Lunes, 26 Octubre 2020 03:00

“Juego de Tronos” porteño: la UCR y el PRO en una sutil danza por suceder a Larreta que quiere ser Presidente - Por Nicolás Lucca

Escrito por Nicolás Lucca

El jefe de Gobierno busca cumplir su sueño político y se abre una sucesión interna que será protagonizada por Felipe Miguel y Martín Lousteau con Patricia Bullrich mirando detrás del cortinado. 

Aquel 18 de junio de 2019 quedó abierto un juego de cuatro años de duración. Ese mismo día, cuando Horacio Rodríguez Larreta confirmó que Diego Santilli sería su compañero de fórmula para buscar la reelección de la jefatura de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, se selló un acuerdo con un resultado muy lejano y comenzó una nueva carrera. Todavía faltaban meses para las elecciones para ya se sabía algo: Martín Lousteau quedaba a pasitos de ocupar el sillón mayor de la calle Uspallata, ese mismo que en 2015 se le escapó por muy poco.

Según reza la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires no hay margen para interpretaciones, y el Vicejefe de Gobierno reelecto no puede suceder al Jefe de Gobierno. O sea: dos mandatos como vice, cuentan como dos mandatos como Jefe. O sea, parte II: Santilli perdió toda posibilidad de comandar la ciudad de Buenos Aires en 2023. O sea, parte III: el «Colorado» quedó habilitado para disputar la provincia de Buenos Aires, territorio que conoce muy bien desde sus años de militancia en la Juventud Peronista. No iba a ceder por nada.

El cambiazo dentro de Cambiemos fue rotundo dado que en la Ciudad no existía el mismo acuerdo partidario con la UCR que llevó a Mauricio Macri a la presidencia. Eso hizo que, tanto en 2015 como en 2017, Lousteau fuera una piedra en el zapato del armado porteño oficialista. Con las encuestas nacionales en la mano, a Rodríguez Larreta no le quedó otra que comenzar a pensar cómo continuar con su sueño de llegar a la Casa Rosada sin ser el sucesor de Mauricio Macri y repetir lo ocurrido en 2015.

Y así nació un acuerdo que cambiaría los ánimos de todos: Martín Lousteau senador en la misma lista que Rodríguez Larreta y Santilli, Emiliano Yacobitti –vicedecano de Económicas en la Universidad de Buenos Aires y los ojos de Lousteau– en la misma fórmula que Maxi Ferraro. Una alquimia que resultó ganadora y al mismo tiempo disparó la carrera por la sucesión.

Con la salida de Macri de la presidencia y de María Eugenia Vidal de la Provincia de Buenos Aires, Rodríguez Larreta tuvo que ponerse el traje de bombero y el de verdugo al mismo tiempo: cientos de funcionarios y asesores se quedaron sin trabajo mientras él se convertía en el único que podía festejar. Casi todos quisieron volver a la Ciudad, pocos lo consiguieron.

El mensaje era claro y, tal como dijera uno de los asesores más cercanos al jefe de Gobierno, “ahora no hay lugar para los que se fueron porque Horacio tuvo que armar una gestión de cero sin nadie con experiencia y no piensa pedirle la renuncia a ningún funcionario para rescatar a heridos”.

Si en 2015 se le preguntaba a algún vecino porteño sobre la posibilidad de que Larreta compitiera por la presidencia con el apoyo de Lousteau y el radicalismo porteño, seguramente se hubiera reído. Hoy es una seria posibilidad y no por la falta de vocación de los radicales para colocar un candidato propio en la carrera para la presidencia, sino por todo lo contrario: de recuperar la Ciudad de Buenos Aires para ellos –el único radical en ganar la ciudad fue Fernando De La Rúa en 1996– tienen una base más que sustentable para proyectar la carrera de Lousteau hacia el futuro. Y obviamente, los sueños de sus principales colaboradores y mesa chica.

Pero no todo es tan sencillo y, si hubo un pacto de caballeros, fue tan sólo entre Lousteau y Rodríguez Larreta. O mejor dicho, entre Yacobitti y Santilli. Nada le impide a otros que quieran disputar el lugar de una candidatura.

Mientras en el radicalismo porteño afirman haber jubilado a Daniel Angelici y que Enrique «Coti» Nosiglia es solo un hombre de consulta (¿?) dentro del riñón del larretismo puro surge la figura de Felipe Miguel, quien tiene la difícil tarea de ocupar un lugar que su jefe conoce demasiado bien: la jefatura de gabinete de la Ciudad.

