Viernes, 21 Marzo 2025 11:41

Justicia en ruinas – Por Alberto Solanet

Con la liberación de todos los detenidos por la violencia y los desmanes causados la semana pasada frente al Congreso quedó expuesta la peligrosa inexistencia de Justicia en nuestro país, demolida desde hace largos años. Lo ocurrido el miércoles pasado con la jueza Karina Andrade, autora de tal liberación, no es un hecho aislado. Se ha repetido infinidad de veces. 

Es el resultado esperable de una larga descomposición de la Justicia. Esta descomposición es la consecuencia del garantismo zaffaronista, una escuela jurídica con fuerte impronta ideológica que tiende a la abolición del sistema punitivo, pero también es el resultado de la colonización del Poder Judicial producto del pacto de Kirchner con Verbitsky, un  acuerdo  que  afianzó  al  primero  en  el  poder  a  cambio  de  facilitar  el juzgamiento de las Fuerzas Armadas por los años setenta y conceder el manejo de la política de los derechos humanos.

Y para eso se quebraron los principios más básicos del derecho:

el principio de legalidad, el de inocencia y el de irretroactividad de la ley; se declararon nulas leyes  a  través  del  Congreso  (“Obediencia  debida”  y  “Punto  final”)  y  se  afirmó  que  tales crímenes no eran pasibles de amnistías o indultos, en contra de lo dispuesto por los tratados internacionales incorporados a la Constitución. El veneno corrió pronto por toda la Justicia, se irradió a todos los fueros.

El garanto‐abolicionismo y este gigantesco prevaricato, el más grande de la historia jurídica de todo Occidente, explican esta brutal tragedia que es la actual ausencia de Justicia. Pero la sociedad lo percibe. Por eso desconfía de los jueces.

Lo que sucedió la semana pasada durante la violenta manifestación frente al Congreso se entiende a partir de este cuadro general. Con una urgencia digna de mejores causas, la jueza Andrade dejó en pocas horas en libertad a 114  de  las  118  personas  aprehendidas,  sin  interesarse  por  averiguar  si  tenían antecedentes  penales,  como  era  el  caso  de  muchos  de  ellos,  sin  tampoco  tomarles indagatoria ni ordenar la identificación de los responsables a partir de las filmaciones.

Los otros cuatro detenidos recuperarían la libertad poco después, aun cuando uno de ellos fue detenido con un arma tumbera en su mochila. 

Pero la desidia no es atribuible solo a la jueza, sino también a los fiscales. No se vio a ningún fiscal que saliera a promover causas, pese a la flagrancia de los hechos, ni tampoco se los vio apelar o presentar denuncia alguna contra la jueza cuando se conoció su irresponsable decisión.

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