Martes, 13 Octubre 2020 13:14

A un siglo de la asunción de Yrigoyen, se vuelve a cuestionar el voto universal - Por Oscar Muiño

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“¡Dios nos ampare! Si algo no necesita esta Nación, ¡es a esa masa ignorante votando!”. El propósito de la escena no apunta a lo político. Busca resaltar cuán desagradable resulta míster Mycroft, el hermano de Sherlock Holmes. Ocurre en la flamante película “Enola Holmes”, destinada por Netflix a un público infantil y adolescente.

 

Semejante frase es, para director y guionista, el modo contundente de definir un personaje repudiable. El desprecio por el prójimo de un sujeto inverosímil. Aún en tiempos de Donald Trump y Boris Johnson –el film es anglonorteamericano- atacar el voto popular e insultar a los sectores subalternos es suficiente para que el público deteste a quien lo dice. El ninguneo a la gente común por un puñado de engreídos que –el caso de Mycroft- al mismo tiempo percibe un jugoso salario del Estado.

La película trascurre en 1884, cuando se debate la Reforma Electoral británica, contra la que Mycroft invoca sus retrógrados argumentos. En la ficción –y no sólo en ella- los malvados se oponen al voto universal. Lo que ese tradicionalista extremo de los días de la reina Victoria plantea en el film, en la Argentina real de 2020 está siendo repetido por montones de personas que se ven a sí mismas como democráticas, agradables y hasta caritativas.

Oportuno recordar que se cumplen hoy 114 años exactos de la asunción del primer presidente elegido por la voluntad popular: Hipólito Yrigoyen. La marcha que inició Leandro Alem y llevó a la victoria Yrigoyen no fue fácil: conspiraciones, organización partidaria, construcción de lealtades, difusión de principios, la bandera de la Constitución, revoluciones armadas con civiles y militares. No fue corta, llevó décadas. Tampoco fácil: hubo frustraciones, derrotas, cárcel y traiciones.

Argentina libró por décadas esa batalla para conseguir el voto universal. Un modo de afirmar la idea madre de la democracia: si cada hombre tiene un voto, cada persona vale tanto como otra. La llave de la igualdad política, pero también una ventana hacia los derechos sociales y económicos.

La lucha la encabezaron los radicales, pero también había miembros distinguidos del patriciado que aceptaban la necesidad de la soberanía popular.  Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña terminaron sus días convencidos de la justicia de instaurarla. Argentina logró el voto universal masculino en 1912, antes que en la propia Gran Bretaña.

Muchos herederos de Sáenz Peña traicionaron su mandato. Al ver cómo el cuerpo electoral prefería sistemáticamente otros postulantes, en lugar de buscar el calor social y adaptarse a los nuevos tiempos, decidieron cuestionar el sistema democrático en su base.  Y repitieron durante décadas una letra previsible: la voluntad electoral quedaba falseada por prebendas, salarios, nombramientos en el Estado, demagogia. La única alternativa –expresa o implícita-, desterrar el voto de “la masa ignorante”.  Imaginaron atajos para burlar el voto popular: golpe militar, fraude, proscripción.

En 1983 pareció que todo eso quedaba definitivamente atrás.

En los últimos tiempos, sin embargo, pululan las voces, los mensajitos de texto, los discursos en redes, las conversaciones entre personas, que insisten en descalificar a “la masa ignorante que no sabe votar”. Curioso escuchar semejante reflexión de personas que dicen defender la democracia. Una pena que, después de un siglo largo, aquel mensaje de igualdad que parecía instalado para siempre esté siendo desvirtuado por quienes no terminan de aceptar que, simplemente, cada persona vale tanto como otra. La llave innegociable de la democracia.

Oscar Muiño

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