Domingo, 31 Octubre 2021 02:13

Alfonsín y la economía de la refundación democrática - Por Vicente Palermo*

Escrito por Vicente Palermo

La publicación del libro Diario de una temporada en el Quinto Piso, de Juan Carlos Torre (Edhasa, 2021), invita a reflexionar sobre un momento clave de la historia política y económica de los últimos 40 años. 

Juan Carlos Torre es un maestro de la perífrasis. No hay en esta afirmación la menor ironía: sus textos suelen ser tan ricos analíticamente, su escritura suele sacar tanto provecho hasta de la menor partícula valiosa de los acontecimientos con que se depara, que cada perífrasis brinda al lector como un remanso en un río turbulento, o como la oportunidad que tiene un boxeador de cambiar de aire.

De la mano del autor podemos recorrer, así, las 500 páginas de su último libro que no son demasiadas si se considera que Juan Carlos fue parte –el único no economista– del núcleo duro del equipo que acompañó a Raúl Alfonsín, primero en la Secretaría de Planificación Económica, y poco después, y hasta el final, al frente de la propia cartera de Economía, en el sexenio incompleto de su mandato.

Son páginas cautivantes, por mucho que conozcamos el final de la trama y aunque no podamos sustraernos al aire de tragedia que enrarece poco a poco los esfuerzos de los protagonistas, convencidos, ya mucho antes del fin, de qué es lo que les espera y sin embargo dispuestos a apurar el cáliz hasta la última gota, resueltos a no abandonar al presidente.

Sucintamente, este libro se ocupa, de un modo enteramente original en la Argentina contemporánea, de un equipo en operaciones (“estamos en operaciones”, musita Juan Sourrouille en los oídos de Juan Carlos cuando este acaba de regresar de un breve viaje, los días de preparación del Austral). Operaciones continuas, sin respiro: desde que Sourrouille asume la cartera económica hasta su renuncia anhelada por él pero en ese momento brutalmente forzada por Eduardo Angeloz, se puede decir que ni siquiera durante el lanzamiento del Plan Austral pudo el equipo paladear en calma las mieles de la victoria.

Por qué el libro es tan original

Primero, porque es original en su etiología: fue redactado en tiempo real (“hoy por la tarde nos reunimos en la oficina de Juan y el estado de ánimo del equipo era sombrío”), en el mismísimo origen en tiempo y lugar de los acontecimientos de que se ocupa. La escritura está mucho más cerca de una narración, y de un análisis, propios de quienes deben percibir, interpretar, analizar, decidir, escoger caminos, intentar avanzar por ellos, todo lo que acompaña la vida agonal de modo perentorio, que de la mirada habitual del historiador, que comúnmente ignora cómo se construyeron percepciones, quién persuadió a quién, y por qué, pongamos, en vísperas de una batalla.

Segundo: porque es original en su factura: Torre resolvió conservar sin aditamentos sus textos (extensas notas fechadas y algunas cartas), tal como fueron grabados o redactados (en algún momento el autor se explica a sí mismo que deja de grabar, porque ya no puede soportar su propia voz tétrica, y de ahí en más sólo escribe). Las palabras que así nacieron nos traen por tanto más de treinta años después la frescura y la duda, la esperanza y la angustia, la convicción y la incertidumbre, la certeza y el dilema, en fin, todos los precios inevitables de la política, especialmente cuando la factura le es presentada a un fino intelectual de talante más bien contemplativo (taciturno, lo tacha, sin malevolencia, un periodista de los que revoloteaban constantemente sobre las cabezas del equipo económico) que, por motivos republicanos, fraternales y de amor al conocimiento, ha aceptado meterse en ese brete.

Tercero: Torre es un insider de efecto retardado y esta es su versión de aquella compleja historia, y ninguna versión es perfecta o deja de estar condicionada por el lugar desde el cual se observa todo. Aunque a los efectos de esta reseña eso no me importe mucho.

Meditemos

La política -menos discreta que la muerte- interpela entonces a Torre: ¿Querías conocer cómo es ese mundo por dentro? ¿Querías ayudar a tus amigos? ¿Querías aportar a la democracia tu civismo? Muy bien, tanta ambición tiene un precio y, mientras permanezcas en el Quinto Piso, has de pagarlo.

Las páginas de Torre, hipotéticamente dedicadas a cuestiones áridas como las roscas del partido radical, las presiones sindicales, las vicisitudes de las rebajas arancelarias o las interminables negociaciones con los organismos internacionales, por supuesto que se ocupan de todo esto y mucho más como problemas ineludibles de la gestión de la economía, pero de lo que hablan, en realidad, es de qué consiguió hacer él, un reflexivo, puesto en una condición esencialmente política.

Torre se refiere varias veces a su “puesto privilegiado de observador comprometido”, aunque personalmente creo que observador no es el sustantivo más adecuado. A su modo, Torre fue un actor, un observador y un analista al mismo tiempo, y lo pagó caro. Un escéptico podría observar, y no sin razón, que esto es lo que normalmente sucede en cualquier gobierno. Más o menos.

