Domingo, 11 Octubre 2020 11:48

¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?" - Por Rogelio Alaniz

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Al tango –o la ranchera- del título de la nota, lo escribió Ivo Pelay y lo pusieron de moda Olinda Bozán y Tita Merello. Es probable que la letra se haya referido a los años duros de la década del treinta. Noventa años después el interrogante del hombre de la calle ya no es por el mango sino por el dólar.

 

Es más, al mango del viejo Gómez nadie lo quiere. La pregunta se desplazó del peso al dólar. Un buen libro podría escribirse alrededor de las peripecias históricas de ese desplazamiento. ¿Y el dólar? Acongojado interrogante de nuestra acosada y maltratada clase media, a quien a pesar del rigor de los tiempos le sobran todavía algunos pesitos que quiere defenderlos comprando dólares, un imperativo de sentido común que los primeros en cumplirlo al pie de la letra son los mismos funcionarios políticos que exigen no comprar dólares.

Por ahora, gracias a la "generosidad" del gobierno, los pobres diablos podemos comprar 200 dólares por mes, una cifra que permite, dicho sea de paso, registrar las diferencias de clase existentes entre unos ahorristas y otros. Al respecto, uno de esos amigos de las estadísticas históricas publicó una nota en la que probó con números en la mano que si un señor que hubiera nacido quinientos años antes de Cristo, hubiese decidido comprar 200 dólares por mes a lo largo de 2500 años, habría logrado alcanzar para 2020 los seis millones y pico de dólares ahorrados por la "niña" Florencia Kirchner, de la que no hay noticias de que alguna vez haya trabajado en su vida, pero que en su condición de hija de multimillonarios exitosos puede darse el lujo de prescindir del ahorro de los miserables 200 dólares mensuales destinado al pacífico y resignado rebaño que vendríamos a ser el resto de los mortales.

Se discute si la brecha cambiaria, la más pronunciada desde hace más de treinta años, es un síntoma, un efecto, una consecuencia o algo peor. No es lo único que se discute, pero en lo que sí pareciera haber un tácito acuerdo es que por el momento los economistas no saben cómo se sale de una situación en la que todos coinciden que es explosiva.

Que el hombre de la calle no tenga la menor idea acerca de lo que se debe hacer en materia económica, no debería sorprendernos, sobre todo porque, a juzgar por lo que dicen los expertos en materia económica, ellos tampoco tienen la menor idea, salvo enunciados tan generales que decir eso y nada es más o menos lo mismo.

Al respecto, me tomo el trabajo de escucharlos y no hay caso. Todos dicen, tecnicismos más tecnicismos menos, que hay que ser más creíbles, que hay que bajar el gasto, que hay que terminar con la inflación, que hay que devaluar, que hay que ajustar, que hay que dolarizar. Etcétera, etcétera, etcétera. Y a partir de allí se abre un inspirado ramillete de propuestas que se desarman con una sola pregunta. ¿Cómo se hace lo que ustedes caballeros proponen con tanta solvencia académica? Y allí se termina toda la ciencia.

Dicho de una manera más directa: todos tienen soluciones, pero no saben cómo implementarlas. Porque las salidas políticas y sociales no dependen del supuesto saber técnico, sino de las relaciones de poder o de las tendencias históricas que se vayan constituyendo en la sociedad. ¿Entonces no hay salida? Calculo que la habrá. En algún momento saldremos de este charco. Y saldremos a "lo argentino".

Salpicados de barro y mugre, y con unos escalones más debajo de esta escalera histórica en la que venimos descendiendo desde hace décadas. Y con los ecos de "la marchista" como preludio ¿Pesimista? En las actuales condiciones mucho margen no me dejan. Es que como dijera tío Colacho: "En estas circunstancias lo opuesto a un pesimista no es un optimista, lo opuesto es un boludo alegre". Intenté explicarle a tío Colacho la relación entre Pangloss y Cándido, pero no me entendió, o no me escuchó, o, como buen católico practicante, no lo quiere a Voltaire, o, sencillamente, estaba muy conforme con su aforismo callejero.

Pandemia cada vez más inquietante, brecha cambiaria que se parece a un abismo, caída de la actividad económica, crecimiento de la desocupación y la pobreza. No es un balance como para sentirnos chochos de la vida. Encima Venezuela. Mejor dicho, un embajador seguramente designado por el Instituto Patria defiende, palabras más, palabras menos, la dictadura de Maduro.

