Lunes, 08 Julio 2024 17:54

Nada por aquí, nada por allí, en el país de los desaparecidos y los desaparecedores - Por Guillermo Javier Nogueira

Como tantas mañanas desde la cuarentena me siento a contemplar el jardín. Estoy solo, saboreo lentamente mi taza de café y dejo vagar mi mente. Tristemente ya no se da esa maravillosa inmersión en la naturaleza, cosa que sí sucedía antes sin proponérmelo.

Ahora ese vagabundeo, cuyo origen escapa a mi conciencia, es interrumpido por la racionalidad que lo altera de manera sutil y reiterada. Entonces las hojas secas en vez de ser vistas como una pincelada sobre el césped pasan a recordarme al jardinero, el creciente costo de sus servicios o peor aún, lo efímero de la vida, la belleza y la felicidad. Me pregunto entonces por qué este cambio.

El existir nos va cargando constantemente de experiencias; las reconozcamos o no, las deseemos o no. Esas experiencias son la materia prima que procesaremos de la misma forma: deseo, interés, valoración y conocimiento. Algunos las llaman alimento para el espíritu, otros contenidos para la mente y los hombres de la duda y la ciencia, tarea para el ser humano y su cerebro. Quehaceres que llevan tiempo y tienen sus límites.

En ese punto y momento   me doy cuenta que la vieja contemplación del jardín era consecuencia de buenas semillas, léase buenas noticias, arrojadas en esta tierra fértil lista para acogerlas y disfrutar de su fruto a su debido tiempo. Yo y mis circunstancias. ¿Qué cambió entonces? Las semillas- circunstancias son ahora malezas que impiden la siembra, léase malas noticias. Sobresale en este momento una en un mar de abundancia con guerras, miseria y sufrimientos injustificables.

Es la desaparición de un niño de apenas cinco años. Su conocimiento me ha cargado por partes iguales de angustia y enojo, sin necesidad de recurrir exculpatoriamente al hecho de ser padre y abuelo. No puedo evitar que me irriten múltiples comentaristas que luego de largas disquisiciones técnicas sobre el hecho, las justifican diciendo “yo también soy padre/madre”. Un hecho aberrante lo es independientemente que estemos entre posibles víctimas. Es lisa y llanamente  la peor noticia posible del momento.

Una vez más la palabra desaparecido es noticia en nuestro país. Recuerdo con espanto cuando un general responsable dijo que el desaparecido era una abstracción, una entelequia, ya que no estaba ni vivo ni muerto. Una mentira más, puesto que no quedaban dudas que  significaba en ese  momento la desaparición.

Al menos en el caso del niño, la abstracción por el momento es válida, aunque por viejo temo sea una mentira más en una sociedad que ha ido haciendo de la mentira, la trampa, una manera habitual de vivir, a veces sobrevivir. Usamos eufemismos como viveza, picardía, trucho, piola. En otros casos la llamamos ocultamiento, como cuando se promete investigar hasta las últimas consecuencias que por ser últimas nunca llegan, o se responde a la pregunta que apunta al doblez : sin comentarios. Somos maestros en la adulteración de registros, documentos, o en su pérdida intencional o negligente. Son ejemplo los datos del INDEC. Se ha llegado a la venta o enajenación  de documentos  y objetos con valor histórico; a veces por su simple valor comercial,  interés de coleccionistas, pero también para ocultar, disimular, beneficiar o perjudicar algún sujeto o institución. 

Otras mentiras son las manipulaciones de la información con variantes desde la supresión hasta el condicionamiento intencional de información confidencial o secreta. Ya naturalizamos los carpetazos y ciertas extorsiones. Cuando aparece la sensatez vemos la magnitud de este modo de funcionar en nuestra sociedad. Lo expresan analistas políticos y pensadores honestos que reducen las probabilidades de éxito de cualquier plan o medida de gobierno a la credibilidad de los líderes y ejecutores.

El problema es que no la poseen y construirla lleva tiempo, coherencia y autoridad; esta última como cualidad que se gana con esfuerzo, dedicación, conocimiento y honestidad para que les sea reconocida, otorgada por el resto de la sociedad.  Como diría algún humorista, en esto andamos “flojitos de papeles”. La credibilidad aparece cuando la mentira desaparece. Estamos cada vez más lejos de ello cuando hacer política significa negociar en un toma y daca ajeno a las verdaderas necesidades e intenciones, en vez de un debate y diálogo serio y profundo con consensos y acuerdos que deben ser visibles, transparentes, sin cláusulas reservadas o secretas.

