Un poco de café estimula la racionalidad y surge una respuesta que da coherencia a esas percepciones: estoy viendo el cambio climático. Esta respuesta desplaza e intercambia curiosidad por preocupación, que a su vez se abastece en la idea de cambio, caos e incertidumbre. Son algunos de mis viejos conocidos. Mi mente funcionando como un río que fluye en la llanura y por eso tiene vueltas y revueltas, me lleva a un paraje que asocia lo anterior con el gran parque de diversiones de mi infancia y juventud: el famoso Parque Japonés, luego creo que Parque Retiro.
Un aquelarre de juegos tramposos, malabaristas, magos y un sinfín de puestas en escena que hoy llamaríamos “realidades virtuales” o simplemente mentiras: una calesita en la que autitos y caballos se mueven sin moverse jamás de su lugar y pequeños conductores y jinetes creen manejar y cabalgar alentados por el reiterado pasar frente a sus seres queridos o al dueño que discrecionalmente permite obtener la gratificación de la sortija.
Una vuelta al mundo que solo muestra el mismo pequeño mundo tras la pared del Parque; autitos chocadores que no sufren consecuencias. El mago que adivina nuestro futuro y un sinfín de juegos en los que el azar y la destreza, ilusión de los participantes, son cuidadosa y sabiamente controlados por sus dueños y creadores.
Los concurrentes varían según horarios y días. Por la noche, en especial los días feriados, predominan adultos bastante ingenuos en busca de un mundo de fantasía donde nada es lo que parece, pero que no tiene otro efecto que distraerlos de una realidad muchas veces insoportable.
Se mezclan comida barata, alcohol y erotismo manifestado en el juego de la seducción y la conquista de una sociedad machista que culminaba en un Teatro de Revistas donde, doy fe por nuestra experiencia celebrando el fin del secundario, la concurrencia dialogaba en términos bastante groseros con alguna vedette que interrumpía su escena para replicar en iguales términos a la “selecta” concurrencia.
La fiesta podía concluir en la recova, lugar de peringundines bastante turbios. Esta última palabra pone otra hebra en el telar encantado de mi mente y surge otro escenario, el de nuestro país de los últimos y no tan últimos tiempos. Somos un parque de diversiones.
El carroussel señalado por Caparrós como” País Calesita” con el agravante que somos capaces de desafiar la esencia de la calesita y chocamos sus autitos o desbarrancamos sus caballitos. Seguimos en él al quedarnos “embobados” como pueblo por las artes de múltiples políticos, funcionarios, dirigentes, periodistas y minorías con poder, creadores del País Jardín de Infantes de María Elena Walsh en el que, cual niños mirando al mago, la mujer barbuda, el monstruo de dos cabezas, chocando los autitos o creyendo que un tiro de ese rifle daría en el blanco, aceptamos como real o verdadero lo que no es. Somos engañados.
Aparece además lo obsceno cuando la intimidad, incluyendo aquella reñida con la moral y la ética, pasa al dominio público. Así numerólogas, influencers, acompañantes vip, amparadas y amparados por complicidades garantes de impunidad, se nos muestran sin pudor ni temor. Lo hacen con el uso perverso del lenguaje plagado de eufemismos o de palabras en idiomas foráneos y también de la tecnología a la que usan con una profunda ignorancia de su efecto bumerang.
Cualquiera con un celular usando o no IA puede dar testimonio veraz o falaz de lo que antes considerábamos privado, oculto, accidental, pero ahora puede ser de conocimiento universal. Nadie resiste un archivo, existe la industria del carpetazo o las “operaciones”, pero aparece el infinito Einsteniano que es real: la estupidez humana, el fanatismo y la persistencia en la creencia aunque sea palmariamente errónea.
Cómo puede ser que en medio de una debacle se alardee de poderes y saberes para resolverla con una motosierra, o alguien a quien sus pares no le comprarían un auto usado lo haga regalando dinero o heladeras. Un tercero se toma vacaciones de lujo en compañía de una dama cuyo historial haría sonrojar a varios jueces famosos no por su conocimiento de la ley.
Agrego a este combo, pero sin completarlo, supuestos defensores de los pobres, de los derechos humanos, de la niñez, de los ancianos jubilados, de la salud, de la educación, de la justicia, que se abrazan y negocian con aquellos que son responsables de la falacia, por incumplimiento de su parte, en la que se dice que ante una necesidad surge un derecho pero irresponsablemente omiten una obligación.
Se me termina el café y mirando nuevamente el jardín reaparecen en mi bucle de eterno retorno la naturaleza, su caos aparente y el País Calesita, El País Jardín de Infantes, El País Parque de Diversiones, sostenidos por la Estupidez Infinita como señalaba el genial Albert. Parodiando a un político extranjero que en campaña dijo “es la economía estúpido” y que tendenciosamente aquí se lo ha usado como dogma revelador, se me ocurre otro que creo es correcto en nuestro caso: “es la educación estúpido”
Si la estupidez es estrechez de miras, pobreza mental, la salida es a través de la educación portadora de la cultura y de la riqueza del pensamiento. La biología tiene su parte y allí pobreza, nutrición y genética se dan la mano configurando un cerebro portador de cultura, a su vez configurado por ella merced a la educación.
Por eso no creo que haya un cerebro político sino políticos que configuran y tienen un cerebro como todos, configurado, educado de alguna manera peculiar; por eso somos semejantes pero no idénticos. Poseemos el mismo telar encantado de Eccles, pero la trama es individual y cambiante.
Médico, Licenciado en Psicología
Autor de El Niño Problema y La era del neuroTodo



