. Cuando joven la multiplicidad de antibióticos me resguardaron de toda enfermedad venérea de la cual me hablaban los mayores.

En 1939 mi único hermano que tenía diez años casi se muere por una neumonía, no existiendo entonces ni la sulfamida. Anualmente me someto a chequeos completos y vacunas, impensables para mis padres (recuerda mi esposa que su padre fue el primer bioquímico en los años 50 del siglo pasado en su pueblo, San Antonio de Areco, y le costaba convencer a los médicos de las virtudes de los análisis los que informaba para que los galenos supieran claramente de que se trataba). Sintetizando: me tocó contemplar un avance arrasador e invencible de la ciencia (estudié en la secundaria que el átomo era la partícula más chica de toda masa e indivisible).

Contemplé como la expectativa de vida se ampliaba a límites poco imaginados. Recuerdo un libro que fue best seller que se llamaba “La vida comienza a los cuarenta” y el tango que dice “…dejá las pebetas para los muchachos…tus cincuenta abriles ya no dan más jugo…”. Todo lo que describo debería ser ahora estudiado no ya por sociólogos sino por paleontólogos.

Pero de repente –cuando los gerontólogos hablan de la prolongación de la vida con nuevos tratamientos con remedios a los que estoy atento y expectante- llega una inédita pandemia que no respeta ni edades, ni razas, ni territorios, ni condiciones ambientales, ni climas.

Desde los Urales a California y desde el Ártico a la Antártida golpea sin piedad a todo el mundo conocido. Y, lo peor, todavía no se conoce con certeza ni vacuna para evitarlo ni forma de tratamiento en todos los casos. No entra en mi cabeza que la ciencia no lo derrote.

Dos circunstancias superan mi incredulidad: no se sabe cuándo termina; y el mundo ha pasado a estar gobernado por científicos (infectólogos, biólogos, epidemiólogos, neurólogos, etc.) Nos dicen cómo cuidarnos y que debemos esperar que lleguen las vacunas en una proximidad algo lejana para evitarlo, o tratamientos ciertos para combatirlo. Esperar ocho meses a mi edad es consumir un pedazo del poco hilo supongo me queda en el carretel.

Me llegué a preguntar cuántos epidemiólogos, infectólogos y símiles hay e investigan en el país. Ante mi nueva sorpresa me enteré que solo en EEUU hay más de 10.000 investigadores y hasta ahora –con casi 800.000 muertos en el planeta- no le encuentran el mango a la pelota. Todas las vacunas están avanzadas pero ninguna disponible.

Es a partir de mis creencias e informaciones que describo mi pandemia. Soy un privilegiado, vivo en una casa con jardín y todos los ambientes con vista al exterior. Tengo a pesar de mi edad excelente salud, sin afecciones previas que puedan complicarme aún más un posible contagio. Me gusta leer y sobre todo –a mi vejez- escribir. Vengo de los brolis y los trolis. Entonces ¿por qué me quejo? Veamos.

En primer lugar por un encierro que nadie puede estimar, al igual que la pandemia, cuando termina. Por razones obvias y apartándome de la queja de la cual los judíos somos tributarios, no tengo expectativa de muchos años de vida. Y de esos pocos me ha tocado estar uno encerrado.

Además para la literatura de medios cotidiana he dejado de ser “un viejo choto” para convertirme en un “adulto mayor”. O sea pertenezco a al grupo etario de mayor riesgo. Mis hijos me han llenado de prohibiciones (nos los justifico pero los entiendo cuando se tiene una padre de mi edad). Si fuera poco, conforme la información de los que nos gobiernan (los epidemiólogos), me debo cuidar para dejarle un respirador -si no alcanzan para todos- a alguien más joven.

Acabo de tener una noticia que ansiaba y que ya no esperaba. Junto con mi esposa Guillermina vamos a ser abuelos. Creo que para marzo del 2021. ¿Llegará mi ansiado nieto junto con la vacuna, para poder mínimamente disfrutarlo? (x)

Finalmente me obligan a dialogar permanentemente con la muerte. No creo ser un neurótico que piensa cotidianamente en la muerte; pero tampoco un autista que la ignora. No está presente en forma habitual en mi información y literatura. Ahora resulta que es imposible acercarme a un medio de comunicación gráfico o visual sin que me recuerde que mi muerte está a la vuelta de la esquina. Es un sacudón.

Desde mi primer contacto con la información y la política, cuando tenía pocos años, los mayores recordaban los estragos de la crisis del 30 como un terremoto que destrozó la república. Ahora los economistas, casi todos, avizoran una situación económica social pos pandemia como en los treinta. Mi único consuelo como viejo memorioso es que suelen equivocarse. Como dijera en alguna oportunidad John Galbraith: “Los economistas somos grandes pronosticadores del pasado”

A todo lo dicho se agrega que estoy privado de mis dos horas semanales de pileta de natación y recién en ahora –después de cinco meses- vuelvo a mi hora semanal de kinesiología. Si bien trato de mantenerme activo con una media hora diaria de bicicleta fija que tengo en casa, es obvio que por la edad todos los días imperceptiblemente voy envejeciendo.

Trato de consolarme apropiándome del nuevo discurso de los psicólogos de ancianos que dicen que “en la actualidad la edad ya no es biológica sino proyectiva”. Pero el tango los refuta: “…los años se comen cualquier pintura/cuando natura entra a dar con rigor…”

El encierro me ha llegado en muy mal momento. Me están privando de uno de los grandes placeres que me queda: invitar a los amigos a mí casa a comer un asado. Ahora que espero con verdadera conmoción un nieto ansío compartir mi alegría con los amigos en forma presencial con buena carne, achuras y mejor vino.

A lo dicho debo agregar que soy bastante inútil y lo único que se hacer además de asado, es café con la máquina nexpreso. También mi hijo Ismael, futuro padre de mi nieto, se ocupa a distancia que no me falte nada. Ni quesos, ni vino, ni habanos (fumo dos por día). La peor parte se la lleva Guillermina que, en una casa grande, pasa el lampazo (para más es en ese tema obsesivo). Recién hace un par de semanas viene la empleada de siempre dos veces por semana.

Donde vivo no tengo lugares de cercanías para las provisiones. Para romper el cerco, una vez cada tanto, la llevo a mi esposa en auto a la farmacia, al súper, a la pescadería y al cajero bancario. Tengo prohibido por mis hijos bajarme del auto. Agradezco a Rodríguez Larreta que me prolongó por un año mi registro de conducir que vencía en julio. Si la pandemia sigue impiadosa iré a la Chacarita en auto.

Es que, todos los días cuando me ducho, me suena en la oreja el tango que dice: “…Carro viejo/sos paquete/ como hechura e´ barrilete/va quedando tu armazón…Carro viejo/te queda poco rato/seguí por Campichuelo/doblá por Triunvirato…” (xx)

Perdón por esta larga queja, pero necesito compartir mi estado físico y emocional dando testimonio del momento.

Carlos Kreimer, futuro abuelo

Socio activo del Club Político Argentino

(x) He compelido a mi médico y kinesiólogo que me hagan vivir lo suficiente para llevar a mi niet@ al jardín, con eso me conformo.

(xx) Cuando el tango se escribió Campichuelo era la actual Corrientes.

Gentileza para 

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