Lo hacen inflando torpe e irracionalmente el temor, amparados en un poder delegado por una mayoría transitoria, mal informada, y ni siquiera absoluta. Democracia y ética de baja calidad. Nada nuevo bajo el sol universal, pero característica invariable de nuestro terruño.
En la peste bubónica el temor impulsó la acción de la buena gente y vi con ojos de niño a los vecinos de Palermo Viejo poner veneno para las ratas, pintar con cal árboles y frentes sucios. Los elementos eran aportados por los dos ferreteros del barrio.
Se limpiaron los pastizales y basurales de los terraplenes del Ferrocarril Pacífico, hoy San Martin. Antes el Cuyano que llegaba a Chile cruzando la cordillera, por eso su sigla era BAP (Buenos Aires al Pacífico) Pasaba puntualmente a las 6 de la mañana, despertador infalible de mi padre. Ahora el San Martin llega trabajosamente al conurbano bonaerense y a Mendoza.
El miedo entonces dependía de la falta de información y de su consecuencia, el rumor. Nada parece haber cambiado significativamente a pesar que la información es ahora universal y en tiempo real.
Ya adolescente, la polio significó no ir a la pileta del Club Banco Nación, recibir gratuitamente la vacuna Salk cuyo descubridor no la patentó por considerarla un bien de la humanidad. Se crea ALPI, se donan pulmotores y como siempre el personal de salud y el pueblo, sin distingos, colabora y se sacrifica. No mucho después vi personalmente a esos pacientes y sus secuelas, siendo estudiante de medicina o como joven residente de FLENI en el Hospital de niños.
Ahora acuden a mi mente otros recuerdos traídos por nuestra miserable realidad, que no depende ni exclusiva ni mayoritariamente de la biología de un virus y sus huéspedes.
Una es la famosa frase de Ortega y Gasset: “argentinos a las cosas” que en vez de llamarnos a la reflexión y la sensatez impulsan el robo reiterado de un pequeño monumento en su nombre por el valor del metal, que inclusive muestra la degradación llevó a los ladrones en la segunda ocasión a llevarse una réplica de resina carente de ese valor buscado. Nunca leyeron el diario para saber de su reemplazo y tampoco saben distinguir resina de bronce. Ni siquiera se les pudo ocurrir hacerlo como crítica a un pensador crítico aún vigente.
Las otras frases que surgen son de Einstein: “Hay dos infinitos, el universo y el de la estupidez humana; del primero no estoy seguro” y a Borges quien al agradecerle a un joven que le advierte ser peronista, pero que no obstante sabiéndolo opositor se ofrece a ayudarle a cruzar la calle, Borges compasivamente le dice algo así como “los dos somos ciegos”
Por esos insondables senderos de la mente ante los anuncios y discusiones sobre las vacunas, orígenes, tipos, participaciones, costos y apropiaciones políticas, recuerdo que en mi vida en USA (1965/69) veía que buena parte de la experimentación de diversos tratamientos riesgosos en humanos, se hacían en presos.
Se suponía que para ellos la vida ya no significaba mucho y por ende cualquier mejora en su situación ameritaba correr el riesgo. En otros casos con el fin de estudiar conductas humanas diversas, se reclutan aún ahora, poblaciones sesgadas retribuidas de diferente forma y paradigmáticamente con dinero. Lo veo con el paso de los años como formas sutiles o disimuladas de extorsión o perversión.
Los anticonceptivos inicialmente se probaron en Puerto Rico, es decir en poblaciones de segunda categoría. Un antibiótico que usábamos a mano suelta para las diarreas estivales (Palmitato de Cloromicetina), producía en un porcentaje importante de casos trastornos hemáticos severos. Eran detectados abnegadamente por nuestros hematólogos sin demasiada respuesta. Mientras tanto en su país de origen la cajita del medicamento traía la advertencia y ponía restricciones para su uso.
En Argentina no, a pesar de ser del mismo laboratorio. Hay muchos ejemplos similares a los que se suman todos los pseudo-medicamentos y tratamientos por fuera de la ciencia, sin pasar por prueba alguna de eficacia.
Las vacunas del Covir19 en fase III están probándose por todo el mundo y particularmente en países que no son ni descubridores ni productores, sino eventualmente replicadores, envasadores o distribuidores. Se ofrecen como conejillos de indias para asegurarse la provisión que “generosamente” les brindarán los empresarios productores y los gobernantes se enancan por razones políticas. Reconocen su posición de debilidad frente al dios mercado.
Todo está patentado y financiado por laboratorios y algunos mecenas que no niegan las patentes y sus derechos económicos. Cuando se habla de costos se debe recordar que el valor real es significativamente más bajo que el de venta, inclusive cuando se anuncia vender al costo.
El valor de la droga pura al igual que con los cosméticos es siempre un porcentaje mucho menor que el de venta al costo. Igualmente el costo, es decir lo invertido, se recupera en plazos variables con su venta y las ganancias que devengan junto con las regalías por las patentes.
La rapidez depende del mercado y el volumen de las ventas, además de algunas prebendas fiscales, siempre negociables con los políticos. Solo algunas entidades de bien público los entregan en forma gratuita o al costo real. Nos contentamos si una Obra Social los vende con rebajas, generalmente de alrededor del 50%, ficticia pues el otro 50% lo paga con los fondos de los aportes de los trabajadores y sus empleadores. El productor nunca pierde y a veces genera mercados cautivos de diversas formas, no todas lícitas. Nadie parece preguntarse por qué una vacuna o un medicamento se vende y entra en el juego del mercado.
Eso es lo que estamos viendo a nivel universal.
El mercado potencial es la población del mundo (7000 millones) y la competencia feroz la regla impuesta por la cultura vigente. Empeora cuando la política mete la cola. Debemos estar atentos e informados, ya que como dice Amos García Rojas, podemos caer en una timba. Ya hay empresarios que ponen fichas en más de una vacuna.
Sale el sol, renace alguna esperanza y espero que ilumine a los que pueden decidir.
(*) Médico Neurocirujano/Psicólogo



