Domingo, 10 Mayo 2020 21:00

Al Coronavirus no le faltan amigos - Por James Neilson

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No extrañaría del todo que Alberto Fernández ya sintiera nostalgia por los días en que la gente lo aplaudía por su presunta negativa a tomar en cuenta el impacto económico del encierro.

 

Nadie ignora que el mundo de mañana será muy diferente de aquel de ayer, que en todas partes, desde ciudades rutilantes como Nueva York, Paris, Milán y Londres hasta las zonas más miserables de África, Asia y América latina habrá más pobreza, más desempleo y más hambre. También es muy probable que, con escasas excepciones, los gobiernos sean mucho más autoritarios de lo que eran antes del desastre. Si el coronavirus les ha enseñado algo a los políticos, ello es que una población asustada está dispuesta a acatar sin chistar reglas dictatoriales y a colaborar para que todos las respeten. Es natural, pues, que algunos dirigentes quisieran que la emergencia se prolongara muchos años más; temen que, sin los poderes especiales a los que se han ido acostumbrando, se vean desbordados por los problemas que tendrán que enfrentar.

Por cierto, no extrañaría del todo que Alberto Fernández ya sintiera nostalgia por los días en que la gente lo aplaudía por su presunta negativa a tomar en cuenta el impacto económico del encierro porque su prioridad era “salvar vidas” cueste lo que costare; sabe que es mucho más fácil poner un país en cuarentena de lo que es sacarlo sin correr el riesgo de perder todo lo conseguido.

¿Es el despotismo consentido un fenómeno pasajero que sólo durará hasta que se haya reducido el peligro planteado por Cóvid-19? En algunos lugares, es posible que sea así, pero en sociedades en que hay muchos que preferirían dejar su destino en manos de un hombre –o mujer– “fuerte”, no sorprendería que la “nueva normalidad” se caracterizara por la voluntad de la mayoría de someterse a los dictados de un gobierno autoritario.

De todos modos, tanto aquí como en otras latitudes abundan los que esperan aprovechar los errores de los mandatarios –casi todos– que vieron subir hasta las nubes su rating merced a la tendencia universal de la gente de reunirse alrededor del jefe en momentos de crisis. Luego de hacer gala de un grado de paciencia notable, en Estados Unidos y los países europeos los opositores al gobierno de turno están movilizándose. Para los demócratas norteamericanos, Trump, que no deja de soltar barbaridades toda vez que aparece en público, es un blanco fácil, pero sucede que su candidato presidencial, Joe Biden, es, si cabe, aún más vulnerable porque sus declaraciones públicas suelen ser ininteligibles.

En la Argentina, la situación es igualmente confusa, si bien por razones que son muy distintas, ya que los protagonistas de nuestro drama político no sufren ni de la locuacidad incontrolable de Trump ni de la decrepitud penosamente evidente de Biden. Por ahora cuando menos, la oposición que más problemas ocasiona a Alberto es la interna, ya que Cristina y sus incondicionales están resueltos a impedir que logre consolidar el nivel estratosférico de popularidad del que disfrutó cuando decidió separar el país del resto del mundo y obligar a la mayoría de sus habitantes a quedarse donde estaba.

De instalarse la idea de que Alberto, con el respaldo tal vez crítico pero así y todo valioso de dirigentes del ex Cambiemos como Horacio Rodríguez Larreta y de peronistas, como Sergio Massa, de actitudes parecidas que no tienen por qué querer a Cristina, pudiera prescindir del apoyo de su benefactora, se modificarían radicalmente las perspectivas políticas ante el país. Desgraciadamente para quienes imaginaban que el virus ayudaría a hacer menos lúgubre un panorama que ya era sombrío antes de su llegada, parecería que a Alberto no le interesa la variante así supuesta.

Luego de mantener un bajo perfil por algunas semanas, Cristina y sus secuaces comenzaron a operar; miembros estratégicamente ubicados en el aparato gubernamental, la bancada oficialista y la rama kirchnerista de la gran familia judicial se pusieron a reclamar la liberación de quienes llaman presos políticos y que según ellos corrían el riesgo de morir de Cóvid-19 si permanecieran entre rejas.

Asimismo, los leales a Cristina aprovecharon los malos pasos de uno de los suyos, Alejandro Vanoli, el presunto responsable de instigar a jubilados y “planeros” a aglomerarse frente a los bancos –provocando así un episodio esperpéntico que llamó la atención de los medios de comunicación internacionales y por lo tanto motivó estupor en el resto del mundo–, al arreglárselas para reemplazarlo por la aún más camporista Fernanda Raverta como jefa de la ANSES, la caja política más codiciada de todos.

