Sábado, 23 Enero 2021 23:53

La resiliencia de las personas mayores - Por Ricardo Iacub

Escrito por Ricardo Iacub
 

Sin duda todos nos preguntamos: ¿cuánto tiempo más puede llevar la pandemia?; ¿cuál es el curso que puede tomar? y ¿cómo esperar la vacuna sin desesperar? La diferencia radica en el nivel de incidencia que puede tener en cada uno de nosotros. 

Las personas mayores, como los que padecen ciertas comorbilidades, se encuentran en una situación mucho más compleja. Aun cuando el distanciamiento social, preventivo y obligatorio dio paso a ciudades más abiertas, el cambio no se reflejó en la misma medida en este grupo, porque el riesgo sigue latente.

Es cierto que la pandemia nos mostró la gran capacidad de resiliencia de las personas mayores. En investigaciones nacionales e internacionales, la salud mental de este grupo etario dio cuenta de la utilización de una variada gama de recursos adaptativos que permitieron fortalecer su capacidad de recuperación, muy por encima de los más jóvenes.  Lo que dio por tierra con numerosos mitos sobre su fragilidad psicoafectiva.

Las personas mayores mostraron una gran capacidad de cuidado de sí y de los otros, menores niveles de depresión, ansiedad, consumo de sustancias u otros hábitos nocivos.

Muchos pudieron animarse a la tecnología habilitando nuevas formas de comunicación, intercambios y de continuidad con actividades virtuales.

Sin embargo, no todos pudieron contar con los mismos recursos, siendo las personas con menor nivel educativo, los de 60 a 74 años y las mujeres quienes más dificultades hallaron en esta situación.

En una investigación realizada en la Ciudad de Buenos Aires se mostró que aún en aquellos que contaron con mejores respuestas ante la pandemia, la percepción de encierro, soledad, dificultades en la convivencia, vulnerabilidad, temor e incertidumbre sobre el futuro se incrementó.

Así como se destacaron miedos ante una internación y la pérdida de contacto con lo propio, ya sea la casa, los seres queridos y sus pertenencias.

La pandemia ha modificado hábitos sociales muy arraigados en la población y especialmente en los mayores.

Muchos de estos abandonaron sus actividades recreativas y educativas; sus encuentros sociales; sus visitas médicas, sus caminatas.

Lo que para una buena parte significó una adecuación compleja pero positiva, para otros implicó síntomas de miedo y angustia que llevan a que las salidas del hogar sean muy preocupantes, que no puedan salir de sus casas, visitar a seres queridos y un notorio enojo hacia quienes si salen o no se cuidan adecuadamente.

Curiosamente, en los últimos meses, la apertura creciente que se produjo generó tensiones en aquellas personas mayores que se siguen cuidando. De alguna forma parece haberse puesto en cuestión la gravedad de las consecuencias, no por el discurso científico sino por la cantidad de personas que vemos en las calles, desconociendo el distanciamiento necesario y poniendo en duda hasta qué punto es razonable cuidarse.

Una situación que lleva a conflictos intergeneracionales: “los jóvenes que no se cuidan y contagian a sus abuelos”; la sensación de no ser cuidados socialmente por quienes no tienen el mismo riesgo y hasta dudar sobre el margen sinuoso del cuidado y el temor excesivo.

Contrariamente esta sensación aparece en personas mayores, que quieren comenzar a salir, y la crítica, muchas veces agresiva, de los hijos para que no salgan.

El no haber podido festejar Navidad y Año Nuevo o hacerlo con limitaciones; el no animarse a salir de vacaciones y el no poder conformar una idea plausible de cuándo terminará todo esto lleva a que se incremente la percepción de vulnerabilidad, encierro e incertidumbre y la enorme dificultad de proyectar la propia vida.

Por todo ello, las vacunas aparecen como una esperanza ya que pueden no solo evitar los contagios sino llevar cierta expectativa positiva a vidas que se comienzan a pensarse desde el encierro.

En este sentido, es fundamental ser cautos con las noticias que se generan ya que cada una de estas produce niveles de inseguridad que afectan la salud física y mental de la población y, particularmente, de quienes siguen esperando una luz verde para la salida.

Los debates apresurados, tendenciosos o delirantes, como los “antivacunas”, conspiran hoy contra un bien social de alto valor como la posibilidad de volver a dar previsibilidad a lo imprevisible.

Para muchos especialistas, este año, será la salud mental uno de los grandes temas a tratar.

La extensa duración de esta pandemia redunda, independientemente de la edad cronológica, en un incrementado riesgo de sufrir resultados adversos a nivel psicológico.

Lo que nos debería llevar a comenzar ya con diversas formas de asistencia que encaren los “primeros auxilios psicológicos”, es decir promover la atención con dispositivos accesibles y de bajo costo a grandes cantidades de personas que expresen malestares y que no hallan un espacio capaz para manifestarlas y encontrar sentidos más positivos a lo vivido.

Lo que no obsta que se conjuguen con tratamientos psicoterapéuticos más específicos, que atiendan los efectos más complejos que hayan podido generarse.

La sociedad está siendo interpelada en su capacidad de aceptación de una realidad que todavía, y por momentos, parece una pesadilla pasajera.

Ricardo Iacub es Doctor en Psicología (UBA), especialista en Psicología de la Mediana Edad y Vejez.

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