Antiguamente de perfil bajo, con la pandemia, la cuarentena, los roces con la Nación y todo lo vivido en este eterno 2020, Felipe Miguel comenzó a ser uno de los rostros más habituales al lado de Rodríguez Larreta.

Entre quienes descartan de plano la posibilidad de que Miguel suceda a Larreta se repite la frase de que el Jefe de Gabinete no es muy conocido, algo que choca de frente con la historia política argentina plagada de candidatos que ganan elecciones imposibles. Si no, preguntemos a cualquier consultor por las probabilidades de Alberto Fernández de ser presidente en enero de 2019. Basta un buen armado, una estrategia de campaña y que el viento acompañe.

Por su parte Rodríguez Larreta tuvo que reinventarse tras el 10 de diciembre del año pasado y, de soñar con hacer una campaña presidencial sostenido sólo en la gestión, pasó a ser la única figura del PRO dentro de Juntos por el Cambio con territorio.

Tuvo la suerte de la desgracia: la pandemia lo obligó a trabajar junto a Alberto Fernández y las conferencias de prensa de los primeros meses lo hicieron conocido a nivel nacional. La pelea por los fondos coparticipables los alejó y la actual situación sanitaria de la ciudad de Buenos Aires ahora es capitalizada por Larreta en soledad.

Pero quien tiene sueños presidenciales debe partir el tiempo. En ese sentido, Larreta, un hombre al que le cuesta delegar funciones como a todo ex jefe de gabinete –si no, pregunten al actual Presidente– comenzó a apoyarse cada vez más en Miguel. La presidencia y conservar la ciudad van de la mano: si Larreta pierde su carrera y la ciudad queda en manos de la UCR, solo un milagro haría sobrevivir al PRO por fuera del vecinalismo.

Y eso abre una nueva incógnita para los PRO puros y una esperanza de tranquilidad para los radicales. Si hay un funcionario odiable para el votante cambiemita no fanatizado, ese es el ex jefe de gabinete del Macri presidente, Marcos Peña. Y no son pocos los que sostienen que, aunque en público dijera “Marcos soy yo”, más de una vez el presidente extrañó al que le atajaba todos los penales en la ciudad.

¿Estaría dispuesto Rodríguez Larreta a repetir lo que él mismo consideró un error que lo benefició políticamente? ¿Sacrificaría a Miguel para que pueda competir por la ciudad de Buenos Aires y luego tener que buscar un nuevo guardaespaldas de gestión?

En todo este entramado de dos nombres hay un tercero que nadie se atreve a mencionar: Patricia Bullrich. La actual presidente del PRO es uno de los llamados halcones del espacio, o sea, de los dirigentes más agresivos en la defensa del partido y en el ataque al oficialismo. Y esto es algo que a los funcionarios que buscan evitar la confrontación, lejos de caerles mal, les viene como anillo al dedo ya que contienen a los votantes más enojados y alimentan a los que gustan de la polarización.

Desde el entorno de Bullrich dicen que la ex ministra de Seguridad de la Nación no habla de 2023, ya que ni siquiera piensa en 2021, algo que da para preguntarse si a eso se refieren cuando dicen que “Pato” duerme.

Hoy, Bullrich es número fijo para las legislativas de 2021 y de ahí verá qué le deparará el 2023. Su única piedra en el camino sería María Eugenia Vidal, que en la Ciudad tienen mejor imagen que Bullrich. A favor y en contra: Vidal es Larreta, pero también es la ex gobernadora bonaerense. ¿Podría contener a su bloque legislativo desde el Congreso de la Nación? ¿Y si Bullrich no quiere bajarse y van a internas? ¿Y si todo se endurece porque Macri quiere volver a jugar la revancha?

Desde el espacio de Rodríguez Larreta hay quienes creen que ni siquiera hará falta definir en las PASO –si es que las hay– del año entrante dado que habrá una lista de gran consenso en todos los distritos y que buscarán dejar satisfechos a todos. Pero el premio es grande y, si bien todos dicen tener el número ganador, solo uno será el sucesor en uno de los pocos territorios que dio dos presidentes de distintos partidos en 16 años. Un número que mejora aún más si contamos que de seis jefes de gobierno, dos pegaron el salto. Y la oferta es más tentadora si contamos que de esos seis, dos eran interinos.

Pasando en limpio: si se repasa la historia de la Argentina desde la vuelta de la democracia es obvio que el sillón de Uspallata sea un trono por el que vale pena pelar. Aunque casi todos digan que “no es momento” mientras afilan la espada y lustran el escudo.

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