Escándalo. Y no es para menos. Un gobierno argentino defiende a un régimen responsable de crímenes, secuestros y torturas que transforma a Pinochet en un tierno angelito. El escándalo por supuesto golpea en las internas del gobierno. Y todo esto ocurre cuando ese gobierno está a punto de iniciar algunas conversaciones con el FMI por lo que –crean o no en las bondades de Maduro- no queda otra alternativa que hacer buena letra. La respuesta es la típica de un régimen populista en estos casos. Raimundi dice una cosa, Solá dice otra, Massa agrega lo suyo y la señora Alicia Castro repite su conocida letanía.

El presidente se florea en gambetas esforzándose en quedar bien con todo el mundo. O, mejor dicho, sostener el orden interno de su coalición de poder. ¿Pero cuál es la posición del peronismo con respecto a Venezuela?, preguntará el lector. Una respuesta a este interrogante es "Vamos a hacer lo que nos conviene". Y lo que "nos conviene" depende del lugar que ocupa o de las expectativas de poder del funcionario o dirigente del caso.

A Massa, por ejemplo, le conviene criticar a Maduro; a Raimundi, le conviene apoyarlo; a Cafiero, le conviene decir "NI". El presidente Fernández seguramente piensa algo parecido a Cafiero: NI. ¿Pero qué creen en el fondo? Pregunta que pareciera sencilla, pero no bien se presta atención a su contexto real se advierte que la respuesta es mucho más complicada que lo que parece al primer golpe de vista.

¿Por qué? Porque un populista criollo de pelo en pecho por lo general somete sus creencias a la conveniencia del momento. A esa singular plasticidad para entender el resbaladizo arte de acomodarse a las circunstancias, este populista criollo lo denomina "Conducción política". ¿Pero en el fondo qué piensa, en qué cree? Hechas estas "mediaciones", digamos que efectivamente, todo populista latinoamericano nacional y popular se siente peligrosamente tentado y alborotadamente fascinado por la experiencia nacional y popular de nuestros "hermanos chavistas". Lo dije. Más objetivo no puedo ser.

Esta semana se inicia el juicio contra el policía Oscar Luis Chocobar. Los jueces tomarán la decisión que corresponda, pero como persona me asiste el derecho de expresar mi opinión que no es la del juez, pero es la de un ciudadano. Por lo pronto, Chocobar no es el titular de la figura del "gatillo fácil".

Los policías que practican ese oficio lo hacen con personas inocentes, víctimas indefensas. Chocobar en principio no mata a un inocente o un indefenso; mata a un tipo que terminaba de asestarle diez o quince puñaladas a un turista norteamericano. ¿Gatillo fácil o gatillo necesario? Es lo que se debatirá en los tribunales. Yo sé que el sentido común no es lo más aconsejable para dilucidar un conflicto jurídico, pero también sé que el sentido común dispone de su cuota de verdad y en nombre de esa cuota de verdad, opino.

Hecha esta aclaración, digo que un tipo que le asesta diez o quince puñaladas a otra persona es un asesino. Y un policía cuando interviene y debe decidir en menos de diez segundos está en su derecho a incluir la decisión de dispararle. Si esto no es así, pregunto: ¿para qué están armados los policías? Porque entonces, decidamos de una buena vez que los policías no usen armas y colorín colorado este cuento ha terminado.

Convenzamos pastoralmente a los asesinos que no maten; y si lo hacen, organicemos piadosos programas de recuperación social porque ya se sabe que todo asesino es la víctima de un orden social injusto, desde Robledo Puch a Adolfo Hitler, maltratado desde la infancia, ¡pobre Hitler!, por su padre autoritario y sobreprotegido por su madre y, por lo tanto, también víctima de un orden patriarcal injusto. ¿Más detalles? Chocobar interviene cuando estaba fuera de servicio. Podría haber mirado para otro lado, hacerse el boludo y seguir de largo.

Sin embargo, decidió intervenir. Decidió complicarse la vida y cumplir con su deber. Moraleja y consejo de sentido común: si sos policía y ves que a una mujer o un hombre lo asesinan, no te metas, porque si no vos vas a terminar preso.

Rogelio Alaniz

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