Ese primer asentamiento creció como ciudad portuaria con un nombre que ya escondía una falacia, la llamaron Buenos Aires a pesar que abundaban los mosquitos, lodazales y desperdicios arrojados a sus calles de tierra. Quizás un primer acto de fe.
Tardaron muchos años en saber dónde terminaban esas tierras y más aún en poblarlas y organizarlas en una forma civilizada de gobierno, que llamaron representativa, republicana y federal. Algunos nativos, mezcla de indios, negros esclavos, españoles conquistadores y sucesivas oleadas de desesperanzados de la vieja y desgastada Europa, fueron arraigándose y conformando la que primero llamaron Provincias Unidas del Sur, luego del Río de la Plata; otra falacia porque plata no había, el río era color de león, poéticamente otra mentirijilla para ocultar el poco inspirador marrón; la plata una ilusión alimentada por la codicia y el relato.
Por esos llamados azares, algunos nativos junto a los desterrados de Europa sabían leer y por eso miraban hacia allí, esa tierra de donde habían venido, de donde junto a las maravillas de la industria venía esa maravilla superior que era la cultura, las ideas y el fundamental hábito de pensarlas.
Aparecen nuestros próceres capaces de desarrollar un sentimiento de nación y así guerrear por su independencia al mismo tiempo que ocupaban territorio, fundaban escuelas, donaban sus haberes y cuando viajaban, traían saberes por haberlos estudiado, experimentado y atesorado en libros que, educación mediante, abrían puertas al futuro.
Así llegamos a 1880 donde era un orgullo ser argentino, ignorando la persistencia de esa mentira fundacional de la plata y entonces fundar maravillosamente una ciudad con ese nombre, cuando en verdad el lugar era conocido como “la ciudad de las ranas”. Van pasando los años y mi relato necesita un esfuerzo para ser optimista al percibir, que si me atengo a la verdad de mi generación, hay poco de alentador. ¿Qué hacer entonces? Mantener el cuentito, “un como si” con la advertencia de ello para que se asombren quienes lo escuchan, entretengan y aprendan a buscar la verdad manejándose con ella cueste lo que cueste. Les digo que la Argentina de hoy es un “como si”, un reino en vez de una república, donde nada es lo que parece. En ella los actores representan un papel según el libretista y el director lo deseen, un caos de roles, ideas e intenciones.
Son personajes Pirandellianos en busca de un autor; al mismo tiempo somos espectadores cuando en realidad deberíamos ser actores, libretistas y directores. Es una tarea casi imposible, porque para poder hacer hay que saber, y nos han llevado ya por demasiado tiempo hacia una ignorancia profunda, cada vez más arraigada en el menor desarrollo de eso que nos hace humanos.
Presidentes que alientan la obediencia a sus decisiones pues no mienten y poco después reconocen que si decían la verdad no llegaban al poder; hombres de leyes que dicen tener dos bibliotecas contradictorias con las que se manejan según convenga.
Derechos humanos cambiantes según quien los reclame, funcionarios que no funcionan, líderes que apuestan a la emoción irracional y no a la sensatez y el diálogo que se inicia por escuchar y reconocer al otro que es un semejante y puede tener razón.
Presidentes que crean y son parte de los problemas pero que tenazmente se los endilgan a otros o pretenden convencer que serán la solución. Enemigos irreconciliables en apariencia, que pasan a abrazarse fraternalmente por algún mendrugo.
Periodistas que cuando les conviene se llenan la boca diciendo que son el cuarto poder, pero niegan ser formadores de opinión y por ello responsables no de informar, sino de inducir opiniones. Abandono de la lengua que empobrecida cae en el monosílabo, el uso tilingo de palabras en otro idioma o la simple grosería abundante en el medio de comunicación más penetrante como son las pantallas.
El “como si” de pasar por una carrera universitaria que en muchos casos es una simple carrera de obstáculos bajos, pretendiendo sabiduría como para criticar públicamente a aquellos que independientemente, o más precisamente por haber hecho un pasaje serio y cuidadoso por los claustros, detentan un sólido saber, Este conjunto configura una breve muestra de nuestro estado de situación.
Entonces deberíamos hablar de un país, el nuestro, gobernado por una autocracia, venal, poco educada e incompetente, que ha retrogradado reiteradamente a ese territorio despoblado, indócil, reducido a niveles de mera subsistencia, en los que es mantenido de diversas maneras, pero esencialmente privándolo de educación. Un país carente de conocimientos verdaderos y fundamentos basados en el esfuerzo, el mérito y los valores morales y éticos del bien común. Un país en el que no se piensa y a veces es peligroso. Por todo esto creo que el título y el estilo del cuentito son los apropiados.
Estamos en el reino del “como si”. Vendrán elecciones y nos debatimos entre candidatos que son maquillados, formateados y cual actores pretenden hacernos creer que el “como si” es la verdad, la realidad. Regresión a la cruz pura y a la espada moderna que es el poder del dinero, el mercado y la difusión de relatos mentirosos; seducción, fe, sumisión.
Aceptamos como natural decir trucho, falopa, rosca, reunión privada, cláusula secreta, espionaje, populismo, libertad, carajo, cambio, orden, política, mercado, poder, coach, influencer, creyendo que cual un conjuro, o mejor dicho una plegaria laica, su repetición automática y acrítica nos hace sabios, dueños de su significado, posibilidades y consecuencias. Eso nos dicen, decimos y escuchamos en este reino del “como si”. Siguiendo la corriente mercantilista podría llamarse también “el emporio del como sí”.
Basta de eufemismos. País convertido en mentira, últimamente forjado y gobernado por mentirosos. Pesada herencia que como un virus infecta y acantona en las nuevas generaciones. Lo del virus tiene que ver con la triste universalidad del fenómeno, lo silencioso e impredecible de su propagación. Guerra con mercenarios que se supone lo hacen por “su nación”, Izquierdas millonarias que copan mercados del lujo y la opulencia, derechas que olvidan su origen imperial y discriminan a los inmigrantes desesperados huyendo de sus ex colonias que depredaron. Inmigrantes que buscando un mejor futuro, son objeto del tráfico de seres humanos, parte de un mercado más.
Dudas sobre la OMS, la FDA, los científicos, las vacunas y la industria farmacéutica. Metáforas para los nietos: el juego del Martín pescador. Pasará, pasará, el último quedará ¿Quién será? ¿Yo señor? ¿la IA y el chatGPT?
Quizás pasemos a ser un universo “como si”, la realidad virtual. Entonces nos harán creer (otra forma de mentir) que somos el soñado homo deus. Copia falsa del caramelo entregado al fin del cuentito como premio a la inocencia, la ingenuidad y la confianza con que el abuelo relator premia a los nietos y con una sonrisa y un beso, en ese acto los protege recordándoles en quién y porque pueden confiar al confesar que era “solo un cuentito”, un relato, una historia no verdadera, en el mejor de los casos una metáfora.
Confesión de cuando habla en serio o cuando “macanea”, advertencia que ayuda a distinguir mentira de verdad. Un acto de amor igual a de los verdaderos patriotas que no mentían y morían por la verdad y sus ideales que confesaban y enseñaban. Lejos de la actualidad.
Médico neurocirujano. Licenciado en Psicología
Autor de El niño problema y La era del neuroTodo.



