Sábado, 07 Agosto 2021 23:06

Misoginia - Por Karina Mariani

Escrito por Karina Mariani

El lobby feminista huele sangre (¡por un tweet!) y ansía enviar al diputado Iglesias al paredón. 

En el resbaloso arte de la polémica existen reglas que no responden a la lógica y mucho menos al buen gusto. La polémica es desagradable, sucia y brutalmente llamativa, esa es su gracia, funciona como el sonido de las uñas afiladas arañando un pizarrón. En esta inefable Argentina nuestra, las polémicas son deporte.

Existe actualmente una polemiquita muy menor que se enmarca en una polémica mayor: la polémica madre es la difusión de la lista de interminables visitas de orden suntuario, festivo y de hedonismos variados, ocurridos en la residencia presidencial mientras se imponía a la población todo tipo de inútiles y dictatoriales restricciones que impidieron a los argentinos atender su salud, trabajar, estudiar, reunirse con su familia o velar a sus muertos.

En la famosa lista de privilegiados por el favor presidencial había personajes cuya irrisoria presencia movió a la sorna y a la suspicacia, cuando menos. La polemiquita aludida reside en el contenido de la cuenta de twitter del diputado Fernando Iglesias donde, a raíz de la polémica madre, vertía algún tipo de ironía sexual referido a mujeres indeterminadas. No hay, en concreto, mucho más que eso, peeeeero...

Hemos dejado crecer un dogma que corroe todo a su paso. Tiene varios nombres, feminismo radical es uno de ellos, perspectiva de género es el nombre pretendidamente académico. Este dogma funge como un sistema de control puritano donde se deben medir, a toda hora y en todo lugar, cada una de las palabras, acciones y movimientos para que se adapten a lo que la perspectiva de género dice que es lo correcto.

Las coacciones que del dogma feminista emanan atentan contra la libertad de expresión y de acción, y no reconocen límites entre lo privado y lo público. El dogma feminista no ha encontrado resistencia ni en los ámbitos educativos, ni en los mediáticos ni en los políticos. Y es en la política, particularmente, en donde acampa a sus anchas, ya que son los políticos lo que, convencidos de que allí están los votos, impusieron a la sociedad variopintas regulaciones, discriminaciones, cupos y penalidades destinadas a satisfacer la demanda del colectivo feminista pensando que, si le daban de comer al monstruo todo lo que pedía, no se los iba a comer a ellos.

A LA DERIVA

­En esta deriva, fueron los políticos los que rompieron la igualdad ante la ley, que era la base de nuestra democracia, al dar por buena la existencia de la violencia de género. Esta barbaridad jurídica sostiene que existen delitos que no dependen de los hechos objetivos sino del sexo de quienes los cometen o del de las víctimas. Sin que se le mueva un pelo a la sociedad, se arrastró por el fango la presunción de inocencia y el principio acusatorio respecto de la carga de la prueba, pilares sobre los que se sostiene el pacto democrático.

El cambio de mentalidad que devino de este delirio hace que ya no se ponga en duda, ni por la sociedad ni por el poder judicial, el hecho de que cualquier delito del que una mujer es víctima sucede por culpa de un machismo estructural que hace que se la odie por su condición de género. Tanto ha avanzado el dogma, que existen violencias que dependen de una apreciación subjetiva de la mujer que puede ser percibida de forma atemporal.

Los medios se hacen eco de denuncias de abuso de famosas que se arrepienten días o años posteriores a una relación en la que la sensación de maltrato, a raíz de un cambio subjetivo, aflora a posteriori del hecho y esta sola percepción se titula como violencia machista.

Casi todo el arco político firma al pie de cualquier delirio que emita el dogma feminista. Prerrogativas y regalías de todo tipo son considerados derechos que vienen a subsanar pretéritas ofensas vaya uno a saber por quién cometidas o sufridas. Cuanto más se cede a la presión, más demandas feministas florecen y más lobistas se apuntan a gerenciarlas.

