Jueves, 06 Agosto 2020 21:00

Tango feroz - Por James Neilson

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Desde mediados del año pasado, la política nacional se mueve al compás del tango que está bailando la pareja presidencial.

 

Todo sería más sencillo si nos fuera dado entender mejor la relación de Alberto Fernández con Cristina ídem, pero, para perplejidad de muchos, se trata de uno de los secretos mejor guardados del país. ¿Se quieren los dos? ¿Se respetan mutuamente? ¿O es que en el fondo se desprecian? Nadie sabe muy bien las respuestas a tales interrogantes de que dependen detalles como el rumbo que tome la Argentina en los años próximos.

No sorprendería demasiado que tampoco lo tuvieran en claro los dos protagonistas de este extraño drama que a buen seguro hubiera fascinado a exploradores de las regiones más ambiguas de la psique humana como Shakespeare y Eurípides. Ninguno se destaca por su sinceridad y a ambos les gusta difundir entre sus íntimos mensajes sibilinos que se prestan a malentendidos. Es tan raro el clima que el dúo ha generado que basta una mueca inoportuna, una ausencia no programada o un tweet arbitrario, como para provocar una crisis de consecuencias imprevisibles.

Desde mediados del año pasado, la política nacional se mueve al compás del tango que está bailando la pareja. Hay interludios de calma en que los dos se estudian con frialdad y los pasos son ceremoniosos, pero también hay momentos frenéticos en que uno, que por lo común es Cristina, avanza con furia y el otro, Alberto, retrocede de golpe, como hizo algunos días atrás al anunciar que comparte la opinión K acerca del valor del acuerdo con la teocracia iraní “para encontrar una solución” al problema mayúsculo causado por el peor atentado terrorista de la nada pacífica historia nacional y que, a diferencia de atrocidades similares perpetradas en otros países, a 26 años de distancia sigue sin que la Justicia haya llegado a ninguna conclusión firme.

El presidente se enorgullece de ser un hombre moderno sin pretensiones paternalistas. No se cree un macho alfa. Será por tal razón que no le molesta que, en su relación con la señora, ella desempeñe el papel del varón voluntarioso, duro, monotemático e inflexible que obliga a su acompañante a hacerse dúctil, sinuoso y, según las pautas de otros tiempos, femenino. Aunque los hay que quisieran creer que sólo se trata de una ilusión, que Alberto está preparándose para devolver las cosas a su lugar natural, también los hay que aseguran que nunca se animaría a ir tan lejos.

Mientras tanto, el resto del país está mostrando síntomas de fatiga. Por fascinante que le sea el espectáculo que el presidente y la vicepresidenta le están brindando, siente que no contribuye a hacer más soportables las circunstancias críticas en que tantos se encuentran. Si bien la mayoría comprende que es normal que en un gobierno de coalición haya diferencias de opinión, intuye que son incompatibles aquellas de quienes disputan la primacía en el actual, de ahí las protestas contra “la grieta” que, agravada por la pandemia y el derrumbe económico, a juicio de muchos hará aún más miserable el futuro que se les viene encima con rapidez desconcertante. Demás está decir que la grieta que más angustia motiva no es la que separa al oficialismo en su conjunto de la oposición, sino la que se da entre los kirchneristas más fanatizados y los demás.

Cristina quiere todos le rindan homenaje, que la Justicia se abstenga de preocuparse por aquellos miles de millones de dólares que, siempre y cuando la evidencia que es de dominio público no haya sido obra de un grupo de propagandistas geniales capaces de crear su propia realidad, ella y los suyos se las ingeniaron para sustraer a las arcas estatales y, según dicen, ocultar bajo tierra en distintas zonas de Santa Cruz. También quiere que todos los empresarios que permanezcan solventes una vez terminada la plaga sean nacionales y populares y que quienes toma por mercenarios mediáticos al servicio de intereses espurios sean debidamente castigados por difundir información destinada a perjudicarla. Aunque el proyecto narcisista imaginado por Cristina difícilmente podría ser más rudimentario, a juzgar por los resultados electorales del año pasado y por ciertas encuestas recientes, sigue contando con la aprobación, tácita o vocifera, de millones de personas.

¿Y Alberto? A su modo, es un representante cabal del eclecticismo peronista, de un movimiento que un día puede ser neoliberal y colectivista el siguiente. No hay forma de averiguar lo que realmente piensa; sería inútil buscar indicios de una filosofía de vida en los centenares de videos, grabaciones, artículos periodísticos y declaraciones sueltas que están disponibles. De todos los políticos argentinos, es el más proteico, más aún que Carlos Menem que, una vez elegido presidente, por motivos bien pragmáticos mutó del ayatolá de las pampas en defensor acérrimo del capitalismo liberal y la privatización de virtualmente todo.

