Viernes, 27 Agosto 2021 11:01

Perón, el peronismo y los EE.UU.- Por Fabián Bosoer

Mariano Caucino recorre en su reciente libro las maniobras del primer peronismo para adaptarse al escenario global restrictivo de los 50. 

Es una constante histórica: el peronismo nació, en 1945, cuando la Argentina se propuso reinsertarse en el mundo de posguerra -fue de hecho una resultante de esa reinserción- y hacerlo suponía, en primer lugar, restablecer los vínculos con Washington. La Argentina firma la Carta de las Naciones Unidas en San Francisco un 24 de septiembre del 45 mientras en Buenos Aires, semanas más tarde, el coronel Perón, hombre fuerte de la dictadura en retirada, era ungido como líder político de masas el 17 de octubre e iniciaba su carrera de ascenso al poder, camino a la presidencia por el voto popular.

Es cierto que lo hizo a su manera, confrontando con el levantisco e irascible embajador Spruille Braden y convirtiendo esa pulseada en una bandera política ganadora y una cuestión de soberanía, lo cual le trajo beneficios domésticos y costos externos.

Pero también lo es que luego llegaron embajadores norteamericanos más comprensivos, que Perón adhirió al TIAR y reorientó su “Tercera Posición” hacia una clara identificación “occidentalista” en el contexto de la Guerra Fría entre los EE. UU y la URSS. No trataba con la China comunista de Mao sino con la China nacionalista y pro-occidental de Chiang Kai Shek, entre otras cosas, y se distancia de la España de Franco mientras se aproxima a Washington.

En El Perón que no miramos. Política, diplomacia y economía en tiempos de escasez (1950-1955), (Ed. Areté, 2021), Mariano Caucino aborda precisamente esa etapa en la que, pasados los años iniciales de bonanza derivada del proteccionismo y la sustitución de importaciones, el primer peronismo debió maniobrar en un escenario global restrictivo cuyas consecuencias se hacían sentir en la economía doméstica buscando ampliar sus márgenes de maniobra.

Datos a computar

La guerra de Corea (1950-52), la llegada de un general republicano, Dwight Eisenhower, a la presidencia de los Estados Unidos (1953-1960) y la diplomacia beligerante de John Foster Dulles al frente del Departamento de Estado, eran todos datos que podían computarse como propicios para el acercamiento de Perón a Washington, algo en lo que pondrá especial atención en su segundo mandato.

Caucino se detiene en algunas secuencias significativas de ese período. Una de ellas es la visita de Milton Eisenhower, hermano del presidente norteamericano que viajó a Buenos Aires en misión especial, en julio de 1953. Habían pasado los tiempos de desafío al Imperio, y era momento de mostrar esa mayor sintonía.

Perón tenía su revancha por la fallida Misión Warren, de abril del 45, abortada por la llegada de Braden. Y exhibía en aquellos días sus mejores dotes de seducción política. El noticiero Sucesos Argentinos registra aquel instante: “El doctor Eisenhower cumple con su amable visita a tierra argentina -arranca la voz en off del locutor acompañando las imágenes- (…). El ilustre huésped ha podido apreciar a través de tantas efusivas expresiones, que en esta tierra, donde se rinde ferviente culto a la paz y a la amistad, es incondicional el deseo común de establecer sobre bases de inalterable firmeza todo lo que contribuya al bienestar y la felicidad del pueblo.

El doctor Eisenhower después de su breve visita ha recogido testimonios cabales de los sentimientos que animan al gobierno y pueblo argentinos. En el momento de su partida, se despide el presidente Perón, que reitera su fe de ver estrechamente unidos en espíritu y en acción a todos los americanos, para que América toda, como Argentina, sea definitivamente libre, justa y soberana”. https://www.youtube.com/watch?v=MP9SaDo18-I  En sus memorias, Milton Eisenhower escribirá que Perón “era al mismo tiempo uno de los hombres más atractivos y más crueles que yo haya conocido”. Y recordará: “Decir que la recepción que me brindó Perón me dejó atónito es un pobre eufemismo. Alfombras rojas, bandas pintorescas, guardias militares de honor por todas partes…”.

Los gestos de amistad de Perón hacia los EE.UU. continuaron hasta el final anticipado de su gobierno, con el cruento golpe del 55. Sin embargo, no logrará revertir la falta de confianza de los funcionarios norteamericanos. Para Caucino, acaso el núcleo de ese desencuentro tuviera que ver con un factor cultural: “Perón era un maestro en el arte de confundir a sus interlocutores con sus hábiles contradicciones entre dichos y hechos. Pero allí donde Perón demostraba sus enormes habilidades discursivas, los norteamericanos veían elementos para desconfiar”. Sencillamente, no terminaban de creerle.

