Domingo, 16 Agosto 2020 21:00

De simplificaciones, moderación y banderazos - Por Jorge Raventos

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“Todo problema complejo tiene una solución simple...que habitualmente es falsa”. La frase es de Umberto Eco y castiga con ironía la tendencia al reduccionismo de muchos relatos que pretenden explicar asequiblemente un tema, pero en verdad lo tergiversan y confunden o, simplemente, relatan otra cosa.

 

En Uno y el universo, Ernesto Sábato da un ejemplo: “Alguien me pide una explicación de la teoría de Einstein. Con mucho entusiasmo, le hablo de tensores y geodésicas tetradimensionales.

-No he entendido una sola palabra –me dice, estupefacto”. Después de varios intentos en los que incorpora a su explicación “aviadores y disparos de revólver” y y todo tipo de peripecias y termina excluyendo totalmente geodésicas y coordenadas, su amigo se alegra: “¡Ahora sí entiendo la relatividad!”. Sábato le responde: “Sí, pero ahora no es más la relatividad”.

“Hay más cosas, Horacio…”

La simplificación-reduccionismo-tergiversación reina desde hace algunos años entre nosotros y se extiende desde la política a otras definiciones que quedan infectadas por el mismo síntoma. En una nota publicada ayer en Infobae, el politólogo Santiago Eneas Casanello, señala con agudeza: “En la alienación de las redes sociales y del periodismo político se sigue considerando al cristinismo jacobino o al macrismo más extremista como los grandes marcadores de agenda. ¿Pero hasta qué punto? Estrabismo conceptual, flojera reflexiva, amor por el show de la pelea. Si en el podio de los políticos más populares no están ni Cristina ni Macri. De hecho, están entre los más impopulares. Los de peor imagen. La serie Macri y Cristina en el país de la grieta vendió. Te da títulos.”

Forma parte de la simplificación relatar los temas como si se tratara de un match en el que hay una parte buena y otra mala. Tercera opción: excluida. Depende de cuál lado esté el relator de la situación, toda postura diferente de la aquella que él favorece es identificada sin más con la otra (es decir, con el mal).

Veamos un caso de estos días: en una reunión del Grupo de Lima -un conglomerado de 12 países de la región del que Argentina forma parte- once de los miembros suscribieron una declaración que cuestiona las próximas elecciones parlamentarias de Venezuela (“La realización de elecciones únicamente para la Asamblea Nacional no representa una solución política y, en cambio, podría agravar la polarización en una sociedad que ya está dividida”) y propone, en cambio, “ establecer un gobierno de transición inclusivo que posibilite que en el país se lleven a cabo elecciones libres y justas tan pronto como sea posible”. Argentina se abstuvo de firmar esa declaración. Un diario de Buenos Aires -enfrentado con el oficialismo, al que atribuye rasgos “chavistas”, sintetiza el hecho así: “El Gobierno argentino ha convertido al país en miembro de distintas agrupaciones con las que disiente profundamente. Participa para firmar en contra”. Pero el gobierno no firmó en contra. No firmó. Se abstuvo.

Del otro lado, un diario que simpatiza con el gobierno de Nicolás Maduro tituló: “Argentina respalda las próximas elecciones en Venezuela. Cancillería toma distancia del Grupo Lima”. Una vez más: lo que hizo la representación del país fue abstenerse de firmar una declaración. No tomó distancia “del” Grupo de Lima, sino que fijó una postura propia “en” el Grupo de Lima, lo que supone ratificar su pertenencia. En rigor, el secretario de Política Exterior, Pablo Tettamanti, diagnosticó que "la no participación electoral (propuesta por partidos opositores a Maduro) profundizará la fractura político-social en Venezuela y marginará a importantes sectores de la ciudadanía que quedarán sin representación política", al tiempo que sostuvo sostuvo que "la vía electoral es el único modo de establecer un camino consensuado”, denotando así una coincidencia con los objetivos fijados por el Grupo, aunque desmarcándose de la táctica que la mayoría del Grupo de Lima alienta.

Resulta sorprendente como se puede decir lo mismo desde veredas político-periodísticas enfrentadas. Y como “eso mismo” que se relata, al escamotear los matices, distorsiona los hechos y pretende forzar al observador independiente a optar por una de las dos versiones de “la ünica simple verdad”... que habitualmente es falsa, como advertía Eco. O Hamlet: “Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía”.

