Domingo, 20 Septiembre 2020 07:30

Los fracasados van a la guerra - Por Enrique Avogadro

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“Era más que claro que se había puesto en marcha un modelo de regresión del ingreso y empobrecimiento generalizado que intentaron maquillar con la mentira de la ‘pesada herencia’”.

- Cristina Fernández de Kirchner, en “Sinceramente”.

Después de tanto triunfalismo del Presidente al comparar su gestión de la crisis con naciones del mundo entero, está claro su fracaso total tanto por el número de infectados y muertos cuanto por la destrucción masiva de la economía que el confinamiento eterno y ayer nuevamente extendido ha producido. La pobreza ya supera el 50% de la población (era 30% cuando asumió), sólo en el segundo trimestre del año se perdió un millón de puestos de trabajo y se duplicó el porcentaje de quienes pasan hambre.

A la luz de los actuales indicadores socio-económicos, encabezados por la monumental devaluación del peso que llevó la cotización del dólar a $ 140 por unidad (en octubre de 2019 era $ 65) licuando salarios y jubilaciones, y medidos por la caída en el consumo de los más básicos alimentos, sorprende –aunque no debería- el silencio sepulcral de las figuras públicas que, desde enero de 2016, se sumaron al “club del helicóptero” mientras lloraban ante las cámaras por el desastre que –decían- provocaría la dictadura de Macri. ¿Qué fue de Pablo Echarri, Raúl Rizzo, Gerardo Romano, Dady Brieva y tantos otros mediáticos que decían no poder, siquiera, pagar el alquiler?

A pesar de todo ese inventario de monumentales desastres que la errática y torpe gestión de Alberto Fernández ha producido y que, sin duda, deben incluir el cierre hermético de nuestra economía y de la educación (por imposición de los gremios), la huida en desorden de tantas empresas y la emigración de los más preparados de nuestros jóvenes (tal como sucedió en Venezuela), el Presidente ha entregado el manejo de la agenda oficial a Cristina Fernández, que la ha centrado en su ansia de venganza e impunidad.

Así, a la conducción del Ejecutivo, donde puso al grouchomarxista, y del Poder Legislativo, que ella ejerce arbitrariamente en el Senado mientras su hijo Máximo y el ‘aceitoso’ Sergio Massa lo hacen en Diputados, esta semana le agregó nada menos que el Poder Judicial. Desplazó, con su mayoría automática, a los camaristas que confirmaron sus procesamientos y a un juez que debería juzgarla por su tan desmedida corrupción; la Corte Suprema lo tolera guardando un ya inexplicable silencio y abdica así del rol de última barrera frente a los tiránicos avances sobre la Constitución.

Por expresas instrucciones de su Vicepresidente, Alberto Fernández ha iniciado una guerra sin cuartel contra la Ciudad de Buenos Aires, en la cual curiosamente ambos viven, para intentar la destrucción del principal bastión opositor y del político –Horacio Rodríguez Larreta- que encabeza el ranking de imagen positiva en todo el país y, especialmente, en el Conurbano bonaerense, enclave del cual Cristina Fernández extrae su caudal electoral. Como es tan habitual en él, el Presidente no duda en mentir descaradamente, traicionar todas sus promesas y promover el odio entre la capital y el interior, en un retroceso histórico de ciento cincuenta años.

La viuda de Kirchner, preocupada por la alta probabilidad de perder las elecciones de medio término en 2021 por la crisis económica, aceleró en todos los terrenos, incluyendo la persecución personal a Mauricio Macri, traducida en el allanamiento a su casa para verificar si violó la cuarentena al recibir a un par de intendentes; fue tan burda la maniobra que obligó a recordar la reunión que el Presidente mantuvo con Hugo Moyano y las familias de ambos en Olivos, sin barbijos ni distancia prudencial.

Argentina se ha convertido en un país donde no se respeta norma alguna, las reglas de juego cambian permanentemente, carece de seguridad jurídica y la propiedad privada es desconocida, sea por la imposición de impuestos confiscatorios, sea por la impune ocupación de tierras. El cepo y la suicida política cambiaria, la mayor intervención estatal en la economía, la falta de un plan de salida de la crisis y el dibujo de un presupuesto incumplible obligarán a avances mayores sobre el sector privado, puesto que no habrá un serio ajuste del gasto público en un año electoral tan crítico para el futuro de la coalición gobernante. Este experimento chavista de control social y de empobrecimiento general deberá financiarse, en un contexto donde la confianza interna y externa ha dejado de existir. 

Así, con excusas ideológicas pero sólo para servir a los intereses bastardos de Cristina Fernández, hemos entrado en un sendero de confrontación tan extrema que resulta harto difícil prever cómo concluirá; el final podría ser un conflicto en la calle en el cual tendrán especial protagonismo los recalcitrantes delincuentes liberados con la excusa del Covid-19, las bandas de narcotraficantes que disputan a tiros el control del territorio, ex policías defenestrados y hasta los barrabravas que, años ha, fueron organizados por el kirchnerismo en Hinchadas Unidas Argentinas.

Para hoy mismo, a las 1600 hs., se ha convocado a un nuevo banderazo; estoy convencido de la necesidad de que sean los líderes de la oposición quienes se pongan a la cabeza del mismo, para evitar un nuevo “que se vayan todos” y porque sólo la ocupación masiva de la calle por quienes queremos vivir en una república democrática podrá evitar ese triste y sangriento final.

Enrique Guillermo Avogadro
Abogado
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