Mi compromiso contra los abusos del poder se fortaleció al calor de las luchas ciudadanas. Fui parte de la resistencia a la estatización de los fondos jubilatorios (AFJP), ese saqueo que disfrazaron de «justicia social» pero que en realidad sirvió para alimentar la estructura política del kirchnerismo. Luego, con «Argentina Sin Mordaza», enfrentamos la ley de medios K, una embestida contra la libertad de expresión que pretendía instaurar el monopolio oficialista de la información. Marchamos, debatimos, peleamos con argumentos y con convicción. Y aunque muchas veces nos dijeron que era inútil, que el poder era demasiado grande, cada manifestación pública fue una prueba de que la ciudadanía aún tenía voz.
Cuando el kirchnerismo parecía imbatible, trabajé junto a muchos valientes para articular un espacio opositor que diera pelea en serio. El primer encuentro multipartidario en diciembre de 2013 fue un hito, el germen de lo que luego se convirtió en la coalición que llevó a Mauricio Macri a la presidencia en 2015. No fue un camino fácil: el kirchnerismo no solo atacaba a sus adversarios, sino que cooptaba opositores, compraba voluntades y distorsionaba la realidad con una maquinaria de propaganda como nunca habíamos visto.
En 2016, junto a un grupo de activistas, fundamos Banquemos, una militancia republicana que sostuvo a Macri en las redes y en la calle, enfrentando operaciones y resistiendo los embates de quienes querían que todo siguiera igual. Pero el país no estaba listo para entender que el cambio real implicaba costos.
Tuve el honor de formar parte del equipo de campaña «La damos vuelta», liderado por Hernán Lombardi. Me tocó la responsabilidad de dinamizar los contenidos en redes sociales y en los grupos de difusión de WhatsApp que habíamos construido orgánicamente con miles de ciudadanos comprometidos con el cambio y que al día de hoy siguen activos. La remontada que logramos entre las PASO y las generales fue asombrosa, un caso de estudio para cualquier especialista en campañas electorales. Sin embargo, no fue suficiente para ganar, pero si lo fue para consolidar la revolución de los mansos republicanos.
Más allá del resultado, hay una pregunta que quedó grabada en mi mente y en la de millones de argentinos: ¿cómo apagar la llama que se encendió en aquellos días, la certeza íntima de que el cambio es posible si lo buscamos juntos? Esa convicción sigue intacta, al margen de las circunstancias.
Y aunque dimos la batalla, el kirchnerismo volvió en 2019. Pero no lo hizo solo. Contó con la complicidad de medios, empresarios y actores políticos que hoy se disfrazan de antisistema. Entre ellos, Milei y Espert, convertidos en figuras mediáticas gracias a los mismos grupos que operaron para desgastar al gobierno de Macri.
Junto con Banquemos, otras organizaciones ciudadanas y Patricia Bullrich, organizamos el primer acto de la oposición durante el gobierno de Alberto y Cristina. Fue el 18 de enero de 2020, en conmemoración del fiscal Alberto Nisman, asesinado por investigar el pacto con Irán que involucraba directamente a Cristina Kirchner. Fuimos miles en la Plaza Vaticano, ubicada al lado del Teatro Colón, exigiendo justicia y denunciando la impunidad. Lo hicimos con la convicción de que la memoria y la verdad no pueden ser negociables. Por eso, hoy siento vergüenza ajena al ver a Patricia compartiendo gabinete con alguien como Cúneo Libarona, que aún sostiene la insólita teoría de que Nisman se suicidó. Si hay algo peor que traicionar las propias banderas, es hacerlo con la complicidad de un silencio que lo justifica todo.
Durante la pandemia, cuando el autoritarismo sanitario se usó como excusa para avanzar sobre nuestras libertades, no me quedé en casa. Desde Banquemos y otros espacios ciudadanos, organizamos en conjunto las primeras marchas contra el confinamiento y la corrupción del gobierno de Fernández. Sabíamos que lo que estaba en juego no era solo la salud, sino el concepto mismo de ciudadanía.
