La ley de Murphy perfecta: si algo podía salir mal, salía mal. Siempre. El eterno subcampeón.
En 1975 el gran Ángel Labruna armó un equipo formidable. Vinieron veteranos probados en la victoria: Roberto Perfumo, Raimondo, Pedro González. La base era el gran medio campo con Reinaldo Merlo cortando (y pegando), Beto Alonso con sus lujos y el gran Juan José López, el alma del equipo, el mejor de todos. Apareció un defensor de todos los tiempos, Daniel Passarella. En el arco, el Pato Fillol salvaba goles hechos.
Era una marea. Multitudes acompañaban a River, local en todas las canchas. Esta vez sí, decían las caras felices, los bombos, las canciones de barras bravas cuya única dureza era cada tanto tomarse a puñetazos con los rivales y luchar por arrebatarles estandartes y banderas. Aquellas barras no vivían del fútbol ni hacían negocios ni manejaban trapitos ni vendían entradas.
Arrancamos con todo, con partidos memorables, como un 3-2 en cancha de Racing. River sacó larga ventaja, hasta… De repente perdimos. Y volvimos a perder. Y otra vez. Tres 0-1. para colmo, dos en el Monumental. Y una con Boca. Ese Boca era una sombra negra (nos había arrebatado trofeos varios con calidad, a patadas, con mula o con un pack de las tres juntas) que se acercaba. Los fantasmas volvían al Monumental. Para colmo, huelga de futbolistas. El torneo sigue con los chicos, los amateurs. El rival era Argentino Juniors. ¿Jugaríamos contra los Cebollitas, esos niños prodigio que asustaban a todos, con un tal Diego Maradona? No fueron los Cebollitas. Chicos sin nombre, con la hinchada agotando populares ganaron 1-0, gol de Bruno. River campeón. Se acabó el maleficio.
El domingo siguiente, en el Monumental vivió una celebración homérica. Coches de caballos, disfraces. Carnaval en rojo y blanco. 2-0 a Racing para una tarde perfecta. En 1975 River pasó de la impotencia crónica a la victoria. Sólo faltaba llevar esos triunfos a la Copa Libertadores. Tardamos once años. Y algunas décadas después, cuando llegó Marcelo Gallardo, la taba se dio vuelta para siempre. River se cansó de eliminar a Boca. Coronó en el Bernabeu, la más importante de las últimas tres finales jugadas y perdidas por los xeneizes.
El síndrome Boca que padeció River entre 1950 y 1975 es en este siglo XXI un síndrome Rivber que sufre la Bombonera...
En aquel 1975 River fue una alegría aislada, en medio de tristezas y dolor. La violencia política, los escuadrones de la muerte eran lo peor. También la historia económica argentina voló por los aires. El ministro Celestino Rodrigo -una figura que llegó por el dedo del siniestro ministro José López Rega- puso la cara y estalló el llamado Rodrigazo. Un programa económico preparado por el viceministro Ricardo Zinn, teórico del más cruento ajuste. Ese día se murió el peso y los departamentos y casas se empezaron a cotizar en dólares. Fue el primer intento neoliberal del peronismo, quince años antes de Carlos Menem...


River Plate había ganado la mitad de los campeonatos entre 1932-1957. Desde 1958 a 1975 River jugó docenas de torneos argentinos. Uno por año hasta 1966, dos desde 1967. Y la Copa Libertadores a partir de 1966. Siempre fallaba. Alguna vez el rival jugaba mejor, otra vez flaqueaba el espíritu, en ocasiones la suerte, en otra lo despojaban arbitrajes inaceptables. 