Miércoles, 20 Mayo 2020 21:00

Resentimiento y resignación - Por Luis Tonelli

Escrito por

 

Uno escucha a los funcionarios de los gobiernos peronistas a nivel nacional, provincial y local, y parecería que disfrutan de la crisis de la globalización que ha producido el coronavirus, o mejor dicho que ha producido la única arma que se aplicado como último recurso desesperado para “planchar la curva de contagios”: la cuarentena medieval.

 

El virus mata a mucha gente, pero la cuarentena global con la consecuente parálisis económica ya nos está afectando directamente a todos. Y recién empieza esta milonga más triste que la de Homero Manzi y Sebastián Piana.

No se entiende ese “resentimiento posado” de la dirigencia peronista que tiene -cuanto menos- un pasar acomodado, salvo como un homenaje simbólico a parte de su electorado que vive en la pobreza (aunque mucho de ella se debe a las políticas insustentables del peronismo, que no ha aprovechado los auges económicos de los que disfrutó para generar inversión productiva y ha tirado manteca al techo, generando un estándar de consumo que solo podía ser sostenido en ese momento extraordinario de crecimiento).

Y menos se puede entender que el kirchnerismo se regocije con la crisis de la globalización. Fue cuando Estados Unidos y China convergieron en lo que se dio a llamar Chimérica, convirtiéndose en el motor de un fuerte crecimiento que redundó en un aumento de las commodities sin precedentes, que los populismos encontraron tierra fértil en Latinoamérica. Precisamente, cuando comenzó el divorcio entre Estados Unidos y China, y el motor global se ralentó a partir del 2012, fue que muchos de los gobiernos nacionales y populares de la región entraron adelantadamente en crisis, perdiendo las elecciones.

La situación mundial en los años subsiguientes no mejoró y el Gobierno de CAMBIEMOS se tuvo que contentar con evitar un ajuste mayúsculo tomando la deuda que le permitía el buen aspecto, el buen inglés y los buenos diplomas que ostentaban algunos de sus funcionarios (aunque mucho del dinero tomado haya sido para remediar los errores garrafales que esos mismos funcionarios de tan buen aspecto cometieron). Y también, queda claro que, en vez de disfrutar de una lluvia de inversiones, se generó una tormentosa fuga de capitales (ni que hablar cuando los que mueven el dinero se desayunaron que volvía CFK al poder dentro del caballo de troya transparente de la candidatura presidencial de Alberto Fernández). Pero casi esos mismos niveles de fuga se dieron durante el kirchnerismo. Y ahora, en simultáneo a que el Banco Central producía un informe sobre esa fuga durante el macrismo con prólogo del Presidente Alberto Fernández (como para destacar la independencia de esa institución) la semana pasada se gastaron más de 50 millones de dólares diarios para contener la subida del dólar blue.

Como está estructurada la Argentina, para que le vaya bien es condición necesaria pero no suficiente que al mundo le vaya bien. Y hoy al mundo le va mal, cosa que va a continuar (aun a pesar del enorme déficit que los países centrales no han dudado en generar para compensar en algo el paráte económico). Se puede traer a colación cualquier crisis anterior, pero ninguna paralizó a la economía global tanto del lado del consumo como del lado de la producción como la que nos ha tocado vivir en suerte. Muchos no se dan cuenta porque toman esto como unas vacaciones y piensa que después de que pase la pandemia se levantará la llave de las empresas y todo volverá a ser como era entonces. Ojalá que sea así. Pero difícil que sea así.

La economía global para funcionar tal como la conocimos necesita de una innovación tecnológica constante, y esa inversión fue posible gracias a la generación de ingentes cantidades de excedente que realimentaban la rueda. El sistema producía una contradicción importante: mucho de ese excedente quedaba en las cuentas de hiper multi millonarios que concentraban así una riqueza inaudita mientras que el resto de los mortales se distribuían lo que quedaba. Pero, dato que a veces se pasa por alto, el dinero de los hiper millonarios está en blanco y, por lo tanto, los bancos lo canalizaron para reforzar el funcionamiento del sistema. Por otra parte, si bien aumentaba cada vez más la desigualdad, la pobreza en el mundo se reducía (aunque también caían los integrantes de la clase media de los países occidentales, siendo reemplazados sus puestos de trabajo por los que generaban sus contrapartes asiáticas, mucho más baratos e incluso más productivos).

A la Argentina entonces se le presenta un doble desafío titánico: tiene que revertir 50 años de decadencia, que se expresan contundentemente en el aumento tremendo de la pobreza (la población desde los 70 ni siquiera se ha duplicado, y la pobreza se ha multiplicado más de 15 veces) y lo tiene que hacer en un contexto donde difícilmente se dé una oleada de crecimiento mundial para ser surfeada sin mayores esfuerzos.

Esa mezcla de alegre resentimiento por la crisis mundial y de impotencia resignada se nota en el documento que Martín Guzmán produjo para explicar la propuesta de reestructuración de la deuda a los acreedores. Allí se puede leer que el Ministro considera que la Argentina va a crecer desde 2023 hasta el 2030 a la magra cifra del 1,7% anual. Como señala acertadamente ese economista de pensamiento profundo que es Carlos Leyba “eso equivale a proyectar que la expansión por habitante de la Argentina en la próxima década será notablemente menor (0,5%) que la que se materializó desde 1975 hasta el presente que fue de 0,60% anual”. Aun manteniendo esa tasa, implicaría como lo expone dramáticamente Leyba tener que esperar unos 120 años para que nuestro magro PBI se duplique.

O sea, no hay ilusión a que la pobreza y menos que la Argentina asuma un vigoroso proyecto productivo ni mucho menos. El gobierno está contento con que el mundo se rompa pero parece acepta las consecuencias de ese descalabro sin chistar.

Por otra parte, el virus se enseñorea de los barrios de emergencia de CABA y del conurbano -cuando es obvio que, en ellos, la edad de los grupos de riesgo comienza mucho más temprano que a los 65 años, por enfermedades prexistentes a la par que se agotan nuestras capacidades para bancar la cuarentena. Y como toda respuesta del Gobierno, entre alegre resentimiento y despreocupada resignación, decreta la continuación de lo mismo que ya está vigente, la cuarentena medieval a la espera de una vacuna que quien sabe cuándo llegará.

Pero, aunque la pandemia termine milagrosamente mañana, su paso nada bueno habrá deparado para la Argentina. Y, si no nos ponemos a pensar seriamente un proyecto de futuro, solo podemos esperar que se acelere y profundice nuestra pavorosa decadencia.


Luis Tonelli

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…