Sábado, 05 Febrero 2022 23:21

Un alcahuete en Moscú - Por Rogelio Alaniz

Escrito por

Diez minutos, quince a lo máximo, le alcanzaron y le sobraron a Alberto Fernández para demostrarle a Putin los puntos que calza. 

En ese breve lapso de tiempo el presidente argentino le confió al déspota ruso que el gobierno de Macri era el responsable de nuestras actuales desgracias; que Argentina prefería una alianza con Rusia y no con EEUU; que nuestro país se ofrecía para abrirle a Rusia las puertas para su ingreso a ritmo de balalaika en América latina.

 

A las revelaciones hay que sumarle, a los efectos de disponer de un panorama completo de la puesta en escena, el tono confidencial al que recurrió Fernández. Confidencial, untuoso y cortesano. Intimista y susurrante. Putin lo escuchó con cara de póker, pronunció algunas palabras de ocasión y lo miró con el mismo recelo con que en nuestros pagos miramos a un vendedor de autos usados sin papeles; o a una gitana que nos propone leernos la mano; o un profesional de la alcahuetería y la obsecuencia muy a tono con cierta tradición peronista de la que Cámpora fue uno de sus exponentes más representativos.

Agradezcamos que Putin a pesar de todo es un hombre discreto y prudente, virtud que ejerce incluso hasta para ordenar el asesinato de sus disidentes.

En este caso podría haberse fastidiado con toda razón por los embustes de un cuentero que promete cosas que no puede garantizar; un personaje que en pocos minutos violenta todos los protocolos de la diplomacia, empezando por un básico principio que Fernández violó con el mismo desenfado con que violó la cuarentena: un presidente no habla mal de su antecesor en el extranjero.

Respecto de los argentinos, diría que después de esta exhibición de vasallaje, servilismo y obsecuencia por parte del ¨presidente de todos los argentinos, dudo de que podamos seguir entonando aquellas estrofas que dicen ¨Al gran pueblo argentino salud¨.

Rogelio Alaniz

Top