Domingo, 16 Mayo 2021 01:11

La historia se repite: otra vez el “yuyo” como una maldición - Por Ricardo Romano

Escrito por Ricardo Romano

Una vez más el país se beneficia por el solo hecho de estar en el mundo mientras, en paralelo, el gobierno se dispone a desperdiciar la oportunidad por falta de reflexión y de imaginación. 

Como en sus anteriores gestiones, durante otra coyuntura de altos precios para nuestras commodities, nuevamente los funcionarios kirchneristas se muestran desorientados y sin saber cómo convertir en desarrollo un crecimiento que se da por el solo hecho de estar en el mundo.

“La soja es, en términos científicos, prácticamente un yuyo que crece sin ningún tipo de cuidado especial”; “es un yuyo tan malo que no la mata ni el glifosato”; “la actividad agrícola es de bajo riesgo”; “el gobierno gasta 12.000 millones de dólares para sostener el tipo de cambio competitivo”: algunos de los dardos de la entonces presidente Cristina Fernández de Kirchner en la guerra que le había declarado al campo, mezcla de ignorancia y ninguneo de la realidad.

Era mejor no reconocer la herencia de los malditos 90, con una soja genéticamente modificada y por ende resistente al glifosato y responsable del boom de su producción, y desconocer también que los recursos para sostener el tipo de cambio venían de la misma liquidación de exportaciones del yuyo malo y otras commodities.

El mismo año, en un discurso ante el Mercosur, y con la soja a 590 dólares, la actual vicepresidente decía que " la casualidad no es una categoría histórica”, intentando atribuirse el mérito de una coyuntura internacional favorable -causalidad, no casualidad, decía-, que para ella se debía al “surgimiento de gobiernos elegidos democráticamente en elecciones libres y sin proscripciones”; algo que en Argentina sucedía desde 1983 y no desde 2003.

Hoy, casualidad y no causalidad, tenemos nuevamente la soja en los precios de entonces -más de 600 dólares la tonelada-, valor que no se veía desde 2012. Las subas no se dan sólo en la soja, también el trigo y el maíz están en alza, y la previsión es que la tendencia se mantenga, especialmente por el incremento de la demanda china.

Hace siete meses que sube la soja, tiempo suficiente para pensar y actuar

En consonancia con estos precios, las exportaciones de soja y derivados ya fueron récord en el primer trimestre de 2021. El Estado saca una buena tajada de ello a través de las retenciones a las exportaciones y del control cambiario.

Cuando asumió Alberto Fernández, la soja estaba a 331 dólares. Se mantuvo así hasta octubre de 2020 cuando empezó su ascenso para llegar a los 604 dólares de hoy; es decir que está subiendo desde hace 7 meses, tiempo suficiente para pensar y en consecuencia actuar.

Pero, como se sabe, no hay viento favorable para el que no sabe a dónde va.

De hecho, aunque cueste creerlo, hace varias semanas que el Gobierno no deja de mostrar preocupación por la suba del precio de commodities y de amenazas a los productores.

Para el oficialismo, ser un país agroexportador en medio de un boom de precios de commodities es una maldición

Empezando por el planteo delirante de Fernanda Vallejos, economista promovida a diputada nacional por el dedo de CFK, que en enero pasado dijo que ser un país exportador de alimentos era “una desgracia” y “una maldición” para la Argentina, por el impacto de los precios internacionales en el mercado interno.

El ministro de Economía, Martín Guzmán, fue más sensato: “Para Argentina puede ser una oportunidad, pero queremos que ese shock no sea regresivo”.

Hace menos de un mes, el gobierno, a través de su secretaria de Comercio Interior, hacía saber que estaba “analizando” subas en las retenciones, sin omitir la habitual bravuconada: “No me va a temblar el pulso para tomar las medidas que hagan falta para cuidar los precios”. “Hay que tomar medidas como los cupos, las retenciones o las declaraciones juradas”, decía Paula Español. “Nos preocupa que una familia necesite 60.784 para no ser pobre”, agregaba, como si eso fuese culpa del mercado internacional.

El gobierno no se quedó en amenazas: cerró las exportaciones de maíz, con el argumento de contener el precio interno

En concreto, incurre nuevamente en la vía del enfrentamiento con los productores porque, falto de respuestas, sólo sabe subsistir cuando designa a un enemigo al cual culpar.

“Es imperioso desacoplar precios internacionales y domésticos, ya que los domésticos deben regirse por la capacidad de compra (en pesos) de los argentinos”, decía Vallejos.

Pero si en tantos años de gestión -este Gobierno no es nuevo- no encontraron un mecanismo para desacoplar los precios internacionales de los internos, que no implique desatar una guerra con el sector productivo que les da de comer, no hay que hacerse muchas ilusiones de que lo puedan lograr ahora.

Hoy vivimos un déjà vu de los planteos de la hoy vicepresidente durante su cruzada contra el campo

Lo de hoy es un “déjà vu” de los planteos de CFK durante su cruzada contra el campo. En 2008, en un discurso ante el Mercosur que podría quedar para la historia de la contradicción y la confusión de conceptos, la presidente decía que “la disparada de los precios de los alimentos” ponía “en riesgo no ya la economía de un país, sino la mesa, la soberanía alimentaria de nuestros pueblos”. Pocos minutos después definía a la Argentina como “exportadora neta de alimentos, con soberanía alimentaria total”.