Si estuvieran en lo cierto aquellos optimistas que se afirman convencidos de que lo que más quiere la gente es que los políticos sean personas auténticas que se aferran a sus principios, el presidente tendría que pagar un precio muy alto por la facilidad con la que los ha cambiado, pero felizmente para él, la plasticidad extraordinaria que es su característica más llamativa no le ha causado problemas. Para frustración de quienes procuran enfrentar al Alberto de los meses últimos con el hombre de antes de la presunta reconciliación con la mujer que había criticado con ferocidad excepcional, a muy pocos les importa la falta de coherencia así manifestada.

Al aceptar la oferta mefistofélica que le hizo Cristina, Alberto se comprometió a cumplir el rol de un abogado todoterreno que aprovecha tecnicismos legales para conseguir la libertad de clientes que, en opinión de colegas menos audaces, son tan obviamente culpables de un sinnúmero de delitos que sería inútil intentar defenderlos. Como hacen los expertos en salvar de la cárcel a malhechores adinerados, echa dudas sobre el origen, y por lo tanto la veracidad, de lo que otros toman por evidencia indiscutible de que su patrona y miembros de su círculo se enriquecieron de manera ilícita a la espera de que, combinada con la lentitud caracolesca que es típica de la Justicia nacional y, desde luego, aquellos fueros políticos, pueda salir airoso de la prueba nada fácil que tendría que superar para cumplir con su parte del pacto. Aún dista de haberlo logrado, ya que hay jueces y fiscales que son reacios a colaborar, pero sucede que le conviene que Cristina quede en libertad provisional, por decirlo así; si la vicepresidenta no tuviera motivos para mantener un perfil relativamente bajo, podría sentirse tentada a privarlo de todo el poder que le ha delegado.

Sea como fuere, Alberto tiene que mantenerse en alerta permanente; está en medio de un campo minado y cualquier palabra suya puede desatar una reacción en cadena. Días atrás, su deseo de congraciarse con empresarios sospechosos de macrismo y, peor aún, de permitir que funcionarios del gobierno que formalmente encabeza se afirmen “preocupados” por la falta de respeto por los derechos humanos en la Venezuela bolivariana, lo hizo blanco de andanadas disparadas por voceros de Cristina tan eminentes como Hebe de Bonafini y Víctor Hugo Morales. Como es su costumbre, Alberto inclinó la cabeza ante personajes que no revestirían importancia alguna en una democracia sana. Con todo, puede que ello no quiera decir que se haya resignado a ser recordado por la posteridad como nada más que el Chirolita de Cristina; al fin y al cabo, Alberto no suele sentirse comprometido con lo que dice en circunstancias determinadas.

En virtualmente todos los países del mundo, los mandatarios tienen que convivir con rivales internos que están dispuestos a sacar provecho de cualquier oportunidad para debilitarlos, pero no hay ninguna democracia en que se dé una situación que sea remotamente parecida a la imperante aquí. Además de impedir que la crisis que se ha abatido sobre el país que gobierna resulte ser terminal, el presidente tiene que persuadir a medio gabinete de que obedece las órdenes de quien figura como su subordinada mientras que haga lo posible por mantenerla fuera del alcance de la ley.

Todos coinciden en que Alberto es un operador político astuto que sabe construir alianzas de pedazos que a primera vista parecen irreconciliables, pero nunca habrá procurado armar un rompecabezas tan difícil como el actual en que la facción más decidida de la coalición que formalmente lidera está resuelta a instalar un “modelo” que, como entiende muy bien, no podría funcionar. Es probable que los intelectuales más lúcidos del kirchnerismo como Dady Brieva también sepan que la utopía con la que fantasean sería tan ruinosa como ha sido el prototipo venezolano, pero ocurre que tal eventualidad no les preocupa en absoluto porque lo que quieren es destruir el país que todavía existe para que de una vez sus habitantes se arrepientan de sus pecados personales e ideológicos. Puede que el proyecto así supuesto sea un tanto perverso, pero el rencor que sienten quienes lo han hecho suyo es tan fuerte, y son tan dolorosas las lacras sociales que se han acumulado a través de las décadas, que sus impulsores han conseguido frenar casi todas las alternativas y, con la ayuda del coronavirus, podrían estar en condiciones de alcanzar su objetivo en los meses próximos.

James Neilson

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