Preguntarse por qué nos sucede esto, es decir por qué somos así, tiene una respuesta preocupante. La moral individual de los ciudadanos converge en la ética pública. La moral parte de algo tan primitivo como el instinto de vida y el cuidado de la especie, por lo cual lo que es perjudicial para mí, lo será también para ese otro que debo reconocer y considerar como semejante.

La vida en sociedad educa y genera cultura que puede y debe ser respetuosa de esos principios naturales  básicos. Cultura fundada en valores, no solo en conocimientos. Tristemente no siempre es así, por el contrario,  la conducta en algunos casos está subordinada a conveniencias personales con desprecio  por los derechos  del otro semejante.

Entonces debemos reconocer que son nuestra moral, nuestra ética y nuestra cultura, las que están “flojitas de papeles”; por lo tanto, y siendo así son quienes crean las leyes, las administran y  las hacen cumplir  los responsables de esa “flojedad”.  Son los desaparecedores que como el mago nos engañan con el “nada por aquí, nada por allí” poniendo cara de “yo no fui, yo no sé, mientras algo desaparece de la escena. Estos magos-desaparecedores son muy peculiares y sustituyen el simple nada por aquí, nada por allí por el relato apropiado al momento; entonces  oímos: la justicia tiene sus tiempos, debemos respetar los fueros, no hay pruebas, una parte de la biblioteca dice una cosa y la otra parte dice lo contrario, debemos dejar que la justicia actúe, los querellantes tienen argumentos que los defensores contradicen, los fiscales a veces son tuertos buscando una aguja en un pajar, otras, las menos, son linces y los jueces hacen lo que pueden, saben o quieren.

Todos están condicionados por la mano a veces invisible, otras no tanto, del poder que muy en el fondo es la mano de los pagadores, uno de los poderes reales junto con la violencia. Es injusto y además inexacto poner toda la responsabilidad en los desaparecedores. Los desaparecidos tienen la suya que de ninguna manera es la consabida admonición “algo habrán hecho”. Es su ignorancia de lo que está en juego en esta sociedad  y en este momento: la educación, que como alguien dijo “los hará libres”. 

En realidad es la peor de las ignorancias, la de la propia ignorancia. Entiendo la libertad en el sentido de aquella verdadera y posible como es la de elegir inteligentemente entre opciones reales y razonables, no como la hoy pregonada y llevada a niveles de culto.

Hay mentiras y ocultamientos deliberados al reducir la libertad al mercado y al respeto irrestricto de la propiedad privada que surgen de transacciones y juegos de intereses entre los que tienen y los desposeídos en aras de una libertad muchas veces adquirida sojuzgando a los más débiles. No es buena la libertad de poseer lo que sea a como sea con la consecuente posibilidad  de transar  absolutamente todo en un supuesto común y libre acuerdo. Llamativo silencio ante la desaparición de un niño para su venta en un mercado con múltiples opciones que convierte un humano en un objeto equivalente a dinero, drogas u otros bienes comerciables.

El mago finalmente hace reaparecer, entonces la tensión, el miedo se esfuman, todos sonreímos asombrados y divertidos tratando de adivinar cómo lo hace, cuál es el truco. El truco en esencia es distraer nuestra atención para hacernos creer una realidad inexistente.

La diferencia esencial con los otros desaparecedores es que la idea es distraer, provocar un error perceptivo pero no fundar una mentira. Todos sabemos, que hay un truco en juego y la diversión es poder advertirlo para no ser engañados o asombrarnos al ver como lo fuimos, en ambos casos sin consecuencias pues reitero el propósito compartido es asombrar, divertir, provocar, pero nunca mentir de manera premeditada, irrevocable y con intenciones inconfesables. La ilusión no es una mentira, es imaginar otra realidad posible.

