Pobres no hay a la vista por lo que quedan fuera de mi interrogatorio, aunque no de mi curiosidad tanto por sus respuestas como por los motivos de su ausencia. Es evidente que su holganza al sol ocurre en otro lado y no es por placer sino por carencias.
Reconozco que mi mirada hacia el parque es un intento de compensar otras imágenes aterradoras entre la que resalta la de un pequeño niño palestino que dice estar dispuesto a matar a otro niño que considera distinto a él. Lo aterrador es que al preguntarle por qué haría eso, desde su infancia se limita a poner sus pequeñas manitos en un gesto ambiguo entre porque sí y no sé por qué. Una irracionalidad pura ya grabada en una mente inocente, plástica y vulnerable. Regreso a los jóvenes de mi parque y se me ocurriría iniciar la charla con Hamlet preguntándoles que reflexiones les merece la expresión “ser o no ser”.
Me temo un abanico de respuestas no muy reconfortante: a) silencio, b) ¿Por qué hace esa pregunta estúpida?, c) ¿quién dijo eso? Y si les aclaro que William Shakespeare, pueden iniciar un reclamo por la Malvinas y/o enrostrarme falta de patriotismo por mis lecturas. Podrían surgir a su vez ya no respuestas sino directamente réplicas y rechazos tipo “tomátelas de aquí o mirá las estupideces que preguntás, para luego saltar y cantar a coro “le vamo a ganá, gil de cuarta”, suponiendo represento una determinada postura política y no una curiosidad humanista, quizás científica.Reconozco mi sesgo personal en este relato.
Creo poder explicitarlo diciendo que se basa en la observación, no siempre ingenua por mi doble formación profesional, de los argentinos de varias generaciones. Lamentablemente han perdido, o peor aún, nunca han tenido la capacidad de razonar y hablar con propiedad. Han sustituido maestría, inteligencia, sabiduría y uso apropiado del lenguaje y de una hermosa y rica lengua, por reiterados monosílabos a veces soeces, metáforas inacabadas o simples falacias, que culminan en usar “piola o vivo” como sinónimo de talentoso, bondadoso, capaz, eficaz, eficiente.
Es así frecuente ver despreciar o no reflexionar sobre situaciones similares o equivalentes a las planteadas en esa pequeña parte del monólogo famoso que lleva humildemente pensar la existencia, nuestro propio ser, la realidad, la incertidumbre y muchas cosas más. Presumo los jóvenes de la plaza dirán son tonterías, quizás “boludeces”. Lo hacen porque siendo “piolas”, a diferencia de William creen haber resuelto la duda.
En realidad se la han resuelto sus líderes que les muestran ser y no ser al mismo tiempo como una opción posible de la que ellos son el ejemplo. Una maravilla de sincretismo posible por la ignorancia inducida y por la seducción emocional, ambas tributo a la irracionalidad, el fanatismo y el adoctrinamiento ideológico, lejos o fuera de la pregonada libertad para elegir y actuar conscientemente. En este momento pueden optar por Zelig con personalidades múltiples acordes a la ocasión, el mago de la galera sin conejos o un sujeto que apabulla con citas bibliográficas que nunca ha puesto en práctica y considera a los seres humanos como entidades matemáticas mercables, mientras reconoce dialogar con un animal muerto a través de un médium. Sorprendentemente no parecen inquietar estas conductas que en otros ámbitos y tiempos incluso hoy día, llenan bibliotecas de Psicología, Psiquiatría y Humanidades. ¿Son tipos piola?
Como si esto fuera poco ante obscenidades a la luz del día vemos que se pretende salir del sincretismo y volver a la dualidad: las cosas de la vida privada o de la cintura para abajo o de los bolsillos, tarjetas y financieras no merecen ser juzgadas pues no son actos de gobierno, a pesar que los realiza la misma persona.
Es falso pensar que en la función o en la plaza, como dirían los antiguos, se es distinto que en la alcoba. El ser humano es uno, tiene identidad y por eso se reconoce en su interior y en relación con el exterior. Sus capacidades incluyen la de mentir, simular y actuar representando, cosa que hace mostrando una careta, un como sí, puestos al servicio de su identidad y en su beneficio. Por lo tanto no hay inocentes a menos que en rol de jueces se tenga una doble vara, la venda corrida o la balanza inclinada.
Pido no salgan del paso hablando de la democracia como negociación y por ende de lo políticamente correcto. Se puede dialogar, acordar escuchando al otro y razonando junto con él accionar. Acordar implica reconocer y ensamblar. Negociar implica una forma de toma y daca generalmente forzado por intereses lejanos del bien común. Los médicos podemos dialogar y consensuar con los pacientes lo que entendemos y/o sabemos será mejor para ellos.
Negociar sería, y lamentablemente a veces lo es: si me pagás bien te curo, si no te doy un paliativo, una especie de “segunda selección”.
Negociar implica mercar, mercado, precios y valores viles, lo contrario de los principios y los valores morales y éticos. Surge a una frase que voy a contrariar “Sí hay que avivar giles” .Shakespeare no era piola, ni vivo, pero sus reflexiones estaban y siguen estando en el basamento de las grandes culturas. La nuestra por ahora es una cultura piola, berreta, trucha, de cabotaje, mentirosa, con la que algunos creen “lo vamo a reventá”.
Médico, Licenciado en Psicología
Autor de El niño problema y La era del neuroTodo