Y nunca faltarán las dos caras, remedando el juego de “halcones” y “palomas”, con señales contradictorias, bifrontes o equívocas de un lado y del otro. Un ejemplo de ello fueron los contratos con la Standard Oil de California para explorar y explotar los recursos petrolíferos del sur de la Argentina. Esta decisión aliviaba el frente externo y daba aire económico al gobierno, pero traspasaba la frontera de lo admisible para los sectores militares y civiles que la observaban como una declinación de soberanía.

Una movilización de trabajadores marchaba en 1945 a Plaza de Mayo para reclamar la liberación del coronel Juan Domingo Perón, el hombre que ese 17 de octubre se convertiría en líder indiscutido del movimiento político que haría posible que los sectores populares conquistaran derechos sociales y condiciones de ciudadanía. Foto Télam

Una movilización de trabajadores marchaba en 1945 a Plaza de Mayo para reclamar la liberación del coronel Juan Domingo Perón, el hombre que ese 17 de octubre se convertiría en líder indiscutido del movimiento político que haría posible que los sectores populares conquistaran derechos sociales y condiciones de ciudadanía.

Panorama regional

Al mismo tiempo, el panorama latinoamericano se poblaba de dictaduras anticomunistas que contaban con el favor de Washington: Manuel Odría en Perú (1948-1956), Fulgencio Batista en Cuba (1952-1958), Carlos Castillo Armas en Guatemala (1954-1957), Marcos Pérez Jiménez (1952-1958) en Venezuela, Gustavo Rojas Pinilla en Colombia, Alfredo Stroessner en Paraguay (1954-1989), se sumaban a las imperantes en la Nicaragua de Anastasio Somoza, y la República Dominicana de Rafael Trujillo.

Con algunos parecidos y muchas diferencias, Perón no se terminaba de encuadrar en ese grupo de regímenes autoritarios a los ojos estadounidenses. En marzo de 1954, la CIA y el Departamento de Estado difunden puertas adentro una Estimación de Inteligencia Nacional, referida a la situación en la Argentina y los probables desarrollos durante 1955. Su contenido vuelve a reflejar la ambivalencia con la que se evalúa la figura de Perón y su política exterior “inestable, interesada en los requerimientos momentáneos de las políticas internas y caracterizada por un alto grado de oportunismo”.

Como había ocurrido una década atrás, nuevamente las líneas más “duras” del Pentágono y el Departamento de Estado, por un lado, y de los militares y civiles más cerrilmente antiperonistas, por el otro, tendieron a realimentarse la una a la otra con sus acciones y esa dinámica, sumada al conflicto de Perón con la Iglesia, contribuyeron a acelerar el resquebrajamiento del apoyo que el gobierno tenía dentro de las Fuerzas Armadas y la erosión de su consenso social.

Lo cierto es que Perón cayó en el 55 en el momento en que mejor relación mantenía con los Estados Unidos y cuando la economía argentina había vuelto a crecer. Luego de su derrocamiento y durante los largos años de exilio forzado fue adoptando progresivamente un tono anti-imperialista que volvió a enfrentarlo con los Estados Unidos, narrativa que se intensifica sobre todo en los últimos años antes de retornar a la Argentina, cuando motivado por atraer a las masas de jóvenes imbuidos en las ideas socialistas, buscó seducirlos mediante una remake de la Tercera Posición de la segunda mitad de los años 40, en su retorno al poder.

Fotografía tomada en 1955 y cedida por Enrique Pavón Pereyr durante la inauguración del museo y casa natal del expresidente argentino Juan Domingo Perón (i) en la localidad bonaerense de Lobos, en la que se lo ve conversando con, entre otros, el que fuera primer director del lugar, Enrique Pavón Pereyra (1-d), quien también fue su biógrafo oficial. EFE/ Enrique Pavón Pereyr

Fotografía tomada en 1955 y cedida por Enrique Pavón Pereyr durante la inauguración del museo y casa natal del expresidente argentino Juan Domingo Perón (i) en la localidad bonaerense de Lobos, en la que se lo ve conversando con, entre otros, el que fuera primer director del lugar, Enrique Pavón Pereyra (1-d), quien también fue su biógrafo oficial. EFE/ Enrique Pavón Pereyr.

Era el clima de época: a fines de los 60 y comienzos de los 70, el peronismo se reinventa rejuvenecido como la expresión nacional de un fenómeno global, la proliferación de movimientos “de liberación nacional”. Y pelearse con los EE.UU., para buscar el modo de amigarse después, una vez más, tendrá réditos políticos inmediatos y dificultades ulteriores, fomentando los estereotipos, prevenciones y desconfianzas. Algo que se reiterará, casi como una marca de identidad política hasta nuestros días.

El Perón que no miramos: política, diplomacia y economía en tiempos de escasez, 1950-1955.

Mariano A. Caucino

Areté Grupo Editor

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