Sábado, 08 Enero 2022 23:58

Cuando me hice reaccionario - Por Sergio Bufano

Escrito por Sergio Bufano

Perder la fe revolucionaria para defender las aspiraciones democráticas es un proceso difícil que en muchos sentidos va dejando solo a quien lo vive, porque abandona la tribu y el dogma. 

Hace unos años atrás me convertí en reaccionario. Así lo afirman mis ex amigos que hoy no me saludan porque su higiene ideológica les impide acercarse a un liberal que podría ser tan contagioso como el Covid. Y no hay vacunas contra el liberalismo. Si te toca, te toca y nunca más podrás liberarte del virus de la traición.

Mis primeros pasos en la migración de revolucionario a reaccionario se produjeron en México, durante el prolongado exilio para escapar de la dictadura de Videla. No fue de un día para el otro, naturalmente, todo proceso de descreimiento tiene su ciclo; es lento y trabajoso. Los que pierden la fe en el cristianismo consultan antes a los sacerdotes para intentar interrumpir ese paulatino descreimiento en dios.

Los sacerdotes recurren a todos los pasajes de la Biblia con la vana intención de no perder al cordero que está abriendo las puertas del templo para no regresar jamás. En el judaísmo ocurre algo parecido: el rabino trata de retener al indeciso mediante la conversación y las citas de la Torá que reproduce con pericia.

Qué decir del Corán sin repetir la misma escena. El que lo abandona y cae en el vacío del ateísmo deja atónito al gran musulmán que sentirá esa deserción como un fracaso personal.

Costoso. Transitar desde las convicciones revolucionarias a las aspiraciones democráticas, liberales, republicanas es lo mismo. Nada fácil. Requiere de un esfuerzo intelectual y una decisión personal costosos. Salir de la tribu, escapar del dogma, abandonar a los otros creyentes que compartieron la fe, exige una voluntad pertinaz porque el baldón de un vocablo sobrevuela la cabeza del que se va: traición.

Al traidor no se lo perdona. Ha perdido la fe y eso es irreparable. La oveja infiel ha salido del corral y quedará a merced de la voracidad del lobo, que en este caso es Satanás representado por el capitalismo.

Antes de volverme reaccionario cantaba “ni votos ni botas, fusiles y pelotas”. Y lo hacía hermanado con multitudes que alzaban, como yo, su puño en alto. Éramos un solo puño, un único cuerpo sólido sin fisuras. Éramos un alud que avanzaba a paso firme sobre la moribunda encíclica capitalista que se desvanecía en el aire tal como lo había pronosticado el comunismo científico. No puedo negar que era formidable pertenecer al coro con redobles, timbales y gritos de guerra con sones musicales. Puede que allí, dentro de mi cuerpo se oculte un diminuto eco de nostalgia. Porque creer a fe ciega es delicioso.

Sin emoción. Ser socialista liberal, socialdemócrata sería la síntesis, no produce los mismos efectos pasionarios; el corazón no se acelera cuando deposito mi voto en la urna. Además, al cuarto oscuro se entra de a una sola persona y en silencio; no hay metralla ni consignas. Lo que hay es una conciencia individual, ajena a la aglomeración, respetuosa del disenso, de las leyes y del diálogo, que decide sin la coerción de pertenencia a un grupo o multitud que defina lo que está bien o está mal: nadie ruge, nadie empuja hasta la victoria siempre.

La democracia no es emocionante

Para colmo, tampoco garantiza el bienestar general de todos los ciudadanos. Por lo tanto, al volverme reaccionario y apostar por la República y el respeto por los consensos políticos me quedé sin referentes de justicia, porque si volteo mi cabeza hacia el costado encuentro a millones de familias que esta noche, ahora, mientras escribo, se van a dormir sin comer. Antes soñaba con garantizarles la felicidad eterna. Ahora ni siquiera puedo prometerles que en un par de años van a vivir mejor. No puedo hacerlo porque les mentiría.

Herejía. Ser reaccionario tiene un costado doloroso

Recuerdo un momento de gloria de la historia reciente, cuando la sociedad, en ejercicio pleno del libre albedrío, eligió a un demócrata como presidente de la Nación. Eso fue en 1983.

Mis antiguos amigos de izquierda salieron enojados a la calle y cantaron: “Patria querida, dame un presidente como Alan García”. Otros amigos furiosos entonaron “traigan al gorila de Alfonsín, para que vea, que este pueblo no cambia de idea, sigue las banderas de Evita y Perón”, un salmo religioso que todavía repiten en las ceremonias litúrgicas.

Como no me sumé a ninguno de esos coros, mis amigos dejaron de verme. El comunismo científico para unos, y el peronismo perenne para otros son cómodas verdades absolutas que es pecado desmentir. Porque el castigo que se le reserva al hereje es convertirlo en reaccionario. Vale decir, traidor.

Eso es lo que soy para ellos. Hace mucho que no comparto guitarreadas en donde la entrañable transparencia de tu querida presencia invoca al fantasma de un soldado que batalló para alcanzar una liberación que devino en dictadura.

Ay, Che, ojalá pudieras responderme: si supieras que hay Damas de Blanco que reclaman otra liberación en tu antigua patria prestada. ¿Acaso también vos las reprimirías? ¿O fue la historia y sus circunstancias las que torcieron el destino que habías trazado en tu imaginario nuevo hombre?  

Es imposible adivinarlo, aunque sospecho que no estarías tan en desacuerdo con ese muchacho Díaz-Canel, presidente de Cuba y heredero natural de un despotismo que nació cuando él todavía usaba pañales. Es cierto que este presidente nunca fue soldado y que solo conoce la selva por imágenes fotográficas, pero es evidente que fue educado como soldado, aunque no use el verde oliva de sus maestros ni cargue sus cananas. No hace falta.

Con guayabera también es posible el ejercicio de la dictadura.

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