Tercero excluido

Ese jueguito se reitera una y otra vez. La diputada Graciela Camaño votó en el Consejo de la Legislatura por la revisión de diez traslados de jueces federales consumados durante el gobierno que no cumplieron con el trámite dispuesto en la Constitución. Inmediatamente la diputada -que pertenece a la fuerza orientada por Roberto Lavagna- fue acusada de haber pactado con el oficialismo. Considerando que su decisión era la que desempataba el tema, es probable que si hubiera votado diferente las acusaciones habrían provenido del otro lado y se habrían invertido. Ella, que no es “ni lo uno ni lo otro”, se limitó a hacer lo que estimaba correcto, con independencia. Al fundamentar su voto, dijo que el traslado de los diez jueces había “transgredido acordadas de la Corte Suprema de Justicia y el reglamento interno del Consejo de la Magistratura” y que a esos magistrados “se les dio un cargo superior que aquel para el cual habían concursado”.

Desde el otro sector se han quejado de la Cancillería por haber avalado el informe de la encargada de Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet, y hasta han sospechado del Presidente por congregar en alguna ceremonia a representantes de la Asociación Empresaria Argentina, el club del que son socios los dueños de las mayores empresas argentinas.

Pese a esos disparos cruzados, como señala Casanello en su texto, sólo reflejan la fiebre de un segmento transversal muy intenso y activo en redes y medios, pero de baja representatividad, algunos de cuyos exponentes “de la boca para afuera, se muestran fascinados por el sentido de convivencia y educación de los dirigentes en la orilla oriental (pero) por otro lado desprecian e insultan a quienes no piensan como ellos, o no son parte de su bando. Y, sobre todo, son incapaces – por la incomodidad que les provoca - de reconocer algo que está sucediendo a nivel de subjetividad social y entre nuestros gobernantes: nos estamos convirtiendo, como no sucedió tal vez nunca, en uruguayos. Y ellos quedaron pedaleando en el aire”. Porque -sorprende el politólogo- “no fuimos a Venezuela, fuimos a Uruguay (...) estamos actuando, como lo suelen hacer, los uruguayos”. Es decir, dialogando, llegando a acuerdos o a desacuerdos con modos civilizados y cordiales.

Converger en el centro

Como venimos subrayando en esta columna desde hace meses, se va construyendo paulatina y discretamente un sistema político que se encuentra en el centro del espectro. La imagen de los gobernantes de distintas orientaciones compartiendo responsabilidades y conferencias de prensa, analizando seriamente los problemas, defendiendo los puntos de vista respectivos y también haciendo concesiones cuando es necesario, es una confirmación de esa “uruguayización” que describe Casanello en su artículo.

En las últimas horas, en vísperas de una movilización que se cocina en las redes y se sazona en algunos comités, ha habido palabras “uruguayas”: Horacio Rodríguez Larreta destacó que él no va a participar y que su partido no ha convocado a esa marcha. Fue una manera de desmarcarse de las declaraciones de la presidenta del Pro, Patricia Bullrich, que sí ha convocado y que proclama que “el 99 por ciento” de sus afiliados participarán. Desde esos sectores suele atribuirse la moderación de Larreta a que, en su carácter de gobernador de un distrito, “está apretado” por el poder nacional o a que “se siente cómodo” con el peronismo. Una vez más, se extreman los argumentos para que sólo queden en pie dos posturas: la de “los malos” y la de los propios; cuando alguno de estos muestra independencia se lo describe como instrumento del bando pérfido.

Federico Pinedo, una de las figuras consulares del Pro, expresidente provisional por unas horas, no es sin embargo un gobernante en ejercicio como Larreta, sino un político moderado, que comparte la posición sensata de aquel: “mi rol es mantener canales de diálogo, y no generar rispideces", dijo para explicar que no comparte la movilización del 17. Pinedo citó a Perón: "Yo siempre fui constructivo y me parece que hay que hacer lo que decía Perón, primero la patria después el movimiento y después los hombres".

Otro que declaró su diferencia con la movilización fue el muy valorado ministro de Salud porteño, Fernán Quirós: "No voy a participar ni adhiero al 17A", explicó.

Compartiendo responsabilidades, debatiendo diferencias con franqueza y serenidad, parecería que sectores de las fuerzas mayores y también de otras que componen el rico sistema de representación del país, van construyendo un centro plural mientras se procesa un cambio generacional en medio de la ola de transformaciones que la pandemia ha acelerado. Es una conjetura razonable, pero, siguiendo la reconvención de Eco, conviene no simplificar.


Jorge Raventos

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