Sábado, 07 Agosto 2021 18:03

Verdades, medias verdades y mitos del liderazgo justicialista - Por Mariano A. Caucino

Escrito por Mariano A. Caucino

El silencio cubre un período importante del primer peronismo, entre 1950 y 1955, cuando el gobierno corrigió sus propias equivocaciones, alteró el curso de la economía y reorientó su política exterior. 

Entre 1950 y 1955, el gobierno del general Juan Domingo Perón aplicó un programa económico realista y desplegó una política exterior de acercamiento a los Estados Unidos. Ocultado por propios y ajenos, aquel período mostró tal vez como nunca las virtudes de estadista del fundador del Justicialismo.

 

Ya a comienzos de 1949, Perón advirtió que el modelo económico dirigista que había heredado al llegar al poder mostraba síntomas de agotamiento. Eterno lector de la realidad de los hechos, comprobó que el triángulo económico entre la Argentina, el Reino Unido y los Estados Unidos se había vuelto vicioso para nuestro país. Los tiempos de bonanza habían quedado definitivamente en el pasado. A su vez, tras el final de la guerra, el mundo se encaminaba hacia un esquema bipolar en el que las dos superpotencias emergentes del conflicto, Estados Unidos y la Unión Soviética, rivalizarían en el plano global.

Replanteo. Aquella nueva realidad obligaría a Perón a un replanteo de sus políticas. Ello lo llevaría a sustituir al hasta entonces “Zar” de la economía peronista, Miguel Miranda, por un nuevo equipo económico encabezado por Alfredo Gómez Morales. A su vez, el canciller Juan A. Bramuglia -de origen socialista- fue reemplazado primero por el legendario Hipólito Jesús “Tuco” Paz (nacionalista) y más tarde por Jerónimo Remorino, un conservador que había llegado a ser secretario del mismo Julio A. Roca (hijo).

Un programa de austeridad económica, una política de promoción de la productividad, un intento de atracción de inversiones extranjeras, la firma del contrato petrolero con la Standard Oil de California y las políticas antiinflacionarias del Segundo Plan Quinquenal serían las notas distintivas de aquel tiempo de escasez.

Las mismas intenciones se plasmaron en el campo de la política exterior, acaso el campo de acción de gobierno que más cautivó a un hombre del talento de Perón. Percepción que lo llevó a sostener que la verdadera política era la política internacional, reservando para los asuntos domésticos las características de los temas de provincia.

Falacias. Pero es aquí donde las medias verdades y las falacias volvieron a confundir a sus seguidores. Se suele creer que Perón recién se acercó a los Estados Unidos con la llegada del general Dwight D. Eisenhower a la Casa Blanca, en enero de 1953. Menos conocido es que aquella tendencia ya había sido plasmada varios años antes. Pocos recuerdan, por caso, que aquel Perón que no miramos intentó enviar tropas a Corea cuando estalló la guerra en el extremo Oriente en junio de 1950. Fue entonces cuando, buscando demostrar sus indubitables credenciales anticomunistas, aseguró a la Administración Truman que la Argentina estaría a su lado en la lucha contra la expansión del comunismo.

Una nueva configuración global había surgido tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y Perón había advertido tempranamente que la Argentina era un país que pertenecía indudablemente al hemisferio occidental y al área de influencia de los Estados Unidos.

Pero ese manto de silencio ha privado al que sigue siendo el movimiento político popular más importante de la Argentina de revalorizar una experiencia histórica realmente valiosa. Por una u otra razón, tanto los peronistas como los antiperonistas se han ocupado de borrar aquel tiempo en que el gobierno justicialista corrigió sus propias equivocaciones, alterando el curso de su política económica y reorientando su política exterior.

Paradójicamente, Perón cayó cuando su política de acercamiento a los Estados Unidos estaba mostrando sus manifestaciones más concretas y cuando su programa económico de estabilización había obtenido importantes resultados.

Distorsión. Un manto de silencio parece olvidar que, a partir de 1950, pero especialmente desde 1952, Perón mismo pareció tomar conciencia del agotamiento del modelo de sustitución y de economía cerrada que heredó en 1946 y que profundizó en los primeros tres años de su gobierno. Si bien la historiografía se ha ocupado de estudiar aquellas políticas “realistas” de Perón, buena parte de la dirigencia peronista de las décadas siguientes y de la actualidad parecen ignorarlas.

Acaso el propio Perón contribuyó a esa distorsión. Durante los largos años de su exilio forzado, fue adoptando progresivamente un tono antimperialista que volvió a enfrentarlo con los Estados Unidos. Esta narrativa fue intensificada, sobre todo, en los últimos años antes de retornar a la Argentina cuando, movido por una vocación táctica de atraer a las masas de jóvenes imbuidos por ideas socialistas, buscó seducirlos mediante una remake de la Tercera Posición de la segunda mitad de los años 40.

La incomprensión de los fenómenos históricos contribuye a falsificar la realidad y las percepciones que los dirigentes tienen sobre el pasado. Acaso el mayor daño de esa situación emerge cuando esas interpretaciones equivocadas confunden a quienes deben conducir los destinos de un país en el presente.

A casi cincuenta años de la muerte de Perón, el peronismo en sus distintas manifestaciones persiste vigente como un movimiento político central en la vida política argentina. Para bien o para mal, nada hace suponer que esa realidad vaya a ser modificada en el futuro inmediato. Esos hechos me han llevado a entender que era útil recordar algunas de las políticas del líder fundador del movimiento peronista en tiempos de escasez, una realidad que muy probablemente acompañe en el futuro a los líderes de la Argentina del siglo XXI.

*Especialista en política internacional e historiador. Se desempeñó como Embajador en Israel y Costa Rica. Su último libro es El Perón que no miramos. Política, economía y diplomacia en tiempos de escasez (1950-1955).

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