En todo caso, el gobierno de Alfonsín no era cualquier gobierno. No se trataba de gestionar una democracia establecida, se trataba de una experiencia fundacional, de poner fin al movimiento de un péndulo cuya masa de momento oscilaba hacia donde debía hacerlo, pero que no se sabía si, y cuándo, empezaría a volver al otro extremo.

Y esta tarea fundacional debía concretarse en una sociedad conflictiva, movilizada, rica en expectativas de reparación y pobre en sus capacidades de cooperar y de ajustar sus conductas a instituciones, deberes y derechos, ni hablar de súplicas presidenciales. Menuda paradoja: los más modernos entre los nuevos residentes de la Rosada, y algunos altos funcionarios dispersos entre los numerosos ministerios (dispersos pero con alguna capacidad de decisión) creían en las visiones o las formulaciones modernizadoras de la socialdemocracia (no se trata de una cuestión programática); pero entonces la tarea no parecía tan, tan difícil: consolidar una socialdemocracia en estas pampas, donde el radicalismo (aun gran parte de sus corrientes favorables a la renovación y el cambio) veía el asunto con desconfianza, como ajeno, y el peronismo empleaba el calificativo, socialdemócrata, como un dicterio contra Alfonsín.

Era todo difícil, sí, pero allí estaba Bernardo Grinspun, que no era otra cosa que la síntesis de los sentidos comunes argentinos (y del entendimiento económico del propio presidente), para mostrarnos cómo subiría el salario real, bajaría la inflación y se reactivaría la economía todo de una. Y con la deuda no habría mayor problema.

Pero no; algo falló (en 1984 la inflación anual había superado el 600% y en junio de 1985 la anualizada era aún superior). Quienes se lo venían advirtiendo al presidente (y ya empezaban a demostrar, esto hay que decirlo, una combinación rara, uniendo perceptibles capacidades políticas a su competencia técnica, Sourrouille, Machinea, Canitrot, Brodersohn, pocos otros), fueron puestos al comando.

Tenían también una visión peculiar, distante de la insustentable macroeconomía telúrica, pero no menos de los rigores autodestructivos inherentes a los ajustes neoliberales. Para Alfonsín ya estaba claro que estas dos opciones (no solamente la segunda) habrían internado su presidencia en la trayectoria del fracaso y hasta de la catástrofe institucional.

Los objetivos del nuevo equipo (Canitrot no estaba tan optimista, observa Torre como al pasar) eran más modestos, resignadamente lo eran, pero podían ser acompañados con la promesa de una esperanza. Pero aquí todo no termina, más bien empieza. Porque se trasunta algo más en las páginas sorprendentemente implacables de Torre: la emergencia brutal de la cuestión de gobierno.

La economía lejos de ser una cuestión estrictamente técnica debe ser gobernada y el gobierno de la economía es una cuestión básicamente política. No era, ya, como en tiempos de Grinspun, que la propia gestión económica generaba ingobernabilidad, sino que la misma gestión deviene en un instrumento difícil, indócil, que debe ser gobernado al precio de que, no siendo así, otra vez la gobernabilidad tout court sea puesta en serios peligros.

El nuevo viejo equipo de Alfonsín

Hagamos una narración, que no sería, por lejos, la única posible, de las páginas suscitadas por la temporada en el Quinto Piso de Juan Carlos Torre. El presidente ha recurrido a un nuevo equipo, al que conoce por su presencia en la Secretaría de Planificación. Lo conoce, pero pocos más lo conocen. Así las cosas, me atrevo a recurrir a una metáfora algo simplista: ha aterrizado en el quinto piso un grupo de marcianos.

Marcianos porque resultan extraños para la sociedad entera. Son hábiles políticamente y comprenden que la suerte de su gestión no se jugará meramente en lo técnico. Deberán hacer política y pedagogía. Así, descubren que les espera una tarea ciclópea. Deberán convencerse a sí mismos –comprobar su cohesión, confirmar sus afinidades, estilizar una visión coherente hacia afuera del equipo.

Deberán convencer al presidente, dispuesto a la aventura, pero sumido en dudas. Deberán convencer, dentro de lo posible, a los bancos acreedores. Al gobierno de los Estados Unidos. A los organismos internacionales de crédito. Esto apenas para empezar. Deberán persuadir al partido radical, a los actores organizados, sean corporativos o no. A los medios de prensa. A la opinión pública. No abrigaban muchas esperanzas para con la oposición, pero también.

Y no se podía hacer menos que eso. Porque cada grupo tenía instrumentos y recursos para actuar y para obstruir y, a veces, para vetar. En este marco, en el que la visión dominante, por muy decepcionantes que hubieran sido sus resultados, era la única conocida hasta junio de 1985, el Plan Austral tuvo una eficacia milagrosa. De hecho, de un saque tuvo efectos sobre el índice de precios, los salarios y el nivel de actividad económica. De modo que el equipo inicial se amplió. Estrictamente, una sola persona se incorporó a él: Raúl Alfonsín.

