Convencionalmente, diré lo que entiendo por tal: ciudadanos que llevaron a cabo una experiencia política en el peronismo que fue relevante en sus vidas, que reflexionaron y continúan reflexionando sobre esa experiencia y sobre el peronismo, y que continúan activos políticamente (en otros agrupamientos, con otras identidades, o simplemente muy politizados).
Partiendo de esas condiciones, obviamente no se arriba a una identidad, pero, ¿no podría tratarse de una categoría política? El ex peronismo como categoría política. Suena bien. Sigamos pensando. Los ex peronistas dedicamos bastante tiempo a cultivar nuestra condición; nos preocupamos mucho por el peronismo y su variada suerte política.
Y reflexionamos sobre ello en gran medida a partir de nuestra experiencia. Me arriesgo con un lugar común: conocemos al peronismo desde adentro. No hay presunción alguna en lo que afirmo. No estoy diciendo que lo conozcamos mejor que otros (analistas, políticos, observadores, etc.) que nunca fueron peronistas.
Podemos llegar más lejos, quizás, en críticas que, al menos para mí, los peronistas ciertamente se merecen; pero también podemos encontrar mejor los modos de legitimarlos como adversarios en el juego democrático, así como de exigirles que participen de una perdurable legitimación recíproca (cosa que el kirchnerismo, y sus compañeros de ruta, por ejemplo, no hacen) en la cual las identidades no se erigen sobre la impugnación o la descalificación del adversario (convirtiéndolo en enemigo).
Sé que afirmar esto – quiero decir, que si hay un juego democrático en la Argentina, el peronismo es un actor legítimo de ese juego – en tiempos K no me hará ganar popularidad. Ni entre peronistas ni entre no peronistas. Pero este es precisamente el problema. Y los ex peronistas seamos, quizás, una incómoda bisagra que facilite la recuperación de esta legitimación política que se está perdiendo peligrosamente.
Hay algo que los peronistas, incluso lo más malévolos, difícilmente pueden hacer con nosotros: tacharnos de gorilas. No solo porque no lo somos, sino porque nos sabemos defender muy bien y pararles el carro. El recurso de “antiperonizar” cualquier crítica que se les haga con nosotros no sirve. Pero, también muchos antiperonistas tienen un problema con eso de considerar a los peronistas actores legítimos.
La categoría política de ex peronistas define, así, y esta es mi conjetura, un modo de colocarse ante el peronismo y ante el antiperonismo; su elemento central es la cuestión de la responsabilidad política. Como ex peronista que soy, jamás me he hecho una autocrítica por mi participación en el peronismo, ni tengo la menor intención de hacerla, y mucho menos estoy dispuesto a que me la hagan (“te voy a hacer tu autocrítica”, como le dice un cuadro del PC español a otro en aprietos en una novela de Semprún).
Pero sí estoy dispuesto a algo muy diferente, mirar de frente a la responsabilidad política. Las credenciales peronistas al respecto son bastante malas. Quizás la raíz de este problema esté en la tragedia de 1955. La Revolución Libertadora (incluyendo su siniestro arranque en junio de ese año) fue un crimen, qué duda cabe. Pero el peronismo, que estaba socavando el régimen político democrático en sus dimensiones liberales y republicanas a pasos agigantados, tiene una enorme cuota de responsabilidad política en ese resultado.
Responsabilidad que por lo general desconoce, lo que es lamentable no solo en términos de hacer las paces con su historia, sino en lo que ese trauma lo autoriza a la interacción compulsiva. Que los peronistas, en general – no se hacen responsables – y, por lo tanto, se desentienden al mismo tiempo del pasado y del futuro, se hace patente en una postura muy extendida en relación con la década de los 90: ah, lo de Menem no fue peronismo.
Lástima; si se desentendieran menos del riojano, se pelearían menos con los medios de comunicación y con el mercado, apenas para dar dos ejemplos. Por este camino, mucho me temo que dentro de un tiempo vayan a argumentar que el kirchnerismo tampoco fue peronista, sino apenas un accidente. Los ex peronistas, lejos de tender a descalificar a los peronistas por serlo, tendemos sí a exigirles que den explicaciones por lo que deben.
A que rindan cuentas, actividad que ellos por lo general odian tener que hacer. Parecería que hay un peronismo ideal – el peronismo, simplificando las cosas, de la Comunidad Organizada – y un peronismo pragmático – que tiene poco y nada que ver con ese peronismo platónico, o más bien aristotélicamente vertical –, que se puede reconocer en la sucesión de los más variados gobiernos: según convenga a no, los peronistas apelan a aquel peronismo vertical para negarle autenticidad peronista a los peronismos efectivamente existentes. Nunca tienen atropellos que aclarar.
Los ex peronistas somos los que queremos haber tenido un pasado peronista; somos políticamente responsables por él y podemos quemarles los papeles a los peronistas, pero no para que dejen de ser peronistas, sino para que se abran a un diálogo en el que tienen que dar explicaciones, rendir cuentas, en lugar de eludir su propia responsabilidad. Por el bien de todos y antes de que sea tarde.


Una humorada, algo rancia ya, que circula en el peronismo y sus márgenes, sostiene que quien fue peronista alguna vez lo sigue siendo por siempre. Como casi todas las humoradas tiene algo de verdad. Algo, solamente. Quizás resulte útil pensar la cuestión: ¿para qué sirven los ex peronistas? 