“Los precios de alimentos y energía nos colocan frente a una oportunidad inédita, si la sabemos aprovechar”, agregó. Nunca mejor dicho.

Si la tendencia alcista en los alimentos iba a prolongarse unos años más, como se pronosticaba entonces, el sentido común indicaba que la oportunidad para la Argentina era producir más. Pero el gobierno se lanzó contra los productores de esas commodities que, frente a la amenaza, se sentaron sobre sus silobolsas a esperar tiempos mejores. La política del kirchnerismo de entonces hizo caer la producción de leche -el cierre de tambos fue una constante del período- y logró que se siembre menos trigo.

Según CFK -en el discurso citado- el motivo era que en América Latina había en ese entonces “gobiernos muy comprometidos en que nuestros pueblos sigan comiendo bien y algunos piensan que eso genera menos excedentes exportables”.

En concreto, el kirchnerismo no encontró en varios años la manera de aprovechar la “oportunidad inédita” de la que hablaba la hoy vicepresidente, pero tampoco logró evitar la disparada de la inflación que afectó a la “mesa de los argentinos” cuyo cuidado era la excusa para minar a los agroexportadores.

El famoso modelo K falló en toda la línea: no resguardó el mercado interno, porque no frenó la escalada de precios, pero sí hizo caer la producción agropecuaria y llevó a la Argentina a retroceder en muchos de sus mercados internacionales.

Escuchando a Cristina, sus diatribas contra la soja, y su esquizofrénico discurso sobre soberanía alimentaria y boom de commodities, resultaba imposible saber si para el gobierno el alza de los precios de los alimentos a nivel mundial era un problema o una ventaja para un país agroexportador como el nuestro. Tampoco parecen saberlo hoy.

El gobierno maldice el alza de precios de commodities, pero reincide en el aprovechamiento cortoplacista y demagógico de los recursos que extrae de esa “maldición”

Pero en lo que sí son consecuentes es en el aprovechamiento cortoplacista de estas ventajas. Combinan el lamento por la “desgracia” del incremento de los precios de lo que exportamos, con el populismo y la demagogia en el uso de los fondos que extraen de esa “maldición”.

Basta ver las iniciativas de los legisladores kirchneristas: impuesto a los ricos malos, aumento de retenciones al campo diabólico, congelamiento de tarifas -total el déficit se financia con emisión-, y ya que vienen dólares de la soja, no sólo congelamiento, rebaja también… se acercan las elecciones.

Esta tiranía de lo inmediato es fruto de una conciencia electoral incapaz de observar, analizar, y en consecuencia proponer, prever y planificar, más allá del próximo comicio.

Por ello, frente al aumento de la soja a valores análogos a los del primer mandato cristinista, repiten la misma conducta que llevó a la Argentina a insumir energías en un desgastante y estéril conflicto interno y, a la larga, a frustrar una oportunidad.

Fueron incapaces entonces de transformar el crecimiento en desarrollo económico, productivo y social y repiten ahora la misma metodología; hasta reiteran su ignorancia volviendo a sus amenazas de aumento de retenciones justo en vísperas de un boom de precios, como para nuevamente desalentar a los productores.

Es un gobierno sin conciencia de la realidad; está en manos de las circunstancias y todo lo razona con código electoral. El atajo intelectual que toma, por ausencia de vocación orgánica, es lo que impide la planificación para generar inversiones y empleo.

No han generado una sola instancia orgánica que permita pensar y proponer mecanismos para sacar el mayor rendimiento posible del boom de commodities

En cambio, incurren en más asistencialismo. Y direccionado hacia el distrito más densamente poblado, donde están haciendo base en su táctica de gobernar al país desde una facción, recostados en lo decisivo del peso electoral bonaerense en la elección presidencial. Es su idea del federalismo.

No han generado una sola instancia orgánica que permita pensar y proponer mecanismos para sacar el mayor rendimiento posible de los cambios que en el escenario geopolítico mundial causa el aumento de los precios de los commodities.

De hecho, su vínculo con la potencia responsable en mayor medida de este boom con su creciente demanda ¿difiere acaso en algo de la conciencia colonial del siglo XIX y XX respecto del Imperio Británico que tanto criticaron los intelectuales en los que el kirchnerismo dice referenciarse?

La pereza intelectual está a la orden del día

El Consejo Económico y Social, el lugar orgánico donde se deberían realizar estas evaluaciones para sacarle rendimiento a los vaivenes de la economía mundial en beneficio de todo el país, es apenas un rótulo, el maquillaje de una iniciativa supuestamente estructural para ocultar la autocracia con la cual gestionan.

Todo esto, antes que una crítica, es un desafío al surgimiento de una nueva fuerza política que se proponga sacar a la Argentina de la crisis que la aqueja y que, por encima de los extremos que configuran la grieta actual, formule una iniciativa para alcanzar un grado político de estabilidad, de seguridad jurídica, de credibilidad y de previsibilidad que permita que nuestra nación sea considerada por el mundo del siglo XXI no como un lugar donde saquear reservas naturales sino como un interlocutor político y productivo con el cual vincularse en virtud de un beneficio común.

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