El presidente, que hasta entonces les había abierto el camino a los economistas del Austral como un acto de fe, se fusionó de hecho al equipo. Esto fue crucialmente importante para apuntalar y alargar los plazos de los logros inmediatos del Austral. Había que pelear en multitud de combates dentro y fuera del estado, y de ahí en más los economistas sabían que tenían las espaldas bien cubiertas.

Los malabares de Alfonsín

El presidente les otorgaba a los supuestos marcianos un certificado de humanidad. Por supuesto, también muy temprano quisieron hacerse presentes el juego distributivo, las expectativas de reparación, las ideas y ambiciones propias de los altos funcionarios del sector público, las convicciones del partido, las desconfianzas de la ortodoxia, las presiones y exigencias del FMI.

El presidente hacía malabares; las páginas del diario de Torre nos muestran muy bien cómo Alfonsín cuidaba y protegía a la vieja guardia del partido, dispuesta a crear constantes dolores de cabeza a los economistas del Austral. Mitigaba estos dolores como podía, pero, por ejemplo, nunca se dispuso a alinear del todo al Banco Central con Economía ni con los requerimientos macroeconómicos del Plan.

Torre relata también los sinsabores del equipo cuyo capitán era tan proclive a iniciativas díscolas. Como el traslado de la Capital. La iniciativa caía de su peso, iba a contrapelo con la reducción del déficit fiscal que la sustentabilidad del Plan precisaba imperiosamente. Pero contemplada desde otro ángulo, distaba de ser irracional. Entrelíneas, puede advertirse la inquietud de un presidente que ve una erosión de sus instrumentos de autoridad frente a una sociedad que no aprecia ser gobernada, y a la que es preciso entusiasmar con una epopeya.

En suma, el capitán del equipo, como podía, ponía el cuerpo, e intentaba ser creativo, y los economistas eran flexibles, también como podían (“siempre atentos a las consideraciones políticas del presidente”, nos dice Torre). Pero esto duró un tiempo. La confianza del presidente en Sourrouille y sus muchachos, no se alteró. Y el presidente ponía el cuerpo principalmente para protegerlos del asedio de propios y ajenos. Porque de las páginas de Torre surge claramente: el equipo no logró convencer a nadie más con sus amplias propuestas, en todo el arco que va desde la Junta Coordinadora al establishment, pasando por Ubaldini, la UIA y los peronistas renovadores.

Los problemas en los distintos flancos se contagiaron unos de los males de los otros. Y la unidad del equipo se quebró. El punto de inflexión es la entrada del grupo sindical de los 15 al gabinete, con Alderete como ministro. El propio Torre y los economistas se agarraron la cabeza: ¿un poderoso grupo de sindicatos en el ministerio de Trabajo?

Tampoco esta movida atípica del presidente podía ser considerada irracional, no le faltaban motivos. La cuestión militar, lejos de estar cerrada, se aproximaba a su más profunda crisis; los 15 en el gobierno eran un factor de tranquilidad. Y el propio Sourrouille veía otras cosas. Dijo estar convencido, nos cuenta Torre, compartiendo su desaliento, de que el proyecto alfonsinista debía tener un costado sindical.

Síndrome de aislamiento

Pero el equipo como tal se esfumó. Saltaba a la vista que la gestión de la política económica ya no podía contar plenamente con el Presidente como un firme garante. Esta debía ser discutida con alguien más, el nuevo ministro de Trabajo, que jugaba otro juego. “Las palabras del equipo económico, observa Juan Carlos melancólicamente, no tienen hoy la autoridad del pasado”. En dos años, las variables macro del Austral habían sido puestas en jaque una tras otra en sucesivas escaramuzas por todos aquellos actores que no creían en él o no estaban dispuestos a correr con sus costos, en un camino jalonado por inevitables o, en el caso de algunos políticos con posiciones estratégicas, irresponsables concesiones.

Desde entonces, el autor será testigo de un equipo azotado por el síndrome del aislamiento. Y que sufrirá una agonía que a juzgar por sus dolorosas memorias les debe haber parecido a todos sumamente larga. A Sourrouille, y por extensión al resto de los economistas, Alfonsín se negó a aceptarles la renuncia una decena de veces (“Juan, usted y yo vamos a llegar juntos hasta el final”, enfatizó don Raúl en una de esas ocasiones).

Torre acompañó el equipo desde diciembre de 1983 hasta setiembre de 1988 (la fecha de lo que Juan Carlos con cruel ironía sobre sí mismo denominará “su deserción”) y aún después, como asiduo visitante del Quinto Piso. Sarcasmo de la política, fue, ya como simple amigo, el redactor del borrador de la renuncia de Sourrouille.

Este Diario es un libro, pero, creo yo, es asimismo un hecho político. A veces sucede con un texto más largo o más corto. Creo que es un hecho político porque aparece en el momento justo para constituirse en una pieza más, y de la mayor relevancia, en un debate que nos está faltando si es que queremos que se reencuentren la sociedad y la política.

 *Socio del CPA

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