Al descomunal gasto público destinado a "las mujeres'' (por considerarlas un sector a tutelar o un sector a privilegiar, pero jamás iguales a los varones), se suma el sustanciosamente crematístico desarrollo del feminismo corporativo que instala verdugas y capacitadoras de género en espacios privados. Lo importante es que no quede una molécula social sin adoctrinar.

CENSURA SELECTIVA

­En este caldo de ácido sulfúrico en el que nos encontramos la censura es selectiva. Ofender se puede si se apunta a ciertas categorías determinadas: varones mayormente o mujeres que no tengan sintonía con las verdugas de género. En definitiva, existe un grupo ofendible y otro al que no se puede tocar y esto parte de la previa aceptación de que existen grupos intrínsecamente malos que se merecen todo daño. Ciudadanos de primera y de segunda respecto del rasero de la corrección política. Se desprende que una sociedad así es invivible, pero llevamos años dejando hacer y en este marco volvamos a la polemiquita.

El diputado Iglesias expresó en twitter una dosis de burla con destino al grupo que no se puede tocar, vaya osadía, en supuesta alusión a las visitantes del Presidente. Inmediatamente el guante fue levantado por las verdugas de género, opuestas a su espacio político, que vieron en la polemiquita una oportunidad de oro para desviar la atención de la polémica madre ya explicada.

Entonces lo acusaron de MISOGINIA, que significa tener aversión a las mujeres, de suerte tal que, estableciendo que Iglesias odia a TODAS las mujeres, sus palabras o actos derivarán, en consecuencia, no de casos particulares (la citada polémica madre) sino del machismo estructural que es la base de la violencia de género.

En el envión, una actriz militante/visitante del Presidente, versada polemista, aprovechó para sentirse profundamente ofendida y acusó a Iglesias de generar violencia machista sobre ella. Acto seguido el lobby feminista olió sangre y se dispuso a enviar a Iglesias al paredón solicitando su expulsión de la cámara de Diputados, el desalojo de la contienda electoral y hasta se insinuaron acciones penales. Sí, por un tweet. Ojo que lo que le ocurrió a Iglesias ha sido padecido por otros varones que pretenden ingresar a la política, espacio dramáticamente colonizado por el dogma feminista.

Javier Milei fue prácticamente borrado de grupos mediáticos e insultado profusamente por no someterse a tratar a las mujeres de forma preferencial o reverencial.

Recientemente Franco Rinaldi fue atacado por su particular visión de la perspectiva de género. Rinaldi ha acuñado un término ingenioso y muy gráfico del panorama al que se somete a la sociedad en virtud de la perspectiva de género: ginecocracia. A la luz de los acontecimientos, no podría resultar más apropiado. Por cierto, pocas casi nulas, fueron las solidaridades por las injusticias cometidas contra Milei, Rinaldi o tantos otros que caen en la picadora de carne que es la máquina feminista de ofenderse.

UN METODO DE CENSURA

­La libertad de expresión conlleva la posibilidad de ofender y esto no es excusa para coartarla, ya que las hipotéticas ofensas se convierten, caso contrario, en un método de censura. De hecho, la muy posible posibilidad de ofender a una feminista y ser señalado como misógino genera pánico entre los políticos, al punto de dar la espalda e incluso sumarse a los ataques a los propios compañeros con tal de alejarse de las fauces del monstruo. En el turno del patíbulo que le toca a Iglesias, le llovieron las balas de ajenos, así como las de sus propios compañeros políticos.

El fuego amigo contra el diputado avaló varias barbaridades: la primera consiste en decir que un varón no puede criticar o burlarse de una mujer. Iglesias es también un avezado polemista que hizo de su irascibilidad una marca personal, pero nadie propuso echarlo cuando la emprendió contra otros varones. Si el accionar de Iglesias no constituye delito ni es motivo de sanción si se da entre hombres, no existe una razón válida para la aplicación diferencial si se trata de mujeres. La peor forma de misoginia es tratar a las mujeres como si no fueran individuos con sus propias individuales características considerando que, lo que ofende a una ofende a todas, y como si necesitaran colectivamente un especial protección y cuidado.