Así como sabemos que no hay corrupto sin corruptor,  trasgresión sin prohibición, debemos aceptar que no hay mentiroso-desaparecedor sin  embaucado-desaparecido. Como toda conducta humana la multideterminación es sustancial pero creo que hay un hilo conductor entre ambos lados de esta diada: la educación. En el caso de nuestro país la decadencia educativa ha llegado a niveles vergonzosos no solo por la deserción sino por la falta de acceso, la carencia y la resultante baja calidad de la misma. Se ignora su raíz profunda en la pobreza que hace su impronta biológica por las carencias nutricionales y las agrava por las culturales. Así la pobreza engendra pobreza. Lo hemos señalado desde la cátedra pero  tanto los desaparecedores como los desaparecidos nos ignoraron; los primeros por mezquindad, los segundos por imposibilidad ya que han sido y siguen siendo educados para ser ignorantes. Parece un oxímoron, quizás lo sea, pero refleja nuestra realidad. Las consecuencias están a la vista.

No todas las tareas humanas tienen los mismos requerimientos éticos. Desde el poder interesadamente se determinan derechos, obligaciones y exigencias. Notablemente el personal de salud como todos los llamados servidores públicos son tratados, realmente maltratados, exigiéndoles un marco ético muy exigente lleno de obligaciones sin los derechos equivalentes, en tanto que gobernantes, funcionarios y hombres de la ley no casualmente determinan sus propias condiciones de claro de privilegio..

Aparece en mi recuerdo la Escuela de Derecho de la Universidad de Harvard, semillero de elite de abogados en USA de los 60 que exigía a sus ingresantes además de excelencia académica no tener ningún antecedente de conflicto con la ley, incluyendo infracciones de tránsito. Un requisito de pureza ética. En mi formación médica allí, en esos años, el requisito similar no era explícito pero era tenido  en cuenta en las tres entrevistas que debíamos pasar. Confiabilidad, respetabilidad, confianza, autoridad. Excelencia educativa y ética.

Por lo anterior, si la educación es crucial  y teniendo en cuenta tanto a desaparecedores como a  desaparecidos, por qué no analizar  su educación  tanto formal como aquella aportada por la sociedad en su convivir civilizadamente. Sus valores éticos vigentes Quizás el llamado cambio generacional debería comenzar por allí.

Tenemos presidentes y funcionarios de alto rango, algunos con educación universitaria, otros siendo o aparentando ser graduados en leyes, que habiendo cometido  importantes delitos  nunca tuvieron  condenas ejemplares y de cumplimiento estricto. Apoyados por otros abogados que sostuvieron el respeto a la ley lograron evitarles el llamado duro peso de la misma. Causas demoradas hasta extremos increíbles, prescripciones, investigaciones acotadas, desestimadas, chicaneadas como suele decirse.

Recusaciones inacabables y un sinfín de artilugios en manos de tiempistas y lobistas para “embarrar la cancha” son moneda corriente, en especial en algunos foros donde hay mejores posibilidades de negociar en el buen y en el mal sentido. Abuso de huecos e imperfecciones legales  que los propios creadores  de las  leyes se resisten a corregir para beneplácito de colegas y poderosos. A no sorprenderse entonces porque sucede lo que sucede y por qué en un ranking de opinión o consideración pública  los políticos, funcionarios y representantes de la ley figuran últimos en respeto y confiabilidad. Ciertamente hay excepciones, pero precisamente el problema es que son excepciones y no la regla.  Nos acostumbramos a banalizar el mal o a tomar lo inaceptable como tolerable por ser habitual o muy frecuente.

Otra reflexión es que ante las falencias o los vacíos otras personas o instituciones ocupan esos espacios. Los medios y los periodistas, en particular los televisivos, nos abruman con larguísimos programas, en muchos casos cargados de intencionalidad, ansiedad y poca idoneidad. Así interrogan, entrevistan, pisotean y manosean escenarios en un despliegue de recursos que podrían ser mejor empleados.

La excusa es que la gente se los pide porque los responsables naturales de la tarea no lo hacen por venales o ineptos. Descubrimos así que tenemos muchos eminentes abogados penalistas, criminólogos, especialistas forenses de todo tipo y valor mediático que opinan, emiten y destruyen hipótesis, sugieren medidas y procedimientos  que, Oh casualidad, los encargados oficiales no hacen  o hacen tarde y mal. Sorprende e indigna que el secreto del sumario no sea tan secreto para la prensa, no obstante lo cual nada cambia y así un niño permanece desaparecido luego de 20 días y los secretos pasan a ser secretos a voces que sin embargo no se tamizan y oficializan como  denuncias.

El corolario es que tropezamos siempre con la misma piedra Tenemos antecedentes de múltiples desapariciones comenzando por las generadas por la dictadura, sin embargo no tenemos el número exacto y que abarque a todos, pues las listas no aparecen, y por razones políticas se inventó una cifra cuyo autor  reconoce el invento. Entonces se malgasta tiempo y recursos como si el número verdadero importara por su magnitud y no como muestra de la degradación moral, para la cual un solo desaparecido sería suficiente.  Un fiscal es asesinado y no hay autor material o ideológico reconocido y condenado, dos atentados terroristas siguen impunes. Las acusaciones de corrupción o impericia parecen delitos menores en comparación.

Si un fenómeno corregible persiste, se debe a que  es  funcional a alguien o algunos intereses.

Si no ponemos la prioridad en educar para salir tanto de la miseria material como de la espiritual  pensando que solo importa la economía o los derechos sin obligaciones, el poder sin autoridad, mérito y esfuerzo, debemos concluir que es funcional para muchos, quizás la mayoría de nuestros líderes, funcionarios, gobernantes y trágicamente educadores.

Se me acabó el café y entiendo por qué me siento así. El caso Loan me conmueve porque intuyo el final de ese simpático niño, del cual nos quedará el recuerdo de sus fotos y videos que por discontinuados serán como un tronco talado, promesa de un árbol lleno de vida, follaje, frutos y sombra para quienes lo plantaron. La conmoción se agrava y me surge como angustia al ver el despliegue de una realidad con miserias e ignorancias de todo tipo y modelo. Una clase minoritaria de poderosos por educación y riqueza que abusa del resto que vive en ranchos o casas humildes, apenas pueden expresarse fluida y coherentemente para reclamar por sus derechos, básicamente  una vida digna.

De alguna manera van aceptando  esa situación al punto que toleran se los cosifique y acepten como natural e inevitable que un niño desaparezca, se venda, en el mejor de los casos, para una adopción que les proporcione condiciones de vida que por su pobreza y exceso de bocas para alimentar  no pueden darle. Instinto animal puro, forma de regresión por la ignorancia y la pobreza.

Aquí aparece la mentira de los desaparecedores, pues la adopción ventajosa es el menos probable de los destinos. Aquí también aparece otra mentira y es la de la prensa como los guardianes de la verdad o el cuarto poder aportando a la investigación con una supuesta capacidad que en muchos casos no posee. En una cadena de traficantes todo lo traficable es mercadería con un valor económico acorde a costos y beneficios. Si la transacción es amenazada por el pasaje al conocimiento público y la presión descontrolada sobre los responsables, la mercancía se hace desaparecer con lo cual se salva la organización y se mantiene el mercado.

Es archisabido que para evitar males mayores en algunas provincias las fuerzas del orden “administran” el delito. Es decir establecen reglas, códigos que no deben superarse. Algo así como cuando mi papá hacía la vista gorda a alguna trasgresión mía porque no la consideraba importante, sin dejar de recordarme que yo debía saber que él sabía; un hasta aquí llegas.

El voluntarismo a veces sumado al ego, el narciso y el rating ignoraron este principio básico, discutible por cierto, pero útil temporariamente para evitar males mayores, y así sin ningún resultado tangible y beneficioso hasta ahora  creo terminarán en una encerrona trágica. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Saber es poder en el sentido más amplio que podamos imaginar. Lleva tiempo, esfuerzo y condiciones apropiadas para adquirirlo. Mientras preparo otro café veo salir un sol raquítico como decía mamá, suficiente para poner una ilusión también raquítica en un buen desenlace y la esperanza que las nuevas generaciones lean más, escuchen a los viejos de la tribu, crean menos y averigüen todo lo que despierte su interés, pongan a prueba, no mientan y así serán creíbles y tendrán una vida en este país, vida  digna de ser vivida no simplemente gastada. Me encantaría que Loan esté entre ellos.

Mar del Plata julio 8 del 2024

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Médico Neurocirujano, Licenciado en Psicología

Autor de El niño problema y La era del neuroTodo. Ed. Miño & Dávila

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