Aunque la agitación a favor de personajes como Amado Boudou y Ricardo Jaime no pasó inadvertida, sólo indignó a los antikirchneristas. En cambio, cuando personajes vinculados con Cristina empezaron a presionar para que se vaciaran todas las cárceles del país, el grueso de la ciudadanía, incluyendo a los más pobres, se sintió agredido. Los reacios a permitir que sus barrios sean invadidos por asesinos, violadores y otros de esta versión novedosa del “vatayón militante” K, tienen motivos de sobra para no compartir el punto de vista de los “garantistas” anidados en el Poder Judicial según el cual los delincuentes son víctimas de una sociedad que es estructuralmente “neoliberal”, o sea, perversa, y que por lo tanto merecen estar puestos en libertad; en distintas localidades del país hicieron sonar sus cacerolas en una serie de manifestaciones de repudio multitudinarias, si bien respetuosas del distanciamiento social.

La alarma que sienten los ya hartos de quedar confinados en sus casas, departamentos o viviendas precarias puede entenderse; gracias en buena medida al accionar y las afirmaciones de magistrados y agitadores políticos vinculados de un modo u otro con Cristina, temen que el país esté deslizándose hacia un período de anarquía en que cada uno tenga que defenderse por los medios que fueran. No extrañaría en absoluto que, al difundirse la sospecha de que un sector político quiere sembrar el caos, aumentara espectacularmente la venta clandestina de armas de fuego. ¿Es lo que quieren los kirchneristas más duros? Para aquellos que aún sueñan con una revolución nac&pop, provocar un estallido social violento tendría cierta lógica.

Si bien Alberto intentó tranquilizar a la gente al insinuar que a él personalmente no le gustaba para nada la idea de liberar a presos peligrosos so pretexto de que, encarcelados, correrían el riesgo de caer fulminados por el coronavirus, no pudo impedir que el escándalo resultante hiciera mella en su cada vez más abollada armadura política. Al no animarse a hacer frente al kirchnerismo vengativo que quiere impunidad para todos los acusados de corrupción, se ve obligado a minimizar la importancia de los muchos excesos verbales cometidos por los que, con la aprobación de Cristina, no disimulan su voluntad de solucionar los problemas que los atribulan con “sangre”.

De más está decir que tanta ambigüedad está erosionando el cuantioso capital político que acumuló en marzo al optar por subordinar todo a la lucha contra Cóvid-19. Ya escasean los convencidos de que Alberto se haya propuesto aprovecharse del pánico ocasionado por el coronavirus para liberarse de la tutela de la señora que, con astucia llamativa, le entregó la presidencia de la República. Por el contrario, parece haberse resignado a desempeñar el rol subalterno que le había asignado.

Como es natural, en otras partes del planeta también hay muchos que están procurando incorporar el coronavirus y los estragos que ha provocado a su propio “relato”. Los más ambiciosos en tal sentido son aquellos norteamericanos que juran sospechar que se trata de un arma biológica china terriblemente eficaz ensamblada en el ya mundialmente notorio Instituto de Virología de Wuhan con el propósito de poner de rodillas a Estados Unidos. Aunque los servicios de inteligencia norteamericanos le aseguran que era de origen natural, en ocasiones Trump da a entender que a su juicio el mundo ha sido víctima de un ataque premeditado y que por lo tanto China debería pagar por los daños colosales que el virus ha causado, todo lo cual hace preverque los años próximos se verán dominados por la guerra fría entre los dos gigantes. Para países como la Argentina que no quisieran tener que elegir entre los contrincantes, mantenerse neutrales no será nada fácil.

Voceros chinos han reaccionado frente a los ataques aseverando que el virus es en verdad un producto norteamericano. A su manera, coinciden los islamistas más fervorosos; dicen que fue enviado por el Todopoderoso para castigar a los occidentales que se niegan a adoptar la única fe verdadera. También los hay que, sin ir a tales extremos, toman el coronavirus por un aliado que los ayudará a alcanzar sus objetivos. Entre éstos se encuentran no sólo ecologistas que quieren más al reino animal que al género humano sino también izquierdistas que fantasean con el fin del capitalismo. Para todos ellos, el mundo de hace varios meses era una abominación que plenamente merece lo que le ha sucedido.

De más está decir que la mayoría no comparte tales opiniones. Casi todos esperan que lo que les aguarde en los meses y años venideros se asemeje a lo que conocían antes de la aparición de Cóvid-19 y el encarcelamiento domiciliario de miles de millones de personas. Puede que la vieja normalidad no les fuera nada satisfactoria, pero entienden que era mejor que el futuro que, poco a poco, está empezando a configurarse.

James Neilson

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