La otra barbaridad que amigos y enemigos políticos de Iglesias avalaron fue la tribalización de las mujeres. Es una perversión despojar al feminismo de su concepción originaria liberal que pugnaba por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, para rellenarlo vilmente con fundamentos tribales que requieren adhesión total al dogma de género y aceptación de la custodia de los intereses colectivos que imponen representantes y organismos que conforman el feminismo tutelar. Sólo las que se asumen como un colectivo de víctimas del machismo estructural son dignas de consideración ya que se constituyen en instrumentos necesarios para colonizar al Estado y desde ese pedestal poder vigilar y castigar y por supuesto monetizar.

En una democracia el ciudadano como individuo debe ser entendido como la unidad de derechos fundamental y su adhesión o pertenencia a un grupo ha de ser voluntaria, no dependiendo dichos derechos de ninguna suscripción. Pero los grupos de presión y la corrección timorata que impone el dogma feminista en medios y redes claman sacrificios para subsistir y por eso deben sostener el mito del "heteropatriarcado estructuralmente opresivo''. Su éxito no es menor, han conseguido leyes que no salvaguardan derechos de las personas sino de grupos predeterminados, un delirio oscurantista.

El partido político al que pertenece el diputado Iglesias es activo partícipe de semejantes aberraciones y de la implementación de políticas públicas que suscriben la agenda del feminismo tutelar que consagra la discriminación de la mitad de la población.

MOMENTO CARROÑERO

­Las hienas que atacaron a Iglesias, andaban a su lado esperando su carroñero momento, pero esto no alejó a Iglesias de los postulados discriminatorios y sesgados de sus compañeros de partido.

Para mayor abundamiento, otra víctima de la polemiquita fue el diputado Waldo Wolff, quien tampoco incurrió en delito alguno, pero fue igualmente sentenciado por ejercer el humor sarcástico junto a Iglesias. Wolff se embarcó en otra tontería, la de pedir disculpas por un error no cometido dando por buena la capacidad censora de quienes usan el dogma de género para ofenderse. Y para colmo aclaró que las fechas de la ofensa y de las ofendidas no coincidían, como si dando una pátina de lógica a la locura, el escarnio fuera a cesar.

El problema de entrar en el juego del dogma de género es que no hay forma de ganar. Wolff no entiende que el feminismo necesita un enemigo que represente al machismo violento estructural y que las cartas ya se repartieron. Intenta entrar al grupo de los correctos y no, no va a andar. El feminismo es excluyente y él está excluido por más disculpas que pida.

La violencia estructural existe. La ejerció el Presidente desde el aparato de poder gubernamental, implantando medidas inconstitucionales que privaron de derechos y libertades a los argentinos, mientras aprovechaba como un drogado de poder para realizar fiestas y baños de multitudes al tiempo que su horrible gestión sumía al país en la miseria. Ese es el escándalo y esa es la polémica.

Palidece a su lado la polemiquita de la misoginia, una pavada que sólo se sostiene por lo trastocados que están los valores gracias a esta perspectiva de género que hace que tengamos que medir hasta las bromas para no importunar a las verdugas que se han vuelto expeditivas y peligrosas a la hora de organizar cacería de brujos.

Con un poco de fortuna y buena voluntad, tal vez los involucrados en la polemiquita entiendan ahora las consecuencias del desafortunado camino de censura y cancelación al que la agenda de género y sus retorcidas normas nos han llevado y cuán expuestos al escarnio están todos aquellos que no se someten. Y con un poco más de ventura, desde sus lugares de poder, puede que se dispongan a luchar contra la verdadera misoginia; porque no existe nada más misógino que el dogma de género que trata a las mujeres con el desprecio de considerarlas seres menores, incapaces, frágiles; meros instrumentos de la intolerancia política.

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