Una de las actividades donde los hombres de paja no faltan es – lamentablemente - la política, esfera de interés público en la cual, quienes en ella actúan no deberían responder a ninguna otra voluntad que no fuera la del pueblo que los eligió.
Sin embargo, existen jefaturas partidarias que – desde algún cargo secundario - rompen el marco republicano al ejercer un poder de dirección que minimiza la figura de las autoridades legales.
Ejemplo contundente: allá por el año 1973, estando impedido Perón – por una absurda disposición – de ser candidato a presidente, nominó a Héctor Cámpora, quien, si por algo s destacaba era por su falta de personalidad y por su obsecuencia. Así fue que, en determinado momento, fue lisa y llanamente despedido de la Presidencia de la Nación.
Vamos ahora a lo actual. Desde el momento de su asunción, echó sombras sobre el actual presidente, la figura de su vice, dueña de algo más de la mitad de los votos que lo llevaron a su cargo.
En su momento, en noviembre del año pasado, en un diario de Santa Fe advertimos que llegaba un “…gobierno preñado de conflictos internos”. Y señalamos que “…si no hace un uso decidido de su poder, al próximo presidente le esperan tiempos muy difíciles.”
Aconsejábamos pues que tuviera “…presente lo que decía Maquiavelo de quienes gobiernan sin más “...fundamentos que la voluntad o fortuna de los hombres que los exaltaron”. Recordamos también, que el pensador florentino advertía que quienes acceden de ese modo al poder se apoyan sobre bases “...muy variables y totalmente destituidas de estabilidad”.
Lamentablemente, así está sucediendo. El presidente anda a los tumbos. Dice algo y al día siguiente se desmiente, por no haber obtenido las venias necesarias. El gabinete baila a su descompás, sin saber si responde al presidente o a su vice. A punto tal que la prioridad número uno de esta última, la de no ser condenada en distintas causas penales en las que las pruebas en su contra son abrumadoras, se ha transformado en la prioridad número uno del presidente.
Traslados de jueces, reformas de la Corte, denuncias contra el Procurador General de la Nación y cualquier otro esperpento jurídico –propio de las republiquetas caribeñas imaginada por García Márquez o por Alejo Carpentier - constituyen la agenda del Congreso.
La impunidad de Cristina marca el compás. Manejando el Senado como una titiritera -y al partido látigo en mano- ocupa el lugar de “Jefe Supremo de la Nación”, que el art. 99 inc. 1° de la Constitución confiere al Presidente. Es decir que éste, Alberto Fernández, ha declinado – servilmente - la más alta función que prevé la Constitución Nacional.
Le quedan pocos pasos a la vice, para detentar una auténtica suma del poder público. En efecto si Diputados hace ley lo aprobado por el Senado, Cristina que ya reina en el Poder Legislativo, manipulará a su antojo el Poder Judicial. El Ejecutivo, ya lo ejerce en los hechos.
Ante estas cuestiones definitorias ¿Podrá frenar a los diputados de “voto dudoso” el art. 29 de la Constitución, que tilda de “infames traidores a la patria” a quienes otorguen tales “supremacías” o “sumas del poder”? De la gente de “voto dudoso”, hay que dudar. O, dicho de otro modo, en ellos no se puede confiar.
En efecto, en esa Cámara parece ya segura la antes remota aprobación del llamado impuesto a la riqueza, que, de seguro, no ha de abonar ninguno de los archimillonarios que se enriquecieron a costa del Tesoro Nacional en los dorados años K.
En las mentadas embestidas– reforma de la Corte, traslado de jueces no corruptos, ataques al Procurador General de la Nación– se está jugando, a cara o ceca, nada menos que la República. La titiritera ya eligió. ¿Podrán algunos peleles decidirse a cortar los hilos que con los que ella los mueve?
Deberían meditarlo. Porque el país, tal como lo conocimos, se nos va a nosotros y a ellos también. La Corte, a la cual han recurrido per saltum, los jueces correctos que se busca desplazar, también tiene responsabilidad en todo esto y debería actuar lo antes posible. Para ella también, se termina la República.



