Con Juan Manzur en la estratosfera, el canciller Cafiero hizo de jefe de gabinete, como durante todo el mandato del Frente de Todos. Habló con Claudio Moroni para fraguar una salida decorosa, con Héctor Daer para comprobar que no tenía nombres fuertes para reemplazarlo y con Gerardo Martínez para decirle que la abogada de la UOCRA Marta Pujadas no iba a tener necesidad de sumarse a un elenco de ministros intrascendentes.
Al embajador Carlos Tomada nadie se molestó en llamarlo y a la cristinista Vanesa Siley se la descartó en el acto. El Olmos jefe de asesores aprovechó la acefalía en un área clave y propuso a la histórica dirigente del PJ porteño Kelly Olmos, una economista que vivió varias vidas pero no se distingue por su relación con el fragmentado mundo del trabajo. Formada en Guardia de Hierro y con una militancia orgánica en el peronismo, Kelly tenía una ventaja para los comensales de Olivos: no reportaba a nadie, salvo a Juan Manuel.
Cafiero también habló con Ayelén Mazzina para ofrecerle el ministerio de la Mujer. La puntana tenía dos méritos. Uno reciente, no haberse borrado tras la renuncia de Elizabeth Gómez Alcorta y haber asumido la organización del Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries.
Otro por contraste, no pertenecer a ninguno de los grupos que sobrevuelan el campamento del Frente de Todos cada vez que alguien cae herido y deja su puesto vacante. Mazzina no era Marita Perceval, una continuidad de Gómez Alcorta, ni Gabriela Cerruti, la candidata de Vilma Ibarra. La secretaria de Legal y Técnica de la Presidencia, dicen cerca de Fernández, ni siquiera conocía a Mazzina.
Como se ve, el Presidente no solo ignoró a Cristina Fernández de Kirchner, a Sergio Massa y a los candidatos que orbitaban en torno a ellos. Además, dejó con las manos vacías a gran parte de los que hasta hace no tanto se refugiaban bajo la curiosa identidad del albertismo: parte de sus funcionarios, la dirigencia sindical y la militancia de los movimientos sociales que, desde la más cruda orfandad política, vio en él una oportunidad.
El Presidente no solo ignoró a Cristina, a Sergio Massa y a los candidatos que orbitaban en torno a ellos. Además, dejó con las manos vacías a los que hasta hace no tanto se refugiaban bajo la curiosa identidad del albertismo
La anécdota de los cambios de gabinete confirma que el Frente de Todos perdió hace mucho tiempo el activo de la unidad. Pero incluye dos aditamentos: el primero es que, humillado y todo, Alberto conserva la lapicera, tal como insinuó en el Coloquio de IDEA: seré débil pera todavía existo y no soy ni Cristina ni Macri. El segundo es menos considerado, aunque tal vez más importante: la falta de liderazgos que unifiquen en las distintas familias del peronismo le permite al presidente actuar por encima de todos ellos.
Ni los movimientos sociales ni el sindicalismo tienen jefes indiscutidos y no es difícil pasar por encima de pequeñas tribus, ni siquiera para un presidente que asume su debilidad extrema. Ese desierto es el que, de hecho, le permitió a Fernández calzarse la banda presidencial, cuando nadie, salvo un grupito de sus amigos, fantaseaba con esa locura. El mismo déficit sufre la oposición sin cabeza y los grupos empresarios que practican el sálvese quien pueda. Aunque se calcen el traje de jefes entre los dueños, ni Mauricio Macri ni Daniel Funes de Rioja representan a todos.



