Lunes, 04 May 2026 19:28

Jubilaciones en Argentina: un sistema viejo para una sociedad cada vez más vieja - Por Mónica Filippi

Los jubilados, en procesión por la Plaza Congreso. El sistema jubilatorio argentino arrancó hace más de un siglo. En 1904 se creó la primera caja para empleados públicos nacionales, con reglas bastante claras: jubilarse a los 60 años con 30 años de aportes. Después vinieron otros esquemas parecidos: ferroviarios en 1915, trabajadores de servicios públicos en 1921, bancarios en 1923… y así, durante décadas, cada rubro armó su propia “caja”. Recién en los años ‘50 se intentó unificar todo, pero el resultado quedó a medio camino.

Hoy existe un régimen general que fija la edad jubilatoria en 60 años para mujeres y 65 para varones, también con 30 años de aportes. Pero en la práctica el sistema es un rompecabezas: hay 7 regímenes especiales, más de 100 diferenciales, 13 cajas provinciales, 29 municipales y 82 de profesionales. A eso se suman las fuerzas de seguridad, que tienen sus propias reglas. ¿El detalle clave? Muchos de esos regímenes especiales son bastante más generosos que el sistema general.

 

Lo llamativo es que, después de más de 100 años, la edad para jubilarse prácticamente no cambió: sigue rondando los 60 y pico. Pero la Argentina sí cambió, y mucho.

Los datos demográficos son clarísimos. Según el Instituto para el Desarrollo Social Argentino (IDESA), a principios del siglo XX, apenas el 4% de la población tenía más de 60 años. Hoy ese número ya trepó al 16%, y para 2050 se espera que llegue al 26%. O sea… antes había una persona mayor de 60 por cada 25 habitantes; hoy hay una cada 6, y en unas décadas será una cada 4.

¿Por qué pasa esto? Básicamente, porque la gente vive más y nacen menos chicos. A comienzos del siglo pasado, alguien que llegaba a los 60 vivía, en promedio, unos 15 años más. Hoy esa expectativa sube a unos 25 años. Y al mismo tiempo, las familias tienen cada vez menos hijos.

El problema es que, frente a este cambio enorme y bastante previsible, las políticas públicas casi no se movieron. Se sigue defendiendo el sistema actual con argumentos como los “derechos adquiridos” o la necesidad de cuidar a “los abuelos”, pero en los hechos las reglas son prácticamente las mismas desde 1993. Incluso se fueron sumando más beneficios especiales.

Algo parecido pasa con la salud. El PAMI, creado en 1971, nunca se aggiornó en serio. Su principal fuente de financiamiento sigue siendo un aporte del 5% del salario de los trabajadores activos, igual que hace más de 50 años, cuando había muchos menos jubilados que ahora.

Seguir mirando para otro lado tiene consecuencias. Ignorar el envejecimiento de la población termina generando crisis financieras que después se “resuelven” de manera improvisada: licuando jubilaciones con inflación o recortando servicios de salud. Y apostar todo a que la formalización del empleo va a traer más recursos suena más a deseo que a realidad.

¿Qué se podría hacer? Una opción es adaptar el sistema a cómo envejece la población. Por ejemplo, con un esquema de cuentas nocionales: el monto de la jubilación dependería de cuánto aportaste y de cuánto se espera que vivas al momento de retirarte. En buen romance, cuanto más tiempo trabajás y más aportás, mejor jubilación tenés.

En salud, otra alternativa es que la gente mantenga la cobertura que tenía mientras trabajaba cuando se jubila, en lugar de pasar automáticamente a otro sistema.

Son cambios fuertes, sí. Pero también bastante inevitables si se quiere evitar que el sistema siga haciendo agua frente a una realidad que ya cambió y va a seguir cambiando.

Fuente; https://periodicotribuna.com.ar/

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