Cuando Milei irrumpió en la política en el 2018 y luego se encaminó partidariamente a su primera elección, supe que no era lo que parecía. Pregunté a un viejo compañero de radio, hoy funcionario de su gobierno, por qué había decidido entrar al barro politico si en su discurso lo despreciaba. Su respuesta fue cruda: «Tenía problemas de plata que solucionar». Era la confirmación de que su ascenso no tenía nada de espontáneo. Fue parte de un plan mayor, diseñado por Massa y su círculo, para fragmentar a la oposición y garantizar la continuidad del poder peronista. Y el plan salió mejor de lo esperado: Milei supo capitalizar el hartazgo de la sociedad y llegó a la presidencia con un discurso incendiario. Pero nunca rompió con su creador. Jamás dejó de ser una ficha en el tablero del poder permanente.
Hoy, su gobierno mantiene en puestos clave a figuras del peronismo, el massismo y el kirchnerismo. Se llenaron la boca hablando de la casta, pero no solo la sostienen: la perfeccionaron. Los fondos para comprar periodistas y medios superan incluso a los del kirchnerismo. El discurso autoritario avanza sin disimulo, con funcionarios que desprecian la democracia republicana y buscan manejar la Justicia a su antojo. Los jubilados son la variable de ajuste, mientras los planes sociales aumentan para sostener estructuras clientelares. Las provincias son castigadas o premiadas según su obediencia al poder central. Y en el medio, la «nueva política» juega el mismo juego de siempre: negocios a medida, privilegios intocables y un doble discurso que ya ni se esfuerzan en ocultar.
Cuando me convocaron para conducir la primera mañana de Radio Nacional, sonreí con cierta ironía. Sabía que no duraría mucho. Y no porque dudara de mi capacidad, sino porque jamás iba a callarme lo que pensaba. Duré dos meses. Dos meses en los que fui testigo directo de cómo se maneja la línea editorial de los medios públicos y los alquilados bajo este gobierno. Su tan mentado «principio de revelación» terminó siendo un boomerang: lo usé para comprobar lo que ya sabía. Y me fui con la tranquilidad de no haber negociado mis convicciones.
Este modelo no es libertad ni progreso. Es una concentración de poder que manipula y reprime cualquier disidencia. Ya experimentamos una aparente bonanza con el menemismo durante el 1 a 1, que luego estalló, y durante el kirchnerismo, que utilizó los recursos del Estado para cooptar a amplios sectores de la sociedad. Hoy, vivimos sensaciones similares con la disminución de la inflación y del dólar, pero esperamos ansiosos un acuerdo con el FMI —institución que Milei siempre despreció— para evitar que todo vuele por los aires. La historia nos ha mostrado adónde conducen estos caminos: a repetir ciclos, al autoritarismo, al pensamiento único y al vacío de ideas.
Pero no todo está perdido. La Argentina tiene una historia de resistencia, de hombres y mujeres que, ante cada intento de sometimiento, se pusieron de pie. El cambio no vendrá de un mesías ni de otra promesa electoral. Depende, como siempre, de nosotros. De cada ciudadano que decide informarse, cuestionar, exigir transparencia, no conformarse con discursos ni eslóganes. La democracia no se mendiga ni se delega: se defiende. Todos los días.
El republicano, sin importar su orientación ideológica, jamás cede institucionalidad a cambio de mejoras económicas, de seguridad, de transparencia en la gestión del Estado, de la lucha contra la corrupción o de cualquier otro beneficio circunstancial. Siempre defenderá las instituciones y las leyes, buscará soluciones dentro del marco legal y sostendrá, con firmeza, la división de poderes. No le teme al disenso, lo abraza, porque entiende que el debate apasionado es la única vía para hallar consensos sin traicionar principios.
Siento a la República como algo indivisible de mi ser; no puedo soltar la búsqueda de ese ideal, más allá de cualquier ventaja inmediata que pudiera obtener a costa de renunciar a ella. No es el legado que quiero dejarle a mis hijos. Nunca el camino fácil supera al correcto.
Desde mi primera batalla denunciando la corrupción menemista, comprendí que ninguna prosperidad parcial justifica entregar los valores fundamentales sobre los que se erige una nación. Hoy, ante el estilo y la forma de la presidencia de Milei, siento lo mismo. Sigo aferrado a esta causa, a esta convicción inquebrantable de que la República es el único camino posible. Porque las circunstancias cambian, pero el futuro sigue siendo nuestro para escribirlo.
Y los verdaderos republicanos hemos demostrado, una y otra vez, que podemos hacerlo.
Hoy tenemos una nueva oportunidad. Y otra vez, como tantas veces antes, espero que juntos nos atrevamos a recorrerla.
Fuente: www.ricardobenedetti.com



