Y ese día D, es anunciado por su dócil alter ego de la Rosada. A quien no se le ocurrió nada mejor que criticar públicamente al Presidente de la Corte Suprema – Dr. Rosenkrantz - por haberla convocado a considerar el per saltum planteado por los jueces Bertuzzi, Bruglia y Castelli. Es decir, los jueces desplazados de sus cargos por tramitar ante sus estrados – con imparcialidad - causas de corrupción que involucran a la titiritera del Senado.
Ingenuo parece recordar que la intrusión del Poder Ejecutivo en causas judiciales está vedada por el art. 109 de la Constitución. Pero, por si queda en pie un trozo de República, cabe hacerlo.
No debería ser dificultoso para la Corte hacer lugar al planteo de los mencionados jueces, puesto que ya ha establecido que, cuando un traslado se produce dentro del fuero federal - y la competencia por materia es la misma - no es necesario un nuevo acuerdo del Senado. Y este es el caso de los jueces Bertuzzi, Bruglia y Castelli.
Ese es, pues - de acuerdo con sus propios precedentes - el criterio que debería seguir la Corte. Claro que podría optar por evadir el fondo de la cuestión y dejarla en manos de la Cámara Federal en lo Contencioso Administrativo, ante la cual dichos magistrados apelaron un fallo desfavorable de primera instancia.
Si así lo hiciera, vista la sumisa alineación con el Ejecutivo de esa Cámara - y la demora que ello traería aparejada – el pecado de la Corte sería el de imperdonable cobardía. La división de poderes, eje del sistema republicano, se está jugando hoy, no dentro de un mes, ni siquiera dentro de una semana.
Ante la convocatoria de Rosenkrantz, cobra toda actualidad lo que dijimos en nuestra columna anterior: “…la Corte, a la cual han recurrido per saltum, los jueces correctos que se busca desplazar…debería actuar lo antes posible. Porque, para ella también, se termina la República”.
En el Acto V de “Hamlet” un emisario de Inglaterra le anuncia a Horacio: “Rosenkrantz y Guildestern han muerto”. Menos dramáticamente, si la Corte no resuelve el martes el recurso en cuestión o no lo hace conforme a su criterio tradicional, alguno de los polichinelas de la titiritera podrá susurrarle al oído: “Rosenkrantz y la Corte ya no molestan. Todo